Escuelas de lectura · E.1.1
Escuela de Marsella
En un Marsella el cinco de copas son cinco copas y nada más. No falta nada: es un mazo que obliga a leer por número y por palo en vez de por dibujo, y de ahí sale toda su manera de trabajar.
Una familia de mazos, no un mazo
Lo primero que hay que deshacer es la idea de que existe el tarot de Marsella, un objeto concreto con su autor y su edición. No lo hay. Marsella es un patrón: un repertorio de imágenes, un orden y unos nombres que los fabricantes de naipes franceses se fueron copiando unos a otros durante siglos. De los patrones que todavía se imprimen y se leen, este es el más antiguo.
Estos son los mazos que sirven de referencia cuando se habla de un Marsella histórico, con su fabricante, su ciudad y su fecha:
| Fabricante | Ciudad | Fecha |
|---|---|---|
| Jean Noblet | París | hacia 1650 |
| Jean Dodal | Lyon | hacia 1701 |
| Pierre Madenié | Dijon | 1709 |
| Nicolas Conver | Marsella | 1760 |
Varios de esos originales se conservan en la Biblioteca Nacional de Francia. El de Conver es el más reproducido y el punto de partida de casi todos los Marsella que se venden hoy, incluidas las reconstrucciones modernas como la de Camoin y Jodorowsky.
El nombre de la familia es tardío: durante buena parte de su historia estas cartas no se llamaron así. La etiqueta se fijó en el siglo XX, en buena medida por Paul Marteau, de la casa Grimaud, que publicó su Ancien Tarot de Marseille en 1930 y explicó su lectura en un libro de 1949.
Los menores no tienen escena
Aquí está la diferencia que se nota el primer día. En un Marsella, las cuarenta cartas numeradas no dibujan ninguna situación: el cinco de copas son cinco copas colocadas en una retícula, el ocho de espadas son ocho espadas entrelazadas, y así hasta el diez de cada palo, con adornos florales alrededor y poco más. Es lo que ves en una baraja de juego, porque de ahí viene.
Las dieciséis cartas de la corte sí llevan personaje, un rey sentado o un paje de pie, pero tampoco escena: ahí no pasa nada.
A quien llega desde un mazo ilustrado esto le parece un mazo incompleto. Conviene decirlo claro: no falta nada. El Marsella no es un mazo al que le arrancaron los dibujos, es el orden original de las cosas. Los menores ilustrados son la novedad, no al revés.
Lo que cambia no es cuánta información hay, es de dónde sale. Si la carta no te cuenta una historia, el significado lo construyes con las dos únicas cosas que la carta afirma: el número y el palo. El cinco dice crisis, algo que se ha roto en un conjunto que estaba cerrado en el cuatro. Las copas dicen vínculo y afecto. Cinco de copas es entonces una crisis en un vínculo, y a eso se llega por aritmética del mazo, no mirando a nadie llorar.
Por eso quien lee Marsella necesita tener sólidas dos cosas que en otros mazos se pueden ir aprendiendo por el camino: lo que significa cada palo y lo que significa cada número del as al diez. No son material avanzado aquí: son la carta entera.
El color como código, y de dónde viene el color
Las láminas se imprimían con plancha de madera grabada: la madera daba el contorno negro y el color se aplicaba después con plantillas recortadas, una por tinta. De ahí sale el aspecto que todo el mundo reconoce, planos de color sin degradado, sin sombra y sin volumen, con la línea negra haciendo todo el trabajo de dibujo.
Ese procedimiento impone una paleta corta, cuatro o cinco tintas y las mismas en las 78 cartas. La escuela marsellesa lee eso como un código: el mismo azul en el manto de dos figuras las emparenta, un rojo dice actividad, y hay quien monta lecturas enteras sobre qué color toca qué en la lámina. Marteau es quien más lejos llevó esa codificación.
Y aquí toca ser honesto con el orden de los hechos. La paleta corta empezó siendo una restricción técnica: no había cuatro colores porque cuatro significaran algo, sino porque cada tinta más era una plantilla más y un pase más de taller. Leer el color como sistema es una capa que vino bastante después. No la invalida, pero obliga a no contarla como si fuera la intención original de nadie.
Nadie firma estas imágenes
Los nombres de la tabla de arriba son impresores, no autores. Noblet, Dodal, Madenié y Conver firmaron sus barajas como firmaba su producto cualquier taller, y lo que hicieron fue transmitir un modelo que ya existía, copiándolo de la generación anterior con las variaciones que trae siempre copiar a mano.
Eso tiene una consecuencia al leer: aquí no hay nadie a quien preguntar «¿qué quiso decir con esto?». No hay un artista con una tesis ni un libro del autor explicando sus láminas. Hay un modelo decantado por repetición, con sus erratas heredadas y sus detalles que nadie sabe ya por qué están. Al lector eso le deja solo con la estructura, que es lo que la escuela aprovecha.
Dos cartas que enseñan cómo funciona el modelo
Dos rarezas del patrón resumen su carácter mejor que cualquier explicación.
La carta XIII no tiene nombre. En la cartela de abajo, donde las otras veintiuna llevan el suyo escrito, esta lleva un espacio en blanco, y se la llama por el número o el arcano sin nombre. Circulan varias explicaciones y ninguna demostrada.
Y Le Mat, el loco, no tiene número. Las demás llevan su cifra romana; esta no lleva ninguna, así que no ocupa un lugar fijo en la serie y se coloca al principio, al final o en medio según a quién preguntes.
Una carta sin nombre y otra sin número, en un mazo donde el nombre y el número son casi todo lo que tienes. En los dos huecos le toca poner algo al lector.
Por qué esta escuela lee por estructura
Sin escena no hay narración que seguir, así que la lectura se apoya en relaciones: qué número está al lado de qué otro, cuántas cartas de un mismo palo han salido, si los números suben o bajan, si dos figuras se miran o se dan la espalda. Se lee la tirada como una estructura antes que como una historia, y muchas veces de dos en dos en lugar de carta por carta.
La otra consecuencia es que el peso de los 22 mayores sube. En un mazo donde los menores son cifras y palos, las cartas con figura destacan solas sobre la mesa y la lectura tiende a colgar de ellas. Eso no lo decidió ninguna escuela: lo decide el aspecto de las cartas.
Cuál elegir, dicho sin vender nada
La pregunta honesta es cuál coger si estás empezando, y la respuesta corta ya está en el curso, en la lección sobre los arcanos menores: para empezar es más fácil un mazo con los 56 ilustrados, y por eso este sitio va con Rider-Waite-Smith. Ahí está el argumento entero y no hace falta repetirlo.
Lo que toca añadir aquí es la otra mitad, que es real. Una escena dibujada es una interpretación ya hecha. Alguien decidió que esta carta muestra a una persona marchándose de noche, y desde ese momento la carta empuja hacia ahí en todas las tiradas, encaje o no encaje con la pregunta. El Marsella no empuja, porque no ha decidido nada por ti: cinco copas son cinco copas, y lo que signifiquen en esta tirada lo ponen la posición, la pregunta y las vecinas.
Eso es más difícil al principio, cuando no tienes con qué rellenar el hueco, y más limpio después, cuando lo que estorba es que la lámina insista en su versión. De ahí que haya lectores con años de oficio que se pasan al Marsella y no vuelven, y que casi ninguno empiece por él.
No hay mazo mejor. Hay dos maneras de repartir el trabajo entre la carta y quien lee, y conviene saber cuál has elegido.
Lo que hay que llevarse
- Marsella es un patrón copiado de taller en taller, no un mazo con autor. Los nombres que se conservan son de impresores.
- Los menores no tienen escena: el significado se construye con el número y el palo.
- La paleta plana viene de un procedimiento de impresión; leerla como código es una capa añadida después.
- Sin dibujo que seguir, la lectura se apoya en la estructura: vecindades, repeticiones de palo y series de números.
- Es más difícil para empezar y más neutral después, porque no te entrega una escena ya interpretada.