Símbolos del tarot · S.6.1

Dirección de la mirada

Hacia dónde mira una figura es la primera pregunta que se hace ante una lámina, y casi siempre se contesta de memoria. Aquí está la respuesta comprobada carta por carta, con las excepciones que rompen la regla y el aviso de que la mayoría del mazo no mira a ningún sitio en concreto.

La lección Simbolismo visual enseña a preguntarse hacia dónde mira una figura antes de decir lo que significa la carta. Este capítulo no repite la pregunta: la contesta. Quién mira a dónde en el Rider-Waite-Smith, cuáles son las excepciones y qué se puede leer entre dos cartas que caen juntas.

Antes, el freno. La mayoría de las setenta y ocho no tiene una mirada legible. Hay cartas sin nadie, como el Tres de Espadas; hay figuras cuya cara no vemos; y de muchas la lámina no declara hacia dónde miran. Cuando no está, no se inventa.

La corte, donde la mirada reparte el papel

Las dieciséis cartas de corte son gente sentada o de pie sin nada que hacer, así que la mirada es casi todo lo que las distingue. En los ocho reyes y reinas está declarada.

Carta Hacia dónde mira
Reina de Bastos Al espectador, de frente
Rey de Espadas Al frente, al espectador o ligeramente a un lado
Reina de Copas A su copa, absorta
Reina de Oros Al pentáculo que tiene en el regazo
Rey de Oros Al pentáculo del regazo
Reina de Espadas A un lado
Rey de Bastos Ligeramente a un lado, alerta
Rey de Copas A la izquierda, a algo que no vemos

Tres de los ocho miran lo que sostienen, y los tres son de Copas y Oros: los palos donde lo importante está en la mano. Otros tres miran a un lado, la postura por defecto de un trono pintado de perfil. Y dos miran de frente.

Que la Reina de Bastos mire al espectador es la única vez que pasa entre las reinas: las otras tres miran de perfil o de lado. Su trono está además colocado de frente, y a sus pies el gato negro mira también al espectador con los mismos ojos amarillos.

Los cuatro pajes tienen un patrón más limpio: miran lo que acaban de recibir. El Paje de Oros sostiene el pentáculo a la altura de la cara y no mira ni al espectador ni al paisaje; el Paje de Bastos contempla las hojas que brotan de su basto; el Paje de Copas, al pez que le asoma de la copa. El cuarto rompe la serie.

Los dos que miran por encima del hombro

Solo dos cartas del mazo enseñan a alguien girado hacia atrás, y las dos son de Espadas.

El Paje de Espadas está en lo alto de una colina ventosa, espada levantada, y mira atrás con expresión vigilante. No hay enemigo en la escena: es vigilancia preventiva desde donde se ve venir.

El Siete de Espadas hace el mismo gesto por el motivo contrario. Camina hacia la izquierda, sigiloso, con cinco espadas apretadas contra el cuerpo, y mira atrás con expresión astuta, casi satisfecha. No comprueba lo que viene: comprueba que no le siguen.

Lo que separa esas dos cartas no es el cuello, es la cara. Por eso las figuras de espaldas son un caso aparte: sin cara, esta distinción no se puede hacer.

Los cuatro que van con la cabeza baja

Aquí la mirada no es un matiz, es el asunto de la carta: lo que resolvería la escena está dibujado dentro del encuadre y la cabeza baja lo anula.

Carta Qué no ve Dónde está
Cinco de Copas Dos copas en pie A su espalda
Cuatro de Copas Una cuarta copa ofrecida desde una nube A su lado
Cinco de Oros Una ventana iluminada con cinco pentáculos Justo encima
Diez de Bastos El camino que lleva delante Tapado por su propia carga

Las tres primeras se parecen y la cuarta no. En el Cinco de Copas, el Cuatro de Copas y el Cinco de Oros bastaría con levantar la vista. En el Diez de Bastos el obstáculo es lo que la figura lleva en brazos, así que ahí no hay nada que corregir mirando, y confundirlo es la forma rápida de leer esa carta como un problema de actitud.

Mirar lejos, mirar cerca, mirar a un lado

La distancia a la que se mira ordena tres cartas parecidas. El Dos de Bastos mira desde una almena tierras y mares hasta el horizonte, con un globo en la mano que su ficha llama pequeño comparado con la extensión que ve. El Tres de Bastos mira barcos ya en el mar. El Siete de Oros se ha detenido a mirar el arbusto que tiene delante, y por eso su duda es sobre ese arbusto y no sobre el mundo.

Y un par enseña que «mirar a un lado» no es una lectura por sí sola. La mujer del Nueve de Oros mira a un lado, serena, no desafiante pero segura. El hombre del Nueve de Bastos mira a un lado con los ojos entrecerrados, como esperando que venga algo más. Mismo ángulo, temperatura opuesta: lo que la fija es la expresión.

Las miradas que se encuentran

En casi todo el mazo cada figura mira por su cuenta. Hay dos excepciones y las dos son de Copas. En el Dos de Copas un hombre y una mujer se miran a los ojos mientras intercambian sus copas, en lo que su ficha llama un gesto de reconocimiento mutuo. En el Paje de Copas la mirada se cruza entre un chico y un pez, y ninguno de los dos se asusta.

Por contraste, el Diez de Oros tiene tres generaciones dentro y de todas ellas la lámina solo declara una mirada, la del niño, que está mirando a los perros.

Cuando la mirada está tapada

Tres cartas dicen expresamente que no se ve, de tres maneras.

El Dos de Espadas lleva una venda blanca sobre los ojos y sostiene el equilibrio sin mirar. El Ocho de Espadas lleva otra, y ahí lo que impide ver es que el cerco de espadas tiene aberturas por las que se podría salir. En el Nueve de Espadas no hay venda: las manos cubren el rostro, y quien se tapa es ella misma.

Y está la negación, que es lo mejor del apartado. La Justicia del Rider-Waite no lleva venda, al revés que la Iustitia clásica: Waite se la quitó porque para él la justicia verdadera mira con atención en vez de juzgar desde la abstracción, decisión muy de su escuela. Ponerla entre las figuras con los ojos tapados es decir lo contrario de lo que la carta afirma.

Una trampa: el Nueve de Bastos lleva venda blanca, pero en la cabeza, y es una herida curada. No le tapa los ojos, y de hecho mira.

Entre dos cartas contiguas

Que dos figuras se miren o se den la espalda dentro de una tirada es una señal razonable, y la lección la nombra en una línea. El catálogo añade el freno para usarla: casi ninguna carta declara hacia qué lado va. Sirven el Caballero de Copas, que cabalga hacia la derecha, y el Siete de Espadas, que camina hacia la izquierda. La mayoría no lo dice.

La ficha del Caballero recoge además la convención iconográfica que asocia la derecha con el futuro: es una convención, no una regla del mazo, y aplicarla donde la lámina no declara lado es inventarse el dato. Y solo funciona en tiradas ordenadas de izquierda a derecha, como Tres cartas o La herradura.

Qué no significa

Mirar a un lado no es evitar: el Rey de Bastos lo hace con mirada alerta y la Reina de Espadas con la dignidad de quien ha visto mucho. Mirar al espectador tampoco es sinceridad: lo que la ficha de la Reina de Bastos lee en su mirada frontal es «te veo, te tengo», que es presencia. Y una figura absorta en lo que sostiene no está distraída.

Lo que hay que llevarse

  • La mirada distingue a las dieciséis cartas de corte, que por lo demás son gente sentada, y los pajes miran lo que acaban de recibir.
  • Cabeza baja en cuatro cartas, y en tres de ellas lo que no se ve está dibujado al lado, detrás o encima.
  • Mirar a un lado no dice nada por sí solo: el Nueve de Oros y el Nueve de Bastos comparten el ángulo y no la temperatura.
  • La Justicia no lleva venda, y es la carta que más se cita mal aquí.
  • Entre dos cartas contiguas la señal vale poco: casi ninguna lámina declara hacia qué lado va.