Mazos · M.3

Cómo elegir

Elegir mazo es elegir cuánto interpreta la carta por ti. Lo demás decide otra cosa, que es si el mazo se usa. Y no, no hace falta que te lo regalen ni conectar con él antes de tenerlo delante.

La decisión que hay debajo de todas las demás

Elegir mazo se parece a elegir portada, y no lo es. Antes de que tú llegues, ese mazo ya ha tomado una decisión por su cuenta: cuánto significado viene impreso en la carta y cuánto lo tienes que poner tú.

Se ve en cualquier carta numerada. En un mazo ilustrado, el Tres de Espadas es un corazón atravesado por tres espadas bajo la lluvia: el dolor ya está ahí, lo puso alguien hace más de un siglo, y cuando esa carta cae en la mesa vas a tener que colocar ese dolor en algún sitio. En un mazo sin escena son tres espadas cruzadas con un adorno alrededor, y lo que hay es el número tres y el palo de espadas. Si ahí aparece un dolor, lo has traído tú.

De modo que la frase que ordena esta sección entera es esta. Elegir mazo es elegir cuánto trabajo hace la carta y cuánto haces tú. No hay opción buena y opción mala: hay un reparto, y cada reparto se paga en una moneda distinta. Lo que viene impreso no hay que construirlo, que es una ventaja enorme al principio, y tampoco se puede esquivar, que es lo que cuesta después.

Todo lo demás viene detrás. El estilo, el tamaño, el papel, el acabado y el número de cartas importan, y bastante, pero no deciden lo mismo: deciden si el mazo se usa, no lo que dice. Un mazo que no puedes barajar no se saca de la caja, y un mazo que no se saca de la caja no enseña nada por bien elegido que esté.

Dos creencias que conviene quitar de en medio

Las dos aparecen siempre en el mismo momento, justo cuando alguien va a por su primer mazo, y las dos frenan.

«El primer mazo tiene que ser un regalo»

Es una costumbre bonita, tiene su lógica y quien la sigue no está haciendo nada mal. Viene de una idea que se entiende: que un mazo no es un objeto cualquiera, que entra en casa por una razón y que empezar recibiendo algo pone el gesto en su sitio. Quien tiene un mazo regalado suele acordarse de quién se lo dio, y eso vale.

Lo que no es, es un requisito. Un mazo comprado por ti funciona exactamente igual, y así lo dice ya la primera lección del curso. Convertir la costumbre en norma tiene dos consecuencias prácticas, y ninguna es buena: la primera es esperar, a veces años, a que a alguien se le ocurra; la segunda es que elige otra persona, que casi nunca sabe si vas a poder barajarlo, si trae las 78 o si tiene los menores ilustrados.

La versión útil de la costumbre es fácil: si te lo van a regalar, di cuál. Ni el gesto se pierde ni la elección se delega.

«Hay que conectar con el mazo antes de comprarlo»

La conexión con un mazo existe, no es una tontería y quien lleva años con el mismo sabe de qué se habla. Lo que pasa es que es un resultado del uso y no un requisito previo. Se parece a pedirle a alguien que sepa tocar antes de comprar la guitarra.

Conviene además separar lo que sí se puede saber de antemano de lo que no. Se puede saber si vas a poder mirar esas láminas mucho rato, y eso se comprueba mirándolas de verdad, no en una miniatura: si La Torre de ese mazo te resulta insoportable, ahí hay un dato. Lo que no se puede saber antes es si vas a leer bien con él, porque eso depende de horas que todavía no has echado.

Y hay un efecto secundario feo de esperar la conexión: convierte la compra en una decisión solemne, y las decisiones solemnes se posponen. Sale mejor equivocarse y tener un mazo que acertar dentro de seis meses.

Las cuatro decisiones, y en qué orden

Puestas en orden, las decisiones de esta sección son cuatro, y el orden importa porque la primera condiciona a las otras tres. Cada una tiene su capítulo.

Orden Decisión Qué decide de verdad
1 Con escenas o sin escenas el reparto del trabajo, y cuánto tardas en leer
2 Las 78 o una baraja reducida qué preguntas vas a poder contestar
3 Tamaño, papel y acabado si el mazo se usa o se mira
4 El estilo que puedas seguir mirándolo dentro de un año

Con escenas o sin escenas va primero porque es la única que cambia lo que la carta te dice. Cuarenta de las 78 se juegan ahí, que es más de la mitad del mazo, y de esa decisión sale si empiezas a leer en semanas o en meses.

Las 78 o una baraja reducida parece un detalle de catálogo y no lo es. Una baraja de solo mayores deja fuera 56 cartas, y con ellas casi todo lo accionable: quedan El Loco y sus veintiún compañeros, que hablan de la corriente y no del gesto, según la lección de los arcanos menores.

Tamaño, papel y acabado es lo que decide si el mazo acaba en la mesa o en la estantería. Ahí entran el ancho de la carta frente a tu mano, el gramaje, el brillo y una cosa que casi nadie mira al comprar y luego molesta cada día: si el reverso es simétrico, que es lo que hace posible leer cartas invertidas sin cantarlas antes de darles la vuelta.

El estilo va el último a propósito, y no porque no cuente. Cuenta mucho, porque vas a mirar esas 78 imágenes durante cientos de horas. Lo que pasa es que se elige mejor cuando las tres anteriores ya están decididas, y así el gusto escoge entre mazos que sirven en vez de escoger primero y comprobar después.

La respuesta corta, si es el primero

Quien llega aquí con la caja todavía sin abrir suele querer una frase y no un mapa, y la frase existe: un Rider-Waite-Smith o un descendiente directo suyo, porque tiene los 56 menores ilustrados, es el mazo del que más se ha escrito y casi todo lo moderno es una variación suya, así que lo aprendido con él sirve después en otro.

Las razones enteras, las comprobaciones que distinguen un descendiente de un mazo con estética parecida y los criterios que casi nadie escribe están en el primer mazo. Si solo vas a leer un capítulo de esta sección, que sea ese.

Lo que no se decide aquí

Hay una frontera que conviene marcar, porque las dos conversaciones se tocan y se confunden con facilidad.

En escuelas de lectura se comparan maneras de leer: qué hace la carta, qué te toca a ti y cuánto hay que saber antes de empezar. Aquí se elige un objeto: cuántas cartas, con qué dibujos, de qué tamaño y con qué acabado.

Lo que las une es que casi nadie elige escuela a propósito. Se compra un mazo, y con él entra en casa una manera de leer que nadie ha discutido. Por eso merece la pena tener las dos cosas delante. Si la duda es cómo leer, cómo estudiar y cuándo cambiar de mazo, eso está en qué escuela seguir, y la comparación más buscada de todas, en Marsella y Rider-Waite.

Lo que hay que llevarse

  • Elegir mazo es elegir cuánto trabajo hace la carta y cuánto haces tú. Esa decisión está tomada antes de que abras la caja.
  • El estilo, el tamaño y el acabado no deciden lo que la carta dice: deciden si el mazo se usa.
  • Que el primero sea un regalo es una costumbre, no un requisito. Si te lo van a regalar, di cuál.
  • La conexión con un mazo se construye usándolo. Antes solo se puede comprobar si vas a poder mirarlo.
  • Las cuatro decisiones van en orden: escenas, número de cartas, formato y, al final, estilo.
  • Aquí se elige objeto. La manera de leer se compara en escuelas.

Las cartas de este capítulo