Símbolos del tarot · S.4.2

La venda

Dos cartas del mazo llevan los ojos vendados y no dicen lo mismo: en una la venda se la ha puesto ella, en la otra es inconsciente. Y hay una tercera carta donde la venda importa justamente por faltar.

Dos vendas distintas con el mismo nombre

Buscar la palabra venda en las setenta y ocho láminas devuelve cinco cartas, y son tres cosas distintas.

En dos hay una venda sobre los ojos: alguien no ve, y la carta va de eso. En otras dos hay una venda sobre una herida: alguien está curándose, y la venda es la prueba. Y en la quinta la venda aparece nombrada para decir que no está, que es el caso más interesante y el que cierra este capítulo.

La coincidencia es del castellano, no del dibujo. Conviene separarlas antes de nada: llamar igual a un antifaz y a un vendaje es lo que hace que una herida acabe leída como una negación.

La venda en los ojos: dos cartas de Espadas

Las dos están en el mismo palo, y no por casualidad: la lección de Espadas explica por qué ahí se acumulan las cartas de lo que la cabeza se hace a sí misma. Pero las dos vendas no dicen lo mismo.

En el Dos de Espadas, una mujer sentada en un banco de piedra junto al mar lleva túnica blanca y una venda blanca que le cubre la mirada por completo. Sostiene una espada en cada mano y las ha cruzado sobre el pecho formando una X. Los puños están firmes, pero los brazos no están tensos: es un equilibrio sostenido, no forzado. Detrás, el mar con rocas y una luna creciente delgada. La ficha lo resume sin rodeos: sostiene el equilibrio sin mirar, y el equilibrio depende de no hacerlo.

En el Ocho de Espadas, una mujer está atada con cuerdas y vendada, con los brazos sujetos al cuerpo, entre ocho espadas clavadas en el suelo. El detalle que decide la carta es que el cerco tiene aberturas: las espadas no la rodean del todo, hay sitio para salir. El suelo es pantanoso, el cielo gris, y en una colina lejana se ve un castillo. Aquí la ficha dice otra cosa: la venda le impide ver que podría moverse si se aventurara, y no eliges no ver, simplemente no ves.

Puestas una al lado de otra aparece lo que ninguna de las dos fichas puede decir sola.

Dos de Espadas Ocho de Espadas
Quién sostiene qué ella sostiene las dos espadas ella está atada, no sostiene nada
Qué hace la venda mantiene el equilibrio impide ver la salida que hay
Cómo está el cuerpo brazos firmes y sin tensión brazos sujetos, cuerpo inmóvil
Qué pasa si la venda cae la postura se viene abajo se ve que el cerco está abierto

Una venda es no querer ver; la otra es no poder ver. En el Dos hay un acuerdo: no mirar sale a cuenta, y por eso la postura se aguanta sin esfuerzo. En el Ocho no hay acuerdo ninguno: hay miedo y cuerdas, y lo que la venda tapa no es un conflicto, es una puerta.

Las dos fichas coinciden en cómo se sale: invertidas, la venda cae. Lo que aparece detrás no es lo mismo. En el Dos, una decisión que ya no se puede aplazar. En el Ocho, que se podía mover desde el principio.

Esa segunda lámina es además el ejemplo con el que el capítulo que compara los dos mazos explica dónde está su diferencia de verdad: en un Marsella el Ocho de Espadas son ocho espadas entrelazadas y no hay parálisis ninguna. La parálisis la pone la mujer atada y con los ojos vendados que alguien dibujó en 1909.

La venda que cura

Las otras dos vendas del mazo no están en los ojos ni tienen que ver con no ver.

En el Nueve de Bastos, un hombre apoyado en un basto lleva una venda blanca en la cabeza, y la ficha la lee como herida reciente que ya está siendo curada. Mira de lado con los ojos entrecerrados, y detrás tiene ocho bastos clavados en fila como empalizada. La venda es parte de la carta y no algo que esconder: es lo que demuestra que ha habido pelea y que ha sobrevivido.

En el Cinco de Oros, el hombre que camina por la nieve detrás de la mujer descalza lleva muletas y la pierna vendada. Esa venda añade enfermedad o lesión a una escena que si no sería solo de precariedad económica. La pobreza del Cinco de Oros tiene cuerpo, y la venda es donde se ve.

En esa misma lámina hay además un no mirar que no lleva venda ninguna: los dos pasan bajo una ventana iluminada de iglesia sin levantar la vista, con la ayuda justo encima. Es la mejor prueba de que la venda no es el único modo de no ver, y de que no se leen igual: en las dos de Espadas hay una tela puesta, y aquí hay una cabeza baja.

La venda que no está

Y llegamos a la carta donde la venda importa por faltar.

La alegoría clásica de la Justicia lleva tres cosas: la espada, la balanza y la venda. En La Justicia del Rider-Waite están la espada y la balanza, y la venda no. Su ficha lo señala en la iconografía y lo repite al contar las variantes: Waite quitó la venda tradicional, y fue un gesto deliberado contra la justicia ciega como ideal. La suya mira. No es ciega al contexto: es honesta con él.

Conviene medir el tamaño de esa decisión. Es la misma carta a la que Waite le cambió el número, del VIII al XI, y ese cambio se cuenta siempre y este casi nunca. El del número es contabilidad astrológica; el de la venda cambia lo que la carta dice de la justicia. Con los ojos tapados se juzga sin saber quién hay delante, que es justamente el argumento a favor de la venda: imparcialidad. Mirando se sabe quién hay delante y se responde por lo que se decide. Son dos ideas de lo justo, y este mazo eligió una. Lo demás que Waite movió está en el capítulo del Rider-Waite-Smith.

Y hay una vuelta más, que sale de mirar las tres cartas juntas. El mazo no se quedó sin venda: la venda cambió de sitio. Salió del arcano del juicio y apareció en dos menores donde no se juzga nada, se evita. La propia ficha del Dos de Espadas apunta esa lectura: la figura con venda recuerda a la Justicia medieval, pero aplicada a otro asunto, que ya no es juzgar sino no querer mirar. Ese traslado no está documentado como intención de nadie y no hace falta que lo esté: se ve en las láminas.

Y con la carta invertida el círculo se cierra solo. La ficha de La Justicia describe la carta al revés como quien se pone la venda que Waite le había quitado, para no tener que mirar. O sea que la venda sigue en la carta, en negativo, y aparece en cuanto la justicia deja de serlo.

Qué no significa

No significa que no haya salida. Es el error más caro del Ocho de Espadas, y la lámina lo desmiente sola: el cerco tiene huecos y el castillo se ve a lo lejos. La venda impide ver la salida, no la cierra.

No significa engaño de otro. En ninguna de las dos cartas hay alguien poniendo la venda: en el Dos se sostiene junto con las espadas, y en el Ocho la ficha la llama inconsciente. Leer ahí una traición es meter en la carta un personaje que no está dibujado.

Y en La Justicia no hay venda que leer. Es el aviso central de este capítulo: ahí hay una carta que en este mazo mira a propósito. Cómo mirar un detalle así antes de nombrarlo está en la lección de simbolismo visual.

Lo que hay que llevarse

  • Cinco fichas nombran una venda y son tres cosas: dos antifaces, dos vendajes y una ausencia.
  • En el Dos de Espadas la venda sostiene un equilibrio que conviene; en el Ocho tapa una puerta abierta.
  • En el Nueve de Bastos y en el Cinco de Oros cubre una herida: allí demuestra que se está curando, aquí que la carencia tiene cuerpo.
  • La Justicia del Rider-Waite no lleva venda, y no es un descuido: es una decisión sobre qué es juzgar bien.
  • Se puede no mirar sin venda, y no se lee igual.