Símbolos del tarot · S.4.3

La llave

Hay dos llaves en las 78 láminas y las dos están en la misma carta, a los pies del Hierofante. No se ve ninguna puerta cerrada, ni un cofre, ni una cerradura en todo el mazo. Eso no es un vacío: es lo que hace interesante al símbolo.

Dos llaves, una sola carta

Conviene decirlo lo primero, porque decide cómo se lee todo lo demás: en las 78 láminas del Rider-Waite-Smith hay dos llaves, y las dos están en la misma carta. Son las llaves cruzadas de El Hierofante, a sus pies. En el resto del mazo no hay ninguna otra.

Un símbolo que sale una vez no da para el recorrido habitual de esta sección, que es comparar lo que hace el mismo objeto en cartas distintas. Da para otra cosa, que en este caso es mejor: mirar muy de cerca la única vez que aparece, y preguntarse qué está haciendo ahí un objeto que solo sirve para algo que no se ve en la carta.

De dónde vienen las llaves cruzadas

Las dos llaves en aspa son el emblema del papado. Vienen de la promesa de las llaves del reino en el evangelio de Mateo, y desde la Edad Media se pintan en escudos, tiaras y fachadas para decir «aquí manda quien puede abrir y cerrar».

Eso no es un adorno heredado sin pensar. En el Marsella la carta se llama Le Pape, y Waite, que quiso universalizar la figura, le quitó marcas específicamente católicas para que sirviera a cualquier tradición: el maestro sufí, el rebbe, el lama. Las diferencias entre un mazo y otro están en Marsella y Rider-Waite comparados.

Lo que interesa aquí es que, en esa poda, las llaves se quedaron. Sobrevivieron a la limpieza porque no son decoración eclesiástica: son la función de la carta dibujada en un objeto. Alguien tiene la capacidad de dar acceso, y esa capacidad se puede transmitir. Sin las llaves, el Hierofante es solo un señor sentado bendiciendo.

Dónde están exactamente

Este detalle es el capítulo entero: las llaves no las sostiene. Están en el suelo.

Las dos manos del Hierofante están ocupadas en otra cosa. La derecha, levantada en gesto de bendición, con dos dedos arriba y dos abajo: lo visible y lo velado, lo exotérico y lo esotérico. La izquierda sostiene el báculo de triple cruz. Las llaves quedan abajo, cruzadas, en el espacio de suelo que hay entre el trono y los dos discípulos arrodillados.

O sea que no están guardadas en un bolsillo ni colgadas del cinturón, que es donde estarían si la carta hablase de custodia. Están puestas en medio, a la vista de los dos que han venido a aprender, en el sitio exacto por el que pasan las cosas cuando cambian de dueño. En esa lámina cabe una escuela de lectura entera: alguien entrega algo que a su vez recibió, tal como se cuenta en intuitiva o estructurada.

Y hay una simetría que la carta repite cuatro veces: dos columnas, dos discípulos, dos llaves, y dos dedos arriba y dos abajo. Ese último par está glosado en la propia carta como lo visible y lo velado. Dos llaves, entonces, para dos puertas: la enseñanza que se dice en voz alta y la que no.

Una llave nombra algo que no está en la carta

Aquí está lo raro del objeto, y merece la pena pararse porque es lo que enseña a mirar cualquier lámina.

Casi todos los símbolos del mazo se explican solos dentro del cuadro. La espada de La Justicia enseña lo que hace: corta, y el corte es visible. La copa contiene, y se ve lo que contiene o se ve que está vacía. El bastón florece y las hojas están ahí.

Una llave no. Una llave es una pieza que solo tiene sentido con otra pieza que no está. Al dibujarla, la carta nombra una puerta, un arca o una verja que el espectador no llega a ver nunca. Hay más cosas en el mazo que señalan fuera del cuadro, un camino o un castillo lejano, pero ninguna otra deja de servir para nada sin lo que falta. Por eso funciona tan bien en una carta sobre la transmisión: lo que se transmite tampoco se ve, y de eso trata el arcano.

Quien esté aprendiendo a leer láminas antes que significados hará bien en preguntarse esto delante de cualquier carta, y es el método que enseña la lección de simbolismo visual: qué objeto está aquí reclamando algo que no está aquí.

En el mazo no hay ni una cerradura

La consecuencia es más rara todavía, y solo se ve mirando las 78 juntas. En el Rider-Waite-Smith hay gente atrapada, gente encadenada y gente que se ha quedado fuera. Ninguna de esas situaciones tiene cerradura.

Estas son las tres cartas del mazo donde alguien está encerrado, con lo que la lámina enseña en cada caso:

Carta Qué la encierra Qué muestra la propia lámina
Ocho de Espadas cuerdas, una venda y ocho espadas clavadas alrededor el cerco tiene aberturas: las espadas no lo cierran
El Diablo dos figuras encadenadas a un pedestal negro las cadenas del cuello están flojas y se quitarían moviendo la cabeza
Cinco de Oros la intemperie, fuera de una iglesia iluminada la luz está justo encima y no levantan la vista

Ninguna de las tres se abre con una llave. En dos de ellas la salida ya está dibujada y lo que falta es mirar; en la tercera lo que hay es un cerco incompleto. Así que el único juego de llaves del mazo no abre nada de lo que en el mazo está cerrado: está en manos del que enseña, no en las del que encierra.

Y lo que sí se guarda en estas 78 cartas no se guarda con puertas, se guarda con telas. La Sacerdotisa tiene detrás un velo, y detrás del velo un mar que se insinúa y no se describe. La Justicia tiene entre sus columnas un velo púrpura: tras el juicio, todavía hay algo oculto. Un velo no se abre con llave. Se levanta, o se aparta, o se espera a que alguien lo aparte, que es una relación completamente distinta con lo que no sabes.

Qué no significa

Que alguien te esté cerrando el paso. Es la lectura fácil cuando sale el Hierofante y el querente viene enfadado con una institución: «tiene la llave y no te la da». En la lámina no hay nada cerrado y las llaves están en el suelo, del lado de los discípulos. Si el arcano trae un problema, y lo trae, es el de repetir lo recibido sin entenderlo, no el de un portero cobrando peaje.

Que sean dos llaves para dos cosas concretas y nombrables. Circula el reparto de que una abre y la otra cierra, que es la lectura corriente del emblema, capacidad de abrir y de cerrar, y también el de lo exotérico y lo esotérico por analogía con el gesto de la mano. Las dos lecturas se sostienen y ninguna es la lectura: el emblema papal lleva siglos con sus dos llaves y ni siquiera ahí hay una única explicación cerrada. Decir más de eso es inventar.

Una llave que resuelve. El objeto no promete solución. Promete acceso, que no es lo mismo: quien recibe una llave todavía tiene que ir hasta la puerta, y en esta carta ni la puerta se ve.

Lo que hay que llevarse

  • En las 78 láminas hay dos llaves y las dos son las mismas: las cruzadas a los pies del Hierofante. No hay más llaves en el mazo.
  • No las sostiene nadie. Están en el suelo, entre el que transmite y los dos que han venido a recibir.
  • Una llave nombra algo que está fuera del cuadro y sin lo cual no sirve de nada. Por eso encaja en la carta de la transmisión, donde lo transmitido tampoco se ve.
  • En el Rider-Waite-Smith no hay ni una cerradura. Lo que ata en el Ocho de Espadas y en El Diablo se suelta sin llave, y en el Cinco de Oros basta con mirar hacia arriba.
  • Lo que el mazo esconde de verdad está detrás de velos, no detrás de puertas. Y un velo no se abre: se levanta.

Las cartas de este capítulo