Mazos · M.3.3
Tamaño, papel y acabado
Un mazo se elige mirando fotos y se usa con las manos. El tamaño decide si se baraja bien y si la tirada cabe en la mesa, el acabado decide si refleja la lámpara, y el dorso decide algo más serio: si al repartir se ve venir la carta.
Lo que se nota es el uso, no la foto
Un mazo se elige mirando imágenes, y lo que se acaba teniendo entre manos es otra cosa: un objeto que hay que barajar, cortar, extender y recoger, y del que hay que mirar setenta y ocho dibujos a treinta centímetros de los ojos, con la luz que haya en casa.
De ahí sale el criterio que ordena todo lo que viene: un mazo es una herramienta que se toca cientos de veces. Lo físico no sale en la foto y es justo lo que decide si el mazo termina en la mesa o en un estante. Nada de esto tiene respuesta correcta: tiene consecuencias, y conviene saberlas antes.
El tamaño
Se ve mejor o se baraja mejor
Las dos cosas tiran en direcciones contrarias y no hay forma de tenerlas juntas.
Una carta grande enseña el dibujo, y en un mazo ilustrado el dibujo es la mitad del trabajo. La estrella dentro del farol de El Ermitaño, las letras de las columnas de La Sacerdotisa, las gotas que caen entre las torres de La Luna o los siete pentáculos del Siete de Oros se leen o no según lo que midan. En tamaño pequeño siguen estando, pero hay que acercarse, y acercarse a media lectura interrumpe.
Una carta grande, en cambio, se baraja peor. Barajar de verdad, no repartir de un montón: el mazo tiene que sostenerse en una mano mientras la otra trabaja, y ahí manda el ancho de la carta contra el largo del pulgar. Con manos pequeñas, un mazo grande acaba manejándose sobre la mesa porque en el aire no se puede.
La comprobación no depende de opiniones: coger el mazo cerrado con la mano no dominante y ver si el pulgar llega cómodo al borde contrario. Si no llega, ese mazo se va a barajar mal el resto de su vida.
La otra medida es la mesa
Una tirada no ocupa lo que ocupa una carta: ocupa el plano donde caen todas. La cruz celta son diez cartas en dos bloques, con una atravesada sobre otra y una columna de cuatro al lado, y con cartas grandes eso pide una mesa de verdad. En una pequeña se encoge, las cartas se tocan, y una tirada encogida se lee peor porque las distancias entre posiciones forman parte de lo que se mira.
Por eso existen ediciones reducidas de los mazos clásicos, con el mismo dibujo en menos superficie. No son una versión rebajada: están pensadas justo para esto. Y por eso mucha gente que lee a menudo acaba teniendo dos del mismo mazo, uno para casa y uno para llevar.
Puestas una al lado de la otra, se ve que ninguna columna gana en todo:
| Carta grande | Carta reducida | |
|---|---|---|
| El dibujo | se lee de un vistazo | hay que acercarse |
| Barajar | cuesta con manos pequeñas | cómodo en una mano |
| Tiradas largas | piden mesa amplia | caben en cualquier sitio |
| Dónde acaba | en casa | en el bolso |
La fila que más gente descubre tarde es la tercera: el tamaño no se elige solo contra la mano, también contra la tirada que se vaya a usar.
El papel: grosor y rigidez
Debajo del acabado hay un cartón con dos propiedades que se notan enseguida.
Demasiado rígido y no se baraja. Una carta que no flexiona no se entrelaza: salta, se escapa del bloque y el corte cuesta.
Demasiado fino y se estropea. Una carta blanda se dobla al barajar y las dobleces no se van. El problema no es estético: una carta marcada se reconoce por detrás, y en cuanto hay tres o cuatro con su propia arruga, quien reparte sabe lo que está tocando sin querer saberlo.
Lo que se busca es una carta que se dobla y vuelve sola. Conviene además que el cartón tenga núcleo opaco, esa capa interior oscura que impide que la luz lo atraviese: sin ella, con una lámpara detrás, el dibujo se transparenta desde el dorso.
El acabado: brillo, mate y lino
El acabado es la capa de encima y decide dos cosas: la luz y los dedos.
El brillo alto satura los colores y desliza muy bien, y refleja. Con una lámpara encima de la mesa, el reflejo cae justo donde se está mirando y hay que mover la cabeza o la carta.
El mate no refleja nada y por eso se lee muy cómodo. A cambio agarra: la grasa de los dedos se acumula en bordes y esquinas, y la carta desliza peor sobre la de al lado.
El lino es un grabado fino sobre la superficie. Rompe el reflejo sin apagar el color, hace que las cartas resbalen entre sí y, sobre todo, disimula el uso: las marcas caen dentro de una textura que ya estaba ahí, así que el mazo envejece parejo en vez de sacar brillos donde más se toca.
Resumido por lo que cada uno hace con la luz, con los dedos y con el tiempo:
| Acabado | Con la luz | Al barajar | Con el uso |
|---|---|---|---|
| Brillante | refleja la lámpara | desliza muy bien | marca huellas y brillos desiguales |
| Mate | no refleja | desliza peor | se ensucia por bordes y esquinas |
| Lino | reflejo roto y suave | desliza bien | disimula, envejece parejo |
El canto
Los cantos de color, casi siempre dorados o plateados, son una capa aplicada sobre el borde del bloque de cartas cuando el mazo está prensado. Con el mazo cerrado y nuevo se ven muy bien, y esa es su función.
En cuanto se baraja, el borde de cada carta roza contra el de las demás, y la capa se va: primero como una línea desigual, después como puntos claros en las esquinas. No es un defecto de fabricación, es lo que le pasa a una capa fina puesta en el sitio de más roce.
De ahí la conclusión, que no es un juicio sobre nadie: un canto dorado es de mazo de vitrina más que de mazo de mesa. Para coleccionar, enseñar o leer de tarde en tarde está perfecto; para leer todas las semanas, conviene contar con que va a durar mucho menos que las cartas.
El dorso, y por qué la simetría no es un capricho
Aquí termina lo que es cuestión de gusto.
Un dorso simétrico se ve igual del derecho que del revés: girado media vuelta, la misma imagen. Uno asimétrico tiene arriba y abajo, porque lleva una figura con orientación, una escena o un texto, y delata la posición de la carta antes de darle la vuelta.
Eso importa por una razón concreta. Si el dorso canta, quien reparte ve venir la orientación, y ver venir es decidir. El azar sirve para que la selección no la haga quien pregunta, y un dorso que se lee por detrás devuelve esa decisión a la mano. No hace falta mala fe: basta con tener ojos.
En este sitio las tiradas no salen invertidas, así que el dorso no cambia nada de lo que se lee aquí. Pero quien lea con su propio mazo lo va a notar en cuanto trabaje con cartas invertidas, que es donde la orientación pasa a significar algo.
La comprobación es de segundos: coger una carta por el dorso, mirarla, girarla media vuelta y volver a mirarla. Si se distinguen las dos vistas, el dorso es asimétrico. Merece la pena hacerlo antes de decidir, porque es lo único de este capítulo que no se arregla acostumbrándose.
Lo que hay que llevarse
- El tamaño se elige contra la mano y contra la mesa: lo que se ve mejor se baraja peor, y una tirada de diez cartas necesita sitio.
- El cartón tiene que doblarse y volver. Muy fino se marca, y una carta marcada se reconoce por detrás.
- El brillo refleja la lámpara, el mate agarra los dedos y el lino disimula el uso.
- El canto dorado se va con el roce: es acabado de vitrina, no de mesa.
- El dorso simétrico es lo único que no es cuestión de gusto: uno asimétrico deja ver la orientación antes de repartir.
Las cartas de este capítulo