Mazos · M.2
Contemporáneos
Hace cuarenta años publicar un mazo pasaba por una editorial, y por eso había pocos. Hoy no pasa por nadie, y por eso hay miles. Eso ha traído muchísima más variedad y también mucha más disparidad, y deja en manos de quien compra un trabajo que antes hacía el catálogo: comprobar qué estructura tiene el mazo que tiene delante.
Por qué de pronto hay miles
Hasta hace unas décadas, publicar un mazo pasaba por una editorial: alguien tenía que adelantar una tirada de imprenta de varios miles de ejemplares y guardarlos en un almacén. Un mazo llegaba al mundo solo si un editor calculaba que iba a pagar todo eso, y el efecto se ve en cualquier catálogo antiguo: pocos títulos, muy parecidos entre sí y casi todos firmados por las mismas cuatro o cinco casas.
Dos cosas rompieron ese esquema, y ninguna tiene que ver con el tarot.
La impresión bajo demanda. Hay imprentas que fabrican cartas en tiradas cortas con calidad de uso. Ya no hace falta un almacén ni una apuesta de miles de ejemplares: se imprime lo que se vende.
La financiación colectiva. Las plataformas de micromecenazgo permitieron cobrar antes de imprimir. El riesgo dejó de ser de quien publica y pasó a repartirse entre quienes encargan, así que un proyecto que a ninguna editorial le habría parecido rentable puede salir adelante si reúne a suficiente gente interesada.
Juntas quitaron de en medio al intermediario que decidía qué existía, y ahí está el cambio de fondo: el mazo pasó a ser un objeto de autor. Ya no es un producto de catálogo con un ilustrador contratado, sino el trabajo de una persona que decidió cómo se ve, qué numeración usa, qué escenas cambia y qué texto lo acompaña.
Lo que se ganó y lo que se perdió, que vienen juntos
Conviene decir las dos caras seguidas, porque son consecuencias del mismo cambio y no se pueden separar.
Se ganó variedad de estilo. Hay mazos de tinta, de acuarela, de collage, de fotografía, de estilo manga, de dibujo animado, de pintura digital. Antes había un registro visual dominante, más o menos decimonónico, y hoy no hay ninguno.
Se ganó variedad de representación. Los mazos del siglo XX repetían un reparto muy estrecho de cuerpos, edades y colores de piel, porque una editorial que calcula un mercado medio dibuja para ese medio. Cuando publica quien dibuja, aparecen mazos hechos para gente que nunca se había visto en una lámina, y eso no es un adorno: media lectura consiste en reconocerse en la escena.
Se perdió homogeneidad de impresión. Una editorial con oficio sabe qué gramaje aguanta el barajado, qué acabado no se pega con la humedad y cómo se corta una carta para que no se abra por el canto. Un proyecto de autor puede saberlo o no. Hay mazos contemporáneos impresos mejor que cualquier clásico y mazos que se desgastan por las esquinas en unos meses.
Se perdió homogeneidad de acompañamiento. El libro que viene con el mazo va desde un manual completo hasta un cuadernillo de palabras sueltas, y eso pesa más de lo que parece cuando el mazo se aparta del modelo conocido: ese libro es lo único que explica en qué se aparta.
El criterio que sirve para todos
Con miles de títulos, no hay forma de tener opinión sobre cada uno. Sí hay una sola pregunta que se le puede hacer a cualquiera y que ordena casi todo lo demás: ¿conserva la estructura del Rider-Waite-Smith?
La inmensa mayoría de los mazos contemporáneos son descendientes suyos. No solo comparten las 78 cartas: comparten las escenas, redibujadas con otro estilo y otros cuerpos pero reconocibles carta por carta. El Tres de Espadas sigue siendo un corazón atravesado, y el Ocho de Copas sigue siendo alguien que se va dejando algo detrás.
Eso tiene una consecuencia práctica muy concreta, y es la razón por la que este sitio enseña con el Rider-Waite-Smith: quien lee con él puede leer con casi cualquiera de estos el día que lo abra. No hay que aprender un mazo nuevo, hay que reconocer las mismas escenas en otro dibujo.
Los que se apartan de esa estructura hay que mirarlos con más cuidado, y no porque estén peor hechos. Es que cambian lo que se puede leer. Estas son las cuatro desviaciones que de verdad importan:
| Qué cambia | Por qué importa |
|---|---|
| El número de cartas | Un mazo de 79 u 80 añade algo que ningún manual explica, y uno de menos de 78 ha quitado una carta que sí aparece en las tiradas |
| El nombre de los palos | Si Bastos pasa a llamarse de otra manera, hay que averiguar a qué elemento se ha asignado antes de leer nada |
| La numeración del 8 y el 11 | La Fuerza y La Justicia están intercambiadas respecto al modelo antiguo, y no todos los mazos modernos siguen a Waite en esto |
| Los nombres de la corte | Cambiar Sota, Caballo, Reina y Rey por otra familia de títulos obliga a rehacer la correspondencia de la corte |
Ninguna de las cuatro es un defecto: son decisiones, algunas muy bien tomadas. Lo que no se puede es no enterarse, porque entonces se lee un mazo con las reglas de otro. Cómo se comprueba está en la lección sobre la estructura del mazo.
Los seis que hay aquí
El catálogo es inabarcable y crece cada mes, así que aquí hay seis mazos muy usados y muy distintos entre sí, elegidos porque cada uno enseña algo diferente sobre lo que un mazo puede decidir.
Wild Unknown. Dibujo a tinta, mucho blanco y una paleta muy corta. Su decisión fuerte es que casi no hay figuras humanas: en su lugar hay animales y naturaleza. Es obra de Kim Krans.
Cosmic Tarot. Lo contrario en casi todo: figuras humanas de acabado realista y paleta suave, con caras que a mucha gente le recuerdan a actores de cine. Es obra de Norbert Lösche, y conviene saber que no sigue la numeración de Waite.
Modern Witch. Una relectura del Rider-Waite-Smith escena por escena, con un reparto contemporáneo y diverso. Lo ilustró Lisa Sterle y lo publica Liminal 11.
Light Seer's. Ilustración digital de tono cálido, construida alrededor de la luz y la sombra como pareja. Es obra de Chris-Anne y lo publica Hay House.
Mystical Manga. Las escenas del Rider-Waite-Smith trasladadas al lenguaje visual del manga. Lo ilustró Rann, la guía es de Barbara Moore y lo publica Llewellyn.
Everyday Witch. Brujería doméstica y cotidiana, con escenas de casa en lugar de escenarios simbólicos. Es de Deborah Blake con ilustraciones de Elisabeth Alba, publicado por Llewellyn.
Cómo elegir sin haberlos visto
Un mazo se elige casi siempre por unas cuantas cartas de muestra. Tres cosas ayudan más que cualquier reseña.
Mira los menores, no los mayores. Todo el mundo enseña El Loco y La Luna, que son las fáciles de ilustrar y las que se eligen para la promoción. Los 56 menores son las dos terceras partes largas del mazo y donde se ve si hay trabajo de verdad. Un mazo con mayores espectaculares y menores flojos se nota a la tercera tirada.
Mira una carta incómoda. Busca el Diez de Espadas, el Cinco de Oros o la Torre. Un mazo que ha suavizado todo lo áspero está decidiendo por ti que ciertas lecturas no se van a poder hacer, y eso se paga el día que haga falta decir algo duro.
Mira si el reverso es simétrico. Con uno asimétrico se sabe si la carta viene del derecho o del revés antes de darle la vuelta. Solo importa si se leen cartas invertidas, pero entonces importa mucho.
Y algo que vale para todos: lo que en una muestra parece personalidad puede ser ruido cuando hay diez cartas repartidas y hay que leerlas juntas, de lo que trata el simbolismo visual.
Lo que hay que llevarse
- Hoy hay miles de mazos porque la impresión bajo demanda y la financiación colectiva quitaron de en medio a las editoriales.
- El resultado es que el mazo es un objeto de autor: mucha más variedad de estilo y de representación, y a la vez mucha más disparidad de impresión y de libro que lo acompaña.
- Casi todos siguen la estructura del Rider-Waite-Smith, así que lo aprendido con él sirve para leerlos.
- Los que se apartan no están peor hechos, pero cambian lo que se puede leer: número de cartas, nombre de los palos, numeración del 8 y el 11, nombres de la corte.
- Al elegir, mira los menores y una carta incómoda, que es donde se ve el trabajo.
Las cartas de este capítulo