Símbolos del tarot · S.2

Elementos naturales

Detrás de casi todas las figuras del Rider-Waite-Smith hay un paisaje, y ese paisaje está dibujado a propósito. Esta rama recorre cinco de sus piezas carta por carta. Ojo con confundirlas con los cuatro elementos de los palos, que son otra cosa.

El paisaje del fondo no es relleno

En el Rider-Waite-Smith casi ninguna carta ocurre en un sitio vacío. Detrás de la figura hay un estanque, un río, un mar, unas montañas, un sol asomando en el horizonte o una luna con cara humana. Pamela Colman Smith dibujó ese fondo con el mismo cuidado que puso en lo que se ve delante, y quien mira solo el primer plano se deja media lámina sin leer.

Esta rama es la referencia de cinco de esas piezas: el agua, el sol, la luna, las montañas y los rayos. Cada capítulo recorre todas las cartas donde ese elemento aparece y dice qué hace en cada una, que es justo lo que ninguna ficha puede contar: una ficha ve su lámina y solo la suya.

Mirar así se aprende en la lección de simbolismo visual, que enseña el método: describir antes de nombrar, preguntarse qué hay al fondo, fijarse en lo que se repite entre láminas. Aquí ese método no se repite. La lección enseña a mirar; estos capítulos dicen qué es lo que estás mirando.

Esto no son los cuatro elementos de los palos

Conviene decirlo antes que nada, porque la confusión es fácil y se cuela sola.

Cuando en tarot se habla de «elementos» casi siempre se habla de otra cosa: de la atribución elemental de los palos, que reparte fuego a Bastos, agua a Copas, aire a Espadas y tierra a Oros. Eso es una clasificación, vale para las catorce cartas del palo entero y no depende de lo que se vea pintado. Está explicada en Palos y elementos, y ahí es donde hay que ir a buscarla.

Aquí se hace lo contrario: se mira lo que hay dibujado. Tres cartas concretas enseñan la diferencia mejor que cualquier definición.

Elemento atribuido y nada dibujado. El Cuatro de Copas se describe como agua estancada, estanque sin salida. Se mira la lámina: un joven sentado bajo un árbol con los brazos cruzados, tres copas en el suelo, una mano que le ofrece la cuarta desde una nube y un paisaje verde y tranquilo. Ni una gota de agua. Esa agua estancada es el elemento del palo en ese número, no una charca.

Los dos a la vez. La Reina de Oros es «agua de tierra» en el reparto cabalístico de la corte, y encima tiene agua de verdad: un río discurre cerca de su trono, entre rosas, flores silvestres y árboles en flor. Que coincidan las dos cosas es cosa de esa lámina, no la norma.

Y lo mismo con la astrología. El Ocho de Oros lleva «planeta Sol en Virgo» entre sus correspondencias, y en la carta hay un artesano cincelando un pentáculo en su banco de trabajo con una ciudad al fondo. Sol, ninguno. Un planeta en una tabla de correspondencias no es un astro pintado, y de dónde salen esas tablas está en Planetas y signos.

De ahí la regla corta de la rama: se describe lo que se ve. Si un elemento no está en la lámina, no entra en el capítulo, por bien que sonara.

Los cinco, y para qué sirve mirar cada uno

Los cinco capítulos tienen el mismo esqueleto: qué es el símbolo, en qué cartas sale, qué cambia de una a otra y qué no significa. Esta tabla resume qué aporta cada elemento a la escena, que suele ser lo que decide por dónde empezar.

Elemento Ejemplos claros Qué aporta a la escena
El agua el estanque de La Estrella, el mar del Rey de Copas si algo se cruza, se queda quieto o zarandea
El sol El Sol, el amanecer del Diez de Espadas la hora del día, que cambia la lectura
La luna La Luna, la creciente delgada del Dos de Espadas una luz que deforma las formas y los colores
Las montañas el Ocho de Copas, El Ermitaño lo lejos que está la meta y lo que cuesta subir
Los rayos La Torre lo que baja del cielo sin pedir permiso

Casi nunca sale uno solo

Un fondo del Rider-Waite-Smith suele traer dos o tres de estas cosas a la vez, y entonces lo que se lee es la frase entera, no cada palabra suelta.

En La Muerte hay un río que fluye y, en la lejanía, dos torres con un sol que amanece o se pone entre ambas. Agua que corre y luz indecisa: el fondo dice tránsito por dos caminos distintos y a la vez.

En el Ocho de Copas hay un río en primer término, montañas oscuras al fondo y, en el cielo, una luna llena tapando el sol. Para irse hay que cruzar agua y luego subir; y encima ni es de día ni es de noche.

En La Templanza el ángel tiene un pie en la tierra y otro en el agua del estanque, y detrás arranca un camino que sube hacia montañas distantes con una corona dorada en el horizonte. Estanque y montaña son las dos mitades de la misma frase: aquí se está ajustando algo, y la meta queda lejos.

Lo que el paisaje no dice

  • No es un sitio literal. Un mar al fondo no anuncia una costa ni un viaje, igual que unas montañas no anuncian una excursión. Es el escenario de la escena, no una dirección postal.
  • No es el parte meteorológico. Ni del ánimo del querente ni del tiempo que va a hacer.
  • No hay diccionario fijo. El mismo dibujo cambia de papel entre dos láminas: un río que riega y un río que separa se pintan igual, y lo que se lee es lo que hace ahí. Por eso los capítulos van carta por carta y no por definiciones.
  • El color no aguanta el peso. Las tonalidades cambian entre ediciones del mazo, así que colgar una lectura del tono exacto de un cielo es colgarla de una tirada de imprenta. Lo que no cambia es lo que hay dibujado y dónde está puesto.

Lo que hay que llevarse

  • El fondo de una lámina del Rider-Waite-Smith está dibujado a propósito, y cinco de sus piezas se repiten lo bastante como para tener capítulo propio.
  • Elemento dibujado y elemento de palo son cosas distintas. El Cuatro de Copas es agua por su palo y no tiene agua; la Reina de Oros tiene las dos cosas; el Ocho de Oros lleva al Sol en sus correspondencias y no hay sol en la carta.
  • Un elemento no significa lo mismo en dos cartas: se lee lo que hace en cada escena, y ahí está la razón de ser de esta rama.
  • El método para mirar está en la lección; estos capítulos son la referencia de lo que se ve al mirar.