Símbolos del tarot · S.5.3

Los colores

El color es lo único que cambia de una edición del Rider-Waite-Smith a otra, así que una lectura colgada del tono exacto de un manto está colgada de una tirada de imprenta. Lo que sí se puede contar es qué se repite: los cielos amarillos, las túnicas rojas, los caballos blancos y los tres fondos negros.

Por dónde hay que entrar

De todo lo que reúne esta sección, el color es lo único que no es un objeto: el perro está o no está y se comprueba mirando, mientras que el color es una propiedad de todo lo demás. Por eso es donde más fácil resulta escribir una tabla que suene bien y no diga nada, y circulan muchas (rojo igual a acción, azul igual a espiritualidad) sin que casi ninguna venga firmada. Este capítulo no copia ninguna: cuenta.

De quién es el color que tienes delante

Antes de contar nada hay un hecho comprobable: el color es justo lo que cambia entre una edición y otra del mismo mazo. La tabla del capítulo del Rider-Waite-Smith lo resume: cambian la paleta y el acabado, no cambia el dibujo. Bajo ese nombre circulan, entre otras, la edición autorizada de U.S. Games Systems desde 1971 (color saturado y plano), las recoloreadas como el Tarot Universal de Waite de Mary Hanson-Roberts, y la Smith-Waite Centennial de 2009, que vuelve a la gama apagada del original.

Y dicho sin dramatizar: el color de El Loco o de El Sol es lo que más separa unas ediciones de otras, hasta el punto de que sirve para reconocer cuál se tiene en la mano. Quien lee «túnica verde» en la ficha de El Loco está leyendo la edición que se ve aquí; el mismo Loco, con el mismo trazo debajo, se ve de otro color en la mesa de al lado.

Hay un segundo límite, de autoría: el capítulo de Pamela Colman Smith documenta como aportación suya las escenas de los cincuenta y seis menores, y del reparto de trabajo con Waite dice que sigue en discusión y que quien la cierre afirma más de lo que se sabe. Atribuir a nadie la elección de un tono es exactamente eso.

Nada de esto invalida mirar el color, y la lección Simbolismo visual ya deja la cautela escrita: colgar una lectura del tono exacto de un manto es colgarla de una tirada de imprenta. Lo que sigue es lo que aguanta un cambio de edición: lo que se repite.

Lo que se repite de verdad, contado

Estas cuatro salen de recorrer las setenta y ocho fichas. No son lecturas, son recuentos.

Lo que se repite En cuántas Qué se saca de eso
cielo amarillo 17 cartas es el ambiente por defecto de medio mazo
túnica roja 9 cartas no comparten ningún significado
caballo blanco 5 cartas la ficha del Seis de Bastos ya las enlaza
fondo enteramente negro 3 cartas ahí sí hay una decisión de composición

El cielo amarillo sale en diecisiete. Ocho de Bastos (Caballero, Rey, Paje, Tres, Cinco, Siete, Nueve y Diez), seis de Oros (Dos, Seis, Siete, Caballero, Paje y Reina) y tres sueltas: La Fuerza, el Ocho de Copas y el Siete de Espadas. Se concentra en los dos palos cálidos, así que apunta al palo; y aun así cubre bajo el mismo cielo una pelea, un agotamiento, un reparto de limosna y un robo. Ese cielo no dice nada de lo que pasa debajo. Lo que sí dice algo es que falte.

El fondo enteramente negro sale en tres, y es el reverso exacto: El Diablo, La Torre y el Nueve de Espadas, cuyas fichas lo dicen casi igual, «completamente negro», «negro absoluto». Quitar el paisaje deja a la figura sin mundo alrededor, y eso es composición y no tinta: sobrevive a cualquier recoloreado.

La túnica roja sale en nueve, y aquí se hunden las tablas. La visten El Mago, El Emperador, La Justicia, el Tres de Bastos, el Seis de Oros, el Ocho de Copas, el Ocho de Espadas, el Nueve de Copas y el cadáver del Diez de Espadas. O sea: la maestría, el poder, el juicio, la expansión, la generosidad, el que se marcha, la que está atada, el que está satisfecho y el que está muerto. Nueve cartas sin nada en común. Si el rojo dijera «acción», la figura atada del Ocho de Espadas sería la más activa del mazo.

El caballo blanco sale en cinco: El Sol, La Muerte, el Seis de Bastos, el Caballero de Copas y el Caballero de Espadas. Es el único de los cuatro recuentos que hace una ficha por su cuenta: la del Seis de Bastos señala que es el mismo caballo que el de El Sol y La Muerte. Y aquí está lo que ninguna ficha dice sola, lo que cambia sobre él: el del Caballero de Copas avanza al paso, el del Caballero de Espadas al galope, el de La Muerte llega con calma y el de El Sol lo monta un niño desnudo sin riendas.

Las cartas donde el color sí es dato

Son pocas, y en todas lo dice la propia ficha.

El Cinco de Bastos es el caso limpio. Su ficha explica que las túnicas de los cinco jóvenes son de colores distintos y que eso sugiere orígenes diferentes. Lo que se lee ahí no es ningún color: es la diferencia entre ellos, y una diferencia sobrevive al recoloreado porque ninguna edición los pinta iguales.

El Caballero de Bastos es la única de las setenta y ocho cuya ficha ata un color a una tradición con nombre: su amarillo dominante es deliberado, porque el amarillo es el color del fuego y de Leo en la tradición de la Golden Dawn. Y dice menos de lo que parece: no es que el amarillo signifique algo en abstracto, es que corresponde al palo y al signo de esa carta.

Y en dos cartas el color es un objeto y no una propiedad, las únicas con vidrio de color: el vitral en lo alto del muro del Cinco de Oros, que los mendigos de la nieve no miran, y la vidriera con la palabra PAX del Cuatro de Espadas, por la que entra la luz sobre el caballero tendido. Las dos son ventanas de iglesia: una se ve desde fuera y la otra desde dentro.

Quedan tres glosas que valen para su lámina y no se exportan a las otras setenta y siete: el vestido rojo bajo manto verde de la Reina de Oros, las túnicas cálidas del Tres de Copas y la penumbra de La Luna, que distorsiona formas y colores porque eso es justamente la carta.

Lo que aquí no se escribe

No hay tabla de color y significado. Ni rojo igual a pasión, ni azul igual a espíritu, ni verde igual a crecimiento. No porque nadie las use, sino porque no aguantan el recuento de más arriba y porque no se puede citar a quién se atribuyen. Una regla que se rompe con nueve túnicas rojas no es una regla.

Tampoco se escribe una lectura del blanco, que sería la más fácil de colar: sale en el caballo de cinco cartas, en la rosa de El Loco y de La Muerte, en la túnica de La Templanza y en el vestido de la Reina de Copas, y las fichas lo glosan casi siempre como pureza. Pero eso ya lo dice cada ficha de lo suyo, y hacerlo ley del mazo es estirar una coincidencia hasta convertirla en sistema.

Y no se afirma cuál era el color original ni quién lo eligió. Lo único documentado es que la gama de 1909 era más apagada que la de las reimpresiones.

Donde el color sí es un código

Hay una tradición donde leer el color es legítimo y tiene escuela detrás, y no es esta: la marsellesa, contada en La escuela de Marsella. Allí el color se aplicaba con plantillas recortadas, una por tinta, lo que impone una paleta de cuatro o cinco colores idéntica en las setenta y ocho cartas, y esa escuela la lee como un sistema.

Lo honesto es el orden de los hechos, y ese capítulo lo dice: la paleta corta empezó siendo una restricción de taller. Leerla como código vino después, lo que no la invalida pero explica por qué no se traslada a un mazo con muchas más tintas.

Lo que hay que llevarse

  • El color es lo único que cambia entre ediciones: una lectura atada a un tono exacto se cae al cambiar de mazo.
  • El cielo amarillo sale en diecisiete cartas y la túnica roja en nueve que no comparten nada. Ahí se rompe cualquier tabla fija.
  • El fondo negro de tres cartas sí es una decisión, y del caballo blanco lo que se lee no es el blanco: es si va al paso o sin riendas.
  • Para lo que crece en esos jardines, Las flores; el resto, en Signos gráficos.