Símbolos del tarot · S.2.1
El agua
El agua sale dibujada en más de veinte láminas y no hace lo mismo en ninguna. Un estanque se queda, un río se cruza y un mar no se cruza andando. Y hay cartas cuya lectura empieza justo porque ahí no hay ni una gota.
Agua dibujada y agua de palo
Antes de mirar ninguna carta hay que separar dos cosas que se llaman igual.
Una es la atribución elemental: Copas es el palo de agua, y eso vale para sus catorce cartas se pinte lo que se pinte, como explica Palos y elementos. La otra es el agua dibujada en la lámina, que es de lo que va este capítulo y la rama entera de elementos naturales.
Una carta separa las dos cosas ella sola. El Colgado lleva la letra hebrea Mem, que significa «agua», y su ropa azul y roja se lee como agua y fuego. En la lámina no hay ni una gota: cuelga de una tau de madera viva y la escena no tiene fondo. La carta más acuática del mazo por su letra está pintada en seco.
Aquí se cuenta lo que se ve, y casi nunca es lo mismo dos veces.
El agua quieta: el estanque
El estanque es agua que no va a ninguna parte, y sale en cuatro escenas haciendo cuatro trabajos distintos.
En el As de Copas, una mano divina sostiene la copa de la que caen cinco chorros hacia un estanque cubierto de flores de loto blancas. Su ficha señala el detalle que se pasa por alto: el estanque no es el origen, es el destino. La fuente es la copa, que recibe agua sin que se sepa de dónde.
En La Estrella, la mujer arrodillada vierte una jarra en el estanque y la otra sobre la tierra, con un pie tocando el agua y el otro en el suelo. Vierte, y no recoge.
En La Templanza, el ángel también tiene un pie en el agua del estanque y otro en tierra, pero su chorro va de una copa a la otra: un circuito cerrado donde no se pierde nada.
La lección de simbolismo visual usa esa pareja para enseñar a leer lo que cambia entre dos láminas parecidas: misma postura, sentidos opuestos.
Y en La Luna el estanque es oscuro y está en primer plano, y de él sale un cangrejo. Es el único de los cuatro donde el agua devuelve algo.
El agua que corre: el río
El río cruza la escena, y lo que hay que mirar es si riega, acompaña o se interpone.
Riega en La Emperatriz, donde atraviesa un jardín de trigo maduro y bosque espeso, y en la Reina de Oros, que lo tiene discurriendo cerca del trono entre rosas y árboles en flor. En las dos, el agua explica por qué eso crece.
Acompaña en el Diez de Copas, donde fluye apaciblemente delante de la familia sin que nadie vaya a cruzarlo, y en el Ocho de Bastos, que pone un río serpenteando en un paisaje verde mientras los ocho bastos vuelan por encima.
Y hay un caso aparte: el Caballero de Copas cabalga por un paisaje árido atravesado por un río serpenteante, con la armadura adornada de peces rojos. El agua de esa carta la lleva él encima.
El río como frontera, en tres tiempos
Aquí está lo que ninguna ficha puede contar, porque cada una ve solo su lámina: tres cartas pintan el mismo umbral en tres momentos.
En el Cinco de Copas, la figura encapuchada mira las tres copas volcadas mientras al fondo un río la separa de una casa en la colina. Hay un puente, y su ficha lo dice así: el puente existe, pero nadie lo está cruzando todavía.
En el Ocho de Copas, el río corre entre nosotros y la figura que se marcha hacia las montañas oscuras. Para llegar allí hay que cruzar agua, y esa agua es lo que la figura deja atrás: el cruce está decidido y aún no ha pasado.
En el Seis de Espadas, el cruce está ocurriendo: una barca con un barquero, una mujer y un niño avanza sobre un río donde el agua de la izquierda está más agitada y la de la derecha, hacia donde van, más calmada.
Puestas en fila, las tres son el antes, el durante y el después de la misma travesía. Puesta cada una sola, ninguna lo parece.
El mar, que no se cruza andando
El mar es el agua que no se cruza a pie, y la corte de Copas lo usa de escala.
El Paje de Copas está de pie junto a la orilla, con el mar inquieto al fondo y un pez asomando de su copa. La Reina de Copas tiene el trono de piedra plantado en la misma orilla, con guijarros y plantas acuáticas a los pies y el mar calmado hasta el horizonte. El Rey de Copas ya está encima: su trono flota sobre un mar agitado, con olas y espuma, un barco a un lado y un pez saltando al otro, y él sereno. Tres puestos frente a la misma agua, del borde al centro.
Fuera del palo el mar hace de fondo con papeles distintos, y lo que cambia de una carta a otra es cómo está el agua. Esta tabla las pone en fila.
| Carta | Cómo está el mar | Qué hace en la escena |
|---|---|---|
| Dos de Oros | agitado, olas altas y dos barcos | pone el vaivén que el malabarista sostiene |
| Tres de Bastos | amplio y dorado, con tres barcos | deja en duda si van o vuelven |
| Dos de Espadas | agitado y salpicado de rocas, pero contenido | empuja la decisión que ella no mira |
| Cinco de Espadas | inquieto, los perdedores hacia la orilla | le quita brillo a la victoria |
| Diez de Espadas | calmo | dice que la tormenta ya pasó |
Mismo elemento y misma posición en dos láminas: en una queda tensión y en la otra ya no.
El agua que falta
Que un símbolo falte también se lee, y algunas fichas lo dicen con todas las letras.
El As de Espadas tiene un paisaje alpino, frío y nítido del que su ficha dice: no hay ríos como en el As de Copas, no hay jardines como en el As de Bastos. El as del aire está seco a propósito.
El Ermitaño sube por encima de donde vive la mayoría, y arriba no hay flores, no hay ríos, no hay discípulos.
El Paje de Oros se planta en un prado verde con campos labrados, árboles, montañas distantes y cielo amarillo claro. El paisaje está descrito entero y no hay agua en él. Al lado del Paje de Copas, que está en la orilla, son el mismo joven mirando dos mundos.
Y La Sacerdotisa es el caso más fino: detrás de su velo un mar se insinúa pero no se describe. Su ficha la llama la carta más acuática del mazo precisamente por eso.
Qué no significa el agua
- No es «emociones» por estar ahí. En el Dos de Oros el mar es el ritmo de los cambios; en el Diez de Espadas, el aviso de que lo peor ya pasó. Traducir toda agua a sentimientos tapa lo que la lámina dice.
- Quieta no es estancamiento ni corriente es progreso. El río del Diez de Copas fluye y no lleva a nadie a ninguna parte; el estanque del As de Copas está inmóvil y es el destino de todo lo que cae.
- No anuncia viajes, costas ni mudanzas. El mar del Tres de Bastos trae barcos que igual llegan que se van, y la ficha deja la ambigüedad en pie.
- Ninguna tradición fija un significado del agua por su sola presencia. Se lee el papel que hace en esa escena: destino, frontera, riego o suelo que se mueve.
Lo que hay que llevarse
- Agua de palo y agua dibujada son dos cosas. El Colgado lleva la letra del agua y no tiene ni una gota pintada.
- El estanque recibe, el río separa o riega, el mar no se cruza andando. Esas tres formas cubren casi todo el mazo.
- Cinco de Copas, Ocho de Copas y Seis de Espadas son el mismo cruce en tres tiempos: el puente sin cruzar, el río por delante y la travesía en marcha.
- La ausencia se lee. El As de Espadas y El Ermitaño la declaran en su propia descripción, y La Sacerdotisa esconde un mar detrás del velo.
Las cartas de este capítulo