Mazos · M.2.5

Mystical Manga

Traduce las escenas del Rider-Waite-Smith al código gráfico del manga, que dice la emoción de forma explícita. Se lee de un vistazo, y ese es a la vez su acierto y su factura: la emoción llega decidida desde el dibujo.

Un Rider-Waite-Smith dibujado en manga

El Mystical Manga es un mazo de 78 cartas que toma la estructura y las escenas del Rider-Waite-Smith y las vuelve a dibujar en el lenguaje visual del manga japonés. Los nombres son los de siempre, la numeración es la de siempre, y los 56 menores están ilustrados con la escena que ya reconoce quien haya leído con el mazo de 1909.

El dibujo es de Rann, ilustradora y colorista francesa. La guía que acompaña al mazo la firma Barbara Moore. Lo publicó Llewellyn en 2017.

Conviene situarlo antes de entrar en lo interesante. Esto no es una escuela de lectura aparte ni un sistema propio, como sí lo son el Thoth o el Marsella: es descendencia directa del RWS, o sea el caso mayoritario del mercado moderno. Quien sabe leer un Rider-Waite-Smith abre este y lo lee el mismo día. Lo que cambia no es qué dice la carta. Es cómo está dicho.

El manga tiene un vocabulario de expresión, y está muy codificado

Aquí está lo que hace de este mazo un caso que merece explicarse, y no solo un RWS con otra ropa.

El manga es una tradición gráfica con un repertorio de convenciones muy fijado para expresar emoción. No se trata de una manera de dibujar más bonita o más moderna: es un código, y funciona porque quien dibuja y quien mira lo comparten.

Los ojos son el instrumento principal, y de ahí que sean grandes: cabe más información dentro. El brillo, el tamaño de la pupila, la sombra que los cubre, la línea que los estrecha, todo eso dice cosas distintas y las dice de forma inequívoca. Alrededor hay un sistema entero de marcas que no pretenden ser realistas y que nadie lee como realistas: las líneas de rubor en las mejillas, la gota de sudor, las rayas verticales del desánimo, el trazo cinético que convierte un gesto en movimiento. El cuerpo tiene su propia gramática, y también está fijada: la altura de los hombros, la distancia entre dos figuras, hacia dónde mira cada una.

La ilustración occidental de tarot, y desde luego la de 1909, trabaja al revés. Deja la cara bastante neutra y carga el peso en el símbolo, el objeto, el paisaje y la composición. Una figura del RWS suele estar quieta y seria, y lo que la carta afirma lo afirman las cosas que la rodean.

Pasar de un sistema al otro no es cambiar de estilo. Es cambiar dónde está guardada la información.

Lo que se gana: la emoción se lee de un vistazo

La primera consecuencia es una ventaja real, y para quien empieza es grande.

Los arcanos menores son la parte difícil del mazo, porque son cincuenta y seis escenas parecidas entre sí y sin nombre propio que ayude. Con este código encima, la carta te dice el registro emocional antes de que hayas identificado un solo símbolo. No hay que deducir del paisaje si esto va de alivio o de pérdida: la figura lo lleva escrito en la cara.

Eso ahorra el paso más lento del aprendizaje, que es traducir objetos a estados de ánimo. Y ahorra también el otro problema del principiante, que es quedarse en blanco delante de una carta y no saber ni por dónde entrar.

Lo que se paga: la emoción viene decidida

Y aquí está la otra cara, que es exactamente la misma propiedad mirada desde el otro lado. Si la carta dice la emoción, la dice siempre.

El RWS no es neutro (ya se explica en su capítulo que sus escenas vienen interpretadas), pero hay un sitio concreto donde reserva ambigüedad a propósito: la cara de sus figuras. Y en unas cuantas cartas la esconde directamente. Tres lo enseñan bien, porque en las tres el rostro está tapado o no existe:

Carta Cómo esconde el RWS la expresión Qué deja abierto
Ocho de Copas La figura se aleja de espaldas, con capucha Si parte aliviada, resignada o rota
Dos de Espadas Una venda blanca le cubre los ojos Si la tregua es descanso o es evitación
Tres de Espadas No hay figura humana, solo un corazón De quién es ese dolor

Ese hueco no es un descuido del dibujo. Es lo que permite que la misma carta sirva en tiradas distintas. El Ocho de Copas de quien deja un trabajo que le estaba consumiendo y el de quien abandona algo que aún quería son la misma lámina, y la lámina aguanta las dos lecturas porque no ha dicho con qué cara se va.

Un estilo muy expresivo tiene que resolver ese hueco. No puede dibujar a alguien de frente y dejarle la cara sin decidir: la ausencia de expresión, en un código donde la expresión es el canal principal, ya es una expresión. Así que la carta llega con una emoción puesta, y esa emoción es la que va a estar también dentro de tres meses, en otra consulta, sobre otro asunto.

Cuando lo que sale coincide con lo que la persona trae, funciona muy bien y encima rápido. Cuando no coincide, el dibujo empuja en contra, y hay que leer a pesar de la carta.

Cuanto más expresivo es el dibujo, menos margen deja

Esto no es una objeción al manga: es una regla general de los mazos contemporáneos de estilo muy marcado, y este sirve para enunciarla.

Un mazo con carácter fuerte, sea manga, gótico, humorístico o de fotografía, está tomando decisiones por adelantado sobre cosas que en un mazo más sobrio quedan sin decidir. Cada una de esas decisiones es información regalada y margen retirado, las dos cosas a la vez y en la misma proporción. No hay forma de quedarse solo con la primera mitad.

Así que no es un defecto, es un intercambio, y conviene saber qué se está cambiando por qué. Un lector que trabaja mucho el matiz nota antes la pérdida. Alguien que está empezando nota antes la ganancia, y hace bien en cogerla.

Vale la pena añadir que esto se nota más en los menores que en los mayores. El Loco o La Torre llegan con siglos de significado encima y con un nombre escrito en la cartela, así que resisten cualquier estilo. Un Seis de Bastos no tiene nombre ni tradición propia que lo sostenga: lo que ese cartón diga es casi todo lo que hay, y ahí es donde el estilo manda de verdad.

Para quién funciona

Es un buen mazo para quien ya lee manga o cómic japonés, y por un motivo que no es de gusto: entra por un código que esa persona ya domina, así que empieza leyendo con vocabulario en lugar de memorizándolo.

Es buen mazo para empezar, por lo mismo que lo es el RWS y con un empujón extra de legibilidad. Y como respeta las escenas de origen, lo aprendido aquí se traslada después a cualquier otro mazo de la familia.

Es menos cómodo en dos situaciones. Una, para leer a alguien que no comparte el código: un rubor o una gota de sudor no significan nada para quien no ha leído manga nunca, y le pueden parecer sencillamente infantiles. Y dos, para lecturas largas donde el matiz es todo el trabajo, porque ahí el margen que se cedió empieza a echarse de menos carta tras carta.

Ninguna de las dos cosas lo descalifica. Las dos se saben de antemano, que es justo la razón de escribir un capítulo sobre un mazo.

Lo que hay que llevarse

  • Es un Rider-Waite-Smith redibujado: mismas 78 cartas, mismos nombres, mismas escenas, otro idioma gráfico. Dibujo de Rann, guía de Barbara Moore, publicado por Llewellyn en 2017.
  • El manga tiene un código de expresión muy fijado (ojos, líneas de emoción, postura) que es más explícito que la ilustración occidental.
  • Se gana velocidad de lectura: la emoción de la carta se ve antes de identificar un solo símbolo.
  • Se paga en margen: donde el RWS tapa la cara a propósito, aquí hay una emoción decidida que se repite en todas las tiradas.
  • Regla general de los mazos de estilo marcado: cuanto más expresivo es el dibujo, menos sitio deja. Es un intercambio, no un defecto.