Curso · Nivel 2, El método · Lección 2.4
Simbolismo visual
LeídaPamela Colman Smith no dibujó relleno. Hacia dónde mira una figura, qué hay detrás y qué se ha quedado fuera del encuadre son decisiones, y verlas es el salto entre recitar significados y leer. Con un freno: quien lee solo el dibujo inventa igual que quien lee solo la palabra clave recita.
Al terminar esta lección habrás aprendido a
- ·Describir una carta por lo que se ve antes de nombrar lo que significa.
- ·Mirar las cuatro señales que se repiten en las láminas: dirección, fondo, elementos compartidos y encuadre.
- ·Reconocer cuándo una lectura del dibujo aporta matiz y cuándo se ha ido a inventar.
Recitar no es leer
Dos personas sacan La Muerte. La primera dice «transformación, cierre, fin de ciclo». La segunda dice «hay un obispo de rodillas, una mujer que aparta la cara, un niño que ofrece flores, y el caballo va al paso, no al galope». Las dos aciertan. Solo la segunda mira la carta.
Ese es el salto que separa a quien recita significados de quien lee, y no es cuestión de memoria: la primera puede saberse las 78 y aun así estar leyendo una lista en vez de una imagen.
Las 78 láminas del Rider-Waite-Smith las dibujó Pamela Colman Smith en 1909, con las indicaciones de Arthur Edward Waite. Ilustró también los 56 menores con escenas, cosa que casi no se había hecho: el único precedente conocido es el Sola Busca, un mazo italiano del siglo XV cuyas fotografías estaban en el British Museum desde 1907.
Lo que importa no es la anécdota sino su consecuencia: cada lámina es una escena compuesta a propósito. Hacia dónde mira cada figura, qué se ve al fondo, qué se repite de una carta a otra y qué se ha quedado fuera del encuadre son decisiones, no relleno.
Describir antes de nombrar
La regla práctica es una sola: no digas lo que significa hasta que hayas dicho lo que ves.
La palabra clave llega en menos de un segundo y cierra el ojo: en cuanto has dicho «transformación», la carta se ha acabado para ti, porque ya has contestado. Describir sirve para tenerla abierta un minuto más, y ese minuto es donde está la lectura.
No hace falta sensibilidad artística ninguna: describir es contestar cuatro preguntas, siempre las mismas, y son las cuatro secciones que vienen.
Hacia dónde mira y hacia dónde va el cuerpo
En el Ocho de Copas la figura se marcha de espaldas y no le vemos la cara. No es un descuido: la carta no deja saber si se va aliviado o deshecho, y por eso sirve para las dos cosas. Lo único que afirma es la dirección.
En el Dos de Espadas hay una venda sobre los ojos: la mujer sostiene el equilibrio sin mirar, y si se la quita, la postura se cae. Quien solo dice «indecisión» se deja fuera lo importante: a cambio de qué se sostiene esa indecisión.
Dentro de una misma escena, las miradas reparten papeles. En La Muerte, delante del caballo, el rey ya está caído, el obispo suplica, la doncella aparta la cara y el niño mira de frente. Preguntarle al querente en cuál de los cuatro se reconoce rinde más que cualquier definición.
La dirección se lee además entre cartas: si dos figuras se miran, hay una conversación dentro de la tirada; si las dos miran hacia fuera, cada una está en otro asunto. Es una señal, no una regla.
Qué hay al fondo
El fondo dice a qué distancia está la cosa y si hay salida.
La Estrella tiene colinas suaves, cielo despejado y un pájaro posado: no viene nada, y esa quietud del paisaje es media carta.
El Diablo y La Torre tienen el fondo negro, sin horizonte. Sin paisaje no hay distancia ni escala: dentro de esas dos situaciones nadie puede medir cuánto falta ni por dónde se sale, y el dibujo lo dice no dibujándolo.
En el Ocho de Copas el fondo son montañas oscuras y hay un río entre la figura y nosotros: irse de ahí no es dar un paso, cuesta una travesía.
La pregunta útil ante cualquier carta con paisaje: si esta persona siguiera andando, ¿a dónde llegaría? En el Siete de Oros llegaría al mismo campo donde ya está, y por eso su duda es sobre el arbusto que tiene delante.
Qué se repite de una carta a otra
Un mazo no son 78 dibujos sueltos: hay elementos que vuelven, y cuando vuelven avisan de que dos cartas tratan de lo mismo por caminos distintos.
Estos cuatro aparecen en más de una lámina, y lo que hay que leer es lo que cambia entre ellas:
| Elemento repetido | Dónde aparece | Qué cambia |
|---|---|---|
| Un caballo blanco con estandarte | La Muerte y El Sol | Quién lo monta: un esqueleto armado o un niño desnudo |
| Dos torres flanqueando un paso | La Muerte y La Luna | En Muerte quedan en el horizonte; en Luna ya vas entre ellas |
| Un pie en el agua y otro en tierra | La Templanza y La Estrella | Hacia dónde va el agua que se vierte |
| La misma pareja desnuda | Los Enamorados y El Diablo | Quién preside, y que aquí hay cadenas |
La tercera pareja es la más clara: idéntica postura, las dos vierten agua y la diferencia es la dirección. La Templanza la pasa de una copa suya a la otra, un circuito cerrado donde no se pierde nada; La Estrella la vuelca en el estanque y en el suelo y no la recupera. Misma postura, sentidos opuestos: una integra y la otra entrega.
Y la cuarta es la misma composición pintada dos veces: figura grande arriba, hombre y mujer desnudos abajo. Cambia quién preside, cambia la luz (allí a pleno día, aquí sobre negro) y aparecen unas cadenas. Leerlas juntas es lo que hace que El Diablo deje de ser una carta de terror: es la escena de la elección, con la elección ya hecha.
Qué está incompleto o cortado
La cuarta señal es la que menos se mira y la que más rinde: qué falta en la lámina.
En el As de Copas, como en los otros tres ases, sale una mano de una nube y no hay cuerpo detrás. La copa está ofrecida y no la ha cogido nadie todavía: todo el as está en el cuerpo que no se dibujó.
En el Ocho de Copas las copas están apiladas en orden y queda un hueco donde iría otra. No se marcha porque aquello esté roto: se marcha porque está incompleto, que es distinto y más incómodo de leer.
En El Diablo, las cadenas de los cuellos están flojas: el dibujo ha metido la salida dentro de la trampa, y quien no mira el ancho de la cadena lee esa carta como condena cuando es descripción.
A veces lo que falta es la persona. El Tres de Espadas no tiene protagonista: un corazón, tres espadas y lluvia. Al no haber nadie a quien le pase, le pasa a cualquiera.
El dibujo matiza, no sustituye
Aquí está el aviso, y pesa tanto como lo anterior. Quien lee solo el dibujo acaba inventando, igual que quien lee solo la palabra clave acaba recitando. Son los dos lados del mismo error.
El significado de una carta no lo pone el lector: viene decantado de muchísimas lecturas y es el mismo para todo el mundo. El dibujo dice en qué tono y con qué condición se cumple en esta tirada. No lo sustituye.
Hay una prueba que las separa: lo que digas del dibujo tiene que poder decírselo a otro lector y que lo vea. «Las cadenas están flojas» se comprueba mirando. «Esa copa se me hace triste» no, y puede valer como asociación tuya, pero no es la carta.
El segundo filtro es de dirección: si tu lectura de la imagen va en contra del significado de la carta, la que está mal es tu lectura. Si mirando La Estrella te sale «peligro», no has encontrado un matiz escondido: te has ido.
Y dos cautelas. Los colores cambian entre ediciones del Rider-Waite-Smith, así que colgar una lectura del tono exacto de un manto es colgarla de una tirada de imprenta. Y esto vale para este mazo: en un Marsella los menores no tienen escena y en uno moderno las decisiones las tomó otra persona. Lo que se aprende aquí es a mirar; el detalle concreto no viaja.
Lo que hay que llevarse
- Describe antes de interpretar: quién hay, hacia dónde mira, qué hay detrás y qué falta. La palabra clave puede esperar un minuto.
- La mirada, el fondo, lo repetido y lo incompleto son cuatro decisiones de la dibujante, no adorno.
- Un elemento que vuelve en dos cartas las emparenta, y lo que hay que leer es lo que cambia entre ellas.
- El dibujo matiza el significado, no lo sustituye: lo que digas de la lámina tiene que poder verlo otro lector.
Ejercicio · con tu mazo
Coge tres cartas cualquiera y descríbelas en voz alta durante un minuto cada una sin decir ni una vez lo que significan. Solo lo que ves: quién hay, hacia dónde mira, qué tiene detrás, qué lleva en las manos. Al terminar vas a haber dicho la mitad de su significado sin proponértelo.
Las cartas de esta lección