Símbolos del tarot · S.2.4
Las montañas
En la mayoría de las cartas donde salen, las montañas no hacen nada: están al fondo y calibran el clima de la escena. Pero en unas pocas la figura camina hacia ellas y en otras está encima, y ahí la montaña deja de ser paisaje y pasa a ser posición.
Casi siempre están al fondo, y eso es un dato
Hay montañas dibujadas en más de una docena de láminas del Rider-Waite-Smith, y lo primero que sale de mirarlas todas es poco vistoso: en la mayoría están detrás, lejos, sin que nadie las mire ni vaya hacia ellas. No hay una lectura oculta que las una. Lo que hacen es poner el clima.
Eso no es poco. La lección de simbolismo visual enseña a preguntarse qué hay al fondo y a dónde llegaría la figura si siguiera andando; este capítulo hace la otra mitad del trabajo, que es comparar el mismo elemento entre láminas para ver qué cambia. Y en las montañas del horizonte lo que cambia no es que estén: es su forma y su color.
Estas son las cartas donde la montaña se queda en el horizonte, con lo que la ficha dice de ella. Puestas en fila se ve que el mismo elemento sirve para tonos opuestos:
| Carta | Cómo son las montañas | Qué tono ponen |
|---|---|---|
| El Loco | Nevadas pero iluminadas | El frío está lejos y hay luz |
| La Fuerza | Suaves, nada amenazante | La escena no necesita drama |
| El Emperador | De roca sin vegetación, cielo rojizo | Aridez, mundo que hay que organizar |
| El Juicio | Nevadas, cielo gris blanco | Severo pero limpio |
| As de Espadas | Picos nevados, paisaje alpino nítido | Frío, claro, sin concesiones |
| Diez de Espadas | Lejanas y apacibles | Ya pasó todo, no viene nada |
| Los Enamorados | Una montaña, vertical | Lo hierático detrás del dilema |
La ficha de La Fuerza lo dice de la manera más útil que se puede decir: en esa iconografía la fuerza no necesita paisaje dramático. La montaña suave está ahí para eso, para que no lo haya. Cámbiese por los picos del As de Espadas y la misma mujer con el mismo león cuenta otra cosa.
Los Enamorados es la excepción dentro del grupo: es la única de las siete cuya ficha se para a leer la montaña del fondo (lo masculino vertical, lo hierático) en vez de dejarla como decorado. Conviene saber que es un caso aislado y no la norma, porque de tomarlo por norma sale el vicio de interpretar cada roca del horizonte.
Al final del camino: la montaña como destino
En tres cartas la montaña deja de ser fondo porque hay un camino que va hacia ella. Y las tres resuelven ese viaje de manera distinta, que es lo que las hace legibles juntas.
En La Templanza el camino sube hacia montañas distantes y sobre ellas, en el horizonte, hay una corona dorada. La ficha lo cierra en una línea: el camino es largo, las montañas altas, pero hay una meta. Es la única lámina del mazo donde la altura del fondo lleva premio encima.
En el Ocho de Copas la figura ya ha echado a andar hacia montañas oscuras, y entre nosotros y ella hay un río. Para llegar a esas montañas hay que cruzar agua: el destino está claro y lo que cuesta no es la subida, es la travesía.
En La Luna el camino serpentea entre las dos torres y se pierde hacia montañas oscuras en el horizonte, con el sendero apenas visible. Aquí no hay meta dibujada ni río que cruzar: hay un camino que desaparece. La misma composición básica que en el Ocho de Copas, y sin embargo lo contrario, porque falta el punto de llegada.
Meta a la vista, precio de entrada, o camino que se borra. Tres respuestas a la misma pregunta, y ninguna ficha puede darlas sola.
Bajo los pies: la montaña como posición
El tercer caso es el menos frecuente y el que más rinde: la figura está encima.
La Torre es el caso extremo. La torre está construida en lo alto de una montaña rocosa, y el fondo detrás es completamente negro, sin horizonte. Es la única carta donde hay montaña y no hay paisaje: solo altura, rayo, fuego y caída. La altura aquí no es mérito ni mirador, es la distancia que van a recorrer los dos cuerpos que caen de las ventanas.
El Ermitaño está de pie sobre una cumbre nevada, con más cumbres detrás, y la ficha lo dice sin metáfora: ha subido por encima del nivel donde vive la mayoría. El frío es parte del lugar y va incluido en la decisión. No hay flores, no hay río, no hay discípulos.
El Tres de Bastos pone al hombre en lo alto de un acantilado, de espaldas, mirando barcos en un mar dorado con montañas más allá. Está literalmente sobre el mundo que sus bastos representan, y desde ahí lo que hace es contemplar cómo se mueve lo que ya puso en marcha.
El Paje de Espadas está en lo alto de una colina ventosa, sobre suelo irregular y montañoso. La ficha saca de esa posición las dos caras a la vez: el terreno elevado le permite ver venir cosas, y en una colina alta no se puede esconder. Ver y ser visto vienen en el mismo lote.
Esa es la diferencia entre la montaña lejana y la montaña bajo los pies. Lejos habla del mundo; debajo habla de la persona, y siempre con la misma doble moneda: quien está arriba domina el campo y está expuesto.
La colina lleva casa, la montaña no
Un detalle que solo se ve mirando las 78 fichas seguidas, y que no lo define ninguna tradición: es lo que hay dibujado. Las colinas del Rider-Waite-Smith suelen llevar un edificio encima y las montañas no llevan nada. El castillo del As de Bastos, el del Cuatro de Bastos, la casa del Diez de Copas, el castillo lejano del Ocho de Espadas: todos sobre colina. Las montañas del horizonte están vacías.
De todas las láminas que dibujan montañas, la única que pone una construcción encima es La Torre, y le cae un rayo. No hay que sacar de ahí una doctrina, pero sí sirve para no confundir los dos accidentes al leer: la colina es donde se vive y la montaña es lo que hay detrás o lo que se sube. El Siete de Bastos, que defiende su posición desde una colina o promontorio, está en el primer grupo, no en el segundo.
Lo que no significa
La montaña no es el obstáculo. Es la lectura automática y no la sostiene ninguna de estas láminas. En el Ocho de Copas la montaña es a donde va la figura, y lo que hay que cruzar es el río. En La Templanza las montañas son altas y aun así el camino llega. En ninguna carta del mazo hay alguien parado ante una montaña que le impida el paso.
Tampoco es esfuerzo espiritual por defecto. Que en El Ermitaño la cumbre signifique retiro es cosa de El Ermitaño, donde hay un anciano solo, con linterna y báculo, y la ficha lo explica. Trasladar eso a los picos nevados del As de Espadas, que es una mano con una espada, es meter una carta dentro de otra.
Y no cambian el significado, lo calibran. Un fondo montañoso no convierte una carta en otra: le pone temperatura. Eso se lee al juntar la carta con las de al lado, que es el trabajo de la lección de interpretar en conjunto.
Lo que hay que llevarse
- En la mayoría de las cartas donde salen, las montañas son horizonte y su trabajo es el clima: suaves en La Fuerza, áridas en El Emperador, alpinas en el As de Espadas.
- Cuando hay un camino que va hacia ellas, son destino, y lo que las distingue es qué hay al final: corona en La Templanza, río que cruzar en el Ocho de Copas, nada en La Luna.
- Cuando la figura está encima, son posición, y la posición siempre trae visión y exposición juntas.
- La Torre es el único sitio donde hay montaña sin horizonte, y la altura solo sirve para medir la caída.
- Las colinas llevan casas y castillos; las montañas están vacías. Conviene no llamarlas igual.
Las cartas de este capítulo