Símbolos del tarot · S.2.3

La luna

Seis láminas del Rider-Waite dibujan una luna, y no todas hacen lo mismo con ella. Una cosa es la luna que está en el cielo y tiñe la escena entera, y otra la que va bordada en un tocado o en una túnica: esa no cambia la luz de nada.

No es el arcano XVIII

Hay una carta que se llama La Luna y hay una luna dibujada en seis cartas distintas. No son lo mismo, y conviene separarlo antes de seguir. El arcano XVIII tiene su propia página en la ficha de La Luna, y ahí está lo que significa esa carta y cómo se lee. Este capítulo va del satélite pintado, esté en el cielo de la escena, en un tocado o bordado en una túnica.

La distinción importa porque es justo por donde se cuela el error más común al mirar símbolos. Quien encuentra una luna creciente en la cabeza de La Sacerdotisa y le aplica lo que sabe del arcano XVIII (penumbra, distorsión, aguas revueltas) está leyendo una carta dentro de otra. No es la misma luna ni hace el mismo trabajo.

De dónde viene

La luna no llega al tarot con un significado inventado para las cartas: llega con el que ya tenía. Es el reloj más antiguo que existe, el que mide el mes en fases visibles, y en la medicina medieval se la hacía responsable de la melancolía y de la locura. De ahí viene la palabra lunático y de ahí viene buena parte de la carga que arrastra el arcano: la ficha de La Luna recoge que la tradición leía La Lune del Marsella como enfermedad del ánimo, asociada al satélite.

Waite conservó los elementos heredados y los cargó de simbolismo cabalístico, pero no movió la luna de sitio: sigue arriba, presidiendo, igual que en el patrón antiguo. Eso se puede contrastar en el capítulo de la escuela de Marsella.

Las seis láminas

Estas son las cartas cuya ficha describe una luna dibujada, con la forma exacta que tiene en cada una. Lo que hay que mirar es la tercera columna, porque es donde dejan de parecerse:

Carta Cómo está dibujada Dónde está
La Luna Luna llena blanca con perfil humano, mirando hacia abajo En el cielo, presidiendo
Dos de Espadas Luna creciente delgada que apenas se asoma En el cielo, al fondo
Ocho de Copas Luna llena eclipsando el sol, o luna doble En el cielo, sobre quien se va
La Sacerdotisa Tiara lunar: creciente, llena y menguante superpuestas Puesta en la cabeza
El Carro La Luna entre los cuatro símbolos alquímicos de la coraza Puesta en la armadura
Diez de Oros Lunas crecientes bordadas junto a racimos de uvas Puesta en la túnica

Tres arriba y tres encima de alguien. Esa partición es todo el capítulo.

La luna que preside tiñe la escena

Cuando la luna está en el cielo cambia la luz, y las tres fichas lo dicen.

En La Luna todo está en penumbra: ni noche cerrada ni día, sino luz lunar que deforma las siluetas y apaga los colores. La propia ficha lo resume mejor de lo que puede hacerlo un capítulo de símbolos: la Luna no cambia el mundo, cambia cómo el mundo aparece. Lo demás de esa lámina (las dos torres, el camino que se pierde, el cangrejo saliendo del estanque, el lobo y el perro aullando) está pintado bajo esa luz y no se entiende sin ella.

En el Ocho de Copas la luna llena se superpone al sol y el cielo queda amarillo ocre, crepuscular. No es noche todavía y no es día pleno: umbral. La figura se marcha de espaldas, con capucha, y el componente intuitivo de esa marcha lo pone el cielo, no la persona, a la que no se le ve la cara.

En el Dos de Espadas la luna hace algo distinto: no tiñe, fecha. Es un creciente delgado, la fase más sutil, y lo que aporta es en qué punto del ciclo estamos. La ficha lo lee como que el momento es temporal, que es exactamente lo que sabe decir una fase y no sabe decir un cielo.

La luna que se lleva puesta dice de quién es

Cuando la luna va bordada, grabada o montada en un tocado deja de ser meteorología y pasa a ser atributo: no informa de la escena, informa de la figura.

La Sacerdotisa lleva las tres fases a la vez, superpuestas en la tiara. Eso no es un momento del ciclo, es el ciclo entero puesto en la cabeza. La lámina no la sitúa en ninguna noche concreta: la sienta entre las columnas del templo con el rollo de la Tora medio tapado por el manto, y la luna que lleva encima dice de qué está hecho ese saber, no qué hora es.

El Carro la lleva como uno de los cuatro símbolos alquímicos de la coraza, junto al Sol, a Saturno y a los cuatro elementos. Ahí la luna es una pieza de un juego completo: el blasón de alguien que se ha equipado con el cielo entero antes de salir de la ciudad.

El Diez de Oros la lleva bordada en la túnica del anciano, alternando con racimos de uvas, en una escena diurna de tres generaciones con la ciudad amurallada al fondo. Es ornamento del mismo orden que los escudos heráldicos grabados en el arco de piedra.

Y ahí está la prueba de que las dos lunas son cosas distintas: ninguna de estas tres cartas es nocturna. La luna llevada encima no apaga ninguna luz.

La que no está y la que no es de este mazo

Dos cartas aparecen en las listas de cartas con luna y ninguna de las dos debería.

El Cinco de Copas sale porque su ficha nombra la luna, pero para decir lo contrario: no hay estrellas, no hay luna, solo cielo gris. Es una ausencia declarada y hace trabajo, porque el duelo de esa carta es sobrio y no lleva adorno celeste que lo dramatice.

El Nueve de Bastos sale por confusión de mazo. La luna que aparece en el centro de su composición es la del Thoth de Crowley, donde la carta se llama Strength. En la lámina de Pamela Colman Smith no hay ninguna: hay un hombre con la cabeza vendada, ocho bastos formando empalizada y un fondo montañoso. Si se cita, se cita como lo que es, y para eso está el capítulo de la escuela Thoth.

Lo que no significa

La luna dibujada no es el planeta Luna. Son dos capas distintas y no coinciden. Siete de las fichas de este sitio llevan la Luna como planeta atribuido (La Sacerdotisa, El Carro, el Dos de Espadas, el Cuatro de Copas, el Seis de Oros, el Siete de Espadas y el Nueve de Bastos) y solo tres de las siete dibujan una. Al revés pasa lo mismo: el arcano que se llama La Luna no tiene la Luna asignada, tiene Piscis y Neptuno. Quien mezcle las dos cosas acabará buscando lunas donde hay atribución y atribuciones donde hay dibujo. Esa capa se trabaja aparte, en la lección de planetas y signos.

Una luna no significa engaño por sí sola. Esa lectura pertenece a una lámina concreta, la del arcano XVIII, y la sostiene lo que hay pintado en ella: la luz que deforma, el sendero que desaparece, los dos animales aullando. Llevarla a la tiara de La Sacerdotisa o al bordado del Diez de Oros es lo que la lección de simbolismo visual llama recitar en lugar de leer.

Lo que hay que llevarse

  • Hay luna dibujada en seis láminas, y la pregunta que las separa cabe en una línea: ¿está en el cielo o la lleva alguien encima?
  • En el cielo cambia la luz y con ella el tono de la escena entera: penumbra en La Luna, umbral en el Ocho de Copas, fase mínima en el Dos de Espadas.
  • Puesta encima es atributo de la figura y no del momento, y ninguna de las tres cartas que la llevan transcurre de noche.
  • Las fases dicen en qué punto del ciclo estamos. Las tres a la vez, como en la tiara de La Sacerdotisa, dicen que no estamos en ninguno.
  • El Cinco de Copas nombra la luna para decir que falta, y la del Nueve de Bastos es de otro mazo.