Mazos · M.3.1
Primer mazo
La recomendación es un Rider-Waite-Smith o un descendiente directo, por tres razones que se pueden comprobar. Y después, cuatro comprobaciones aburridas que deciden si ese mazo acaba en la mesa o en un cajón.
La recomendación, sin rodeos
Para el primero, un Rider-Waite-Smith o un descendiente directo suyo. Esa es la respuesta, y es la misma que da la primera lección del curso.
Decirlo así incomoda un poco, porque lo educado es contestar que cada uno tiene que encontrar el suyo. Es verdad a los dos años y no lo es la primera semana, cuando quien pregunta no tiene con qué comparar. Las tres razones son comprobables, y ninguna es que sea el mejor mazo del mundo.
Tiene escena en los 56
Las 56 cartas menores llevan una imagen con gente haciendo cosas, y eso significa que se pueden leer describiéndolas. El Diez de Espadas es una figura tumbada boca abajo con diez espadas clavadas en la espalda y un cielo que empieza a aclarar al fondo. El Cuatro de Copas es alguien sentado bajo un árbol, con tres copas delante y una cuarta que le ofrecen desde una nube, y que no mira. Eso lo lee cualquiera el primer día, sin haber memorizado nada.
Por qué eso importa tanto para empezar está desarrollado en la lección de los arcanos menores y no se repite aquí. Lo que hay que retener para comprar es la cuenta: 56 de 78 cartas, o sea casi tres cuartas partes del mazo, que en un mazo sin escena hay que construir desde el número y el palo.
Hay más escrito sobre él que sobre ningún otro
Cualquier libro que abras, cualquier curso que empieces y cualquier ficha de este sitio dan por supuesto un Rider-Waite-Smith. Cuando te atasques con una carta, y te vas a atascar, la diferencia entre encontrar diez explicaciones y no encontrar ninguna la decide el mazo que tengas delante.
Esto no dice nada sobre su calidad: es un hecho de reparto, no de mérito. Pero es el que más se nota los primeros meses, que es justo cuando abandona la gente.
Casi todo lo moderno es una variación suya
La mayoría de los mazos que se publican hoy repiten sus escenas con otro dibujo. Cambian el trazo, la paleta, la ropa y a veces el nombre de los palos, y debajo está la misma carta. Eso tiene una consecuencia práctica muy concreta: lo aprendido viaja. Quien se sabe el Rider-Waite-Smith puede coger casi cualquier mazo contemporáneo y leerlo esa misma tarde.
De propina, el segundo mazo se elige mucho mejor desde dentro. Con uno ya trabajado sabes qué echas de menos, y esa es una pregunta que no se puede contestar antes de tener el primero.
Qué es un descendiente directo, y cómo se comprueba
«Descendiente» se usa con mucha alegría en las descripciones, así que conviene mirarlo por tu cuenta. Cuatro comprobaciones bastan, y se hacen viendo unas cuantas láminas.
Que los 56 menores tengan escena de verdad, no un adorno bonito alrededor de cinco copas. La prueba es sencilla: mira tres o cuatro cartas numeradas y pregúntate si pasa algo en ellas.
Que los 22 mayores lleven los nombres de siempre. Si La Sacerdotisa se llama La Guardiana del Umbral y El Hierofante es El Maestro Antiguo, todavía puede ser un buen mazo, pero cada vez que busques algo vas a tener que traducir.
Que la corte sean cuatro figuras por palo. Paje, caballero, reina y rey, o los nombres equivalentes. Hay mazos que las reordenan o las reducen, y la corte ya es la parte que más cuesta sin que además cambie el número de piezas.
Que reconozcas las escenas. Si te suenan las láminas al verlas, es un descendiente. Si no te suena ninguna, es otro mazo con una estética parecida, y eso es una compra distinta.
Los criterios que casi nadie escribe
Los de arriba deciden lo que la carta dice. Estos deciden si el mazo se usa, que a efectos prácticos pesa lo mismo.
Que las cartas quepan en tu mano
Vas a barajar ese mazo cientos de veces. Si la carta es más ancha de lo que tu mano sujeta con comodidad, pasa una de dos: barajas mal, y el reparto se resiente, o dejas de barajar en condiciones, que es peor. Las ediciones de formato grande son preciosas y se leen fatal en una mesa pequeña.
La comprobación es física y no hay manera de hacerla sobre una descripción: coge el mazo, o uno del mismo formato, y hazlo puente una vez. Si te obliga a abrir la mano del todo, no es tu formato. Quien tenga las manos pequeñas hará bien en buscar directamente las ediciones reducidas.
Que traiga las 78
Parece obvio y no lo es, porque circulan muchas barajas de 22 cartas presentadas como mazos de tarot. Con solo los mayores se puede leer, y sale una lectura amplia a la que le falta justo lo accionable. Las razones y los casos en que sí compensa están en mazos de 78 frente a barajas reducidas; para un primer mazo la respuesta es corta: que vengan las 78.
Y de paso, cuenta las cartas al abrirlo. Una carta de más con publicidad de la editorial es normal, y una de menos se descubre a los tres meses, en mitad de una tirada, buscando algo que nunca estuvo.
Que el librito no decida por ti
Casi todos traen un folleto con una palabra por carta. Es útil el primer día y se vuelve un techo enseguida, porque una palabra fija la carta y una carta fijada ya no se puede colocar en la pregunta de hoy.
La costumbre que evita eso no cuesta nada: mira la escena y di lo que ves antes de abrir el folleto. Eso es lo que entrena el simbolismo visual, y es la diferencia entre leer y recitar. El librito, después, para comprobar.
Que el estilo aguante meses
Aquí está el criterio que más se invierte. Lo importante no es que te encante el primer día, sino que puedas seguir mirándolo dentro de un año. Son dos cosas distintas y a veces contrarias: los mazos que entran por los ojos de golpe suelen ser los más marcados, y lo muy marcado cansa antes.
Dos avisos concretos. El primero: que dos o tres láminas te incomoden no descarta un mazo. El Diablo incomoda en casi todos y para eso está. Lo que sí descarta es que te incomode el conjunto, porque entonces no vas a tirar. El segundo: mira una lámina al tamaño que va a tener en la mesa. En una tirada de diez cartas las estás viendo desde arriba y a medio metro, y un mazo con poco contraste o con las figuras muy pequeñas se lee peor de lo que parecía en la caja.
Lo que de verdad decide
Todo lo anterior se resume en una frase, y conviene que sea la que te lleves.
El mejor primer mazo es el que vas a sacar de la caja a menudo.
Un mazo correcto que tiras tres veces por semana enseña más en un mes que el mazo perfecto que esperas seis meses a encontrar. La práctica es lo que construye el oficio, y la práctica solo ocurre con un mazo en la mano. Si además ese mazo tiene los 56 ilustrados, cabe en tu mano y trae las 78, ya has hecho bien la parte que se podía hacer bien.
Y hay una trampa simétrica que conviene ver: el mazo demasiado bonito. Cuando un mazo se trata como objeto de colección, se saca poco, se baraja con cuidado y acaba siendo una cosa que se enseña en vez de una herramienta que se usa. Para eso, mejor que sea el segundo.
Lo que hay que llevarse
- Para el primero, un Rider-Waite-Smith o un descendiente directo: escena en los 56, mucho material escrito y compatibilidad con casi todo lo moderno.
- Un descendiente se comprueba en cuatro cosas: menores con escena, nombres de siempre, cuatro figuras de corte y escenas reconocibles.
- Que quepa en tu mano. Un mazo que no se baraja bien no se usa bien.
- Que traiga las 78, y cuéntalas al abrirlo.
- El librito se lee después de mirar la carta, nunca antes.
- El estilo se elige pensando en dentro de un año, no en el primer vistazo.
- El mejor primer mazo es el que vas a sacar de la caja a menudo.
Las cartas de este capítulo