Símbolos del tarot · S.6.2
Figuras de espaldas
Darle la espalda al espectador quita la cara, que es donde miramos primero, y obliga a leer la postura. Son cinco cartas, ninguna es un arcano mayor, y todas tienen la misma consecuencia práctica: ahí no hay expresión que interpretar, solo dirección.
Quitar la cara
Ante cualquier imagen con gente dentro, lo primero que se busca es la cara. Es automático, pasa antes de decidir nada, y de ahí sale casi todo lo que creemos entender de una escena: si están bien, si están mal, si aquello va en serio.
Poner a una figura de espaldas es quitar eso. No es un detalle de composición: es la decisión más fuerte que puede tomar quien dibuja una lámina, porque no se compensa con nada. Sin cara no hay expresión, sin expresión no hay temperatura, y lo que queda es la postura, la ropa, lo que la figura lleva encima y hacia dónde va.
En las setenta y ocho pasa cinco veces.
Las cinco cartas
Conviene separarlas por quién es el que está de espaldas, porque el recurso no hace lo mismo cuando el que se gira es el protagonista y cuando es alguien del fondo.
| Carta | Quién está de espaldas | Qué está haciendo |
|---|---|---|
| Ocho de Copas | El protagonista | Se aleja hacia montañas oscuras, en dirección opuesta al espectador |
| Tres de Bastos | El protagonista | Quieto en lo alto de un acantilado, mirando tres barcos en el mar |
| Seis de Espadas | Los dos pasajeros | Cruzan un río sentados en una barca |
| Cinco de Espadas | Dos figuras del fondo | Se alejan vencidas hacia la orilla |
| Seis de Copas | Una figura adulta del fondo | Se marcha con una lanza y deja solos a los niños |
En las tres primeras la carta va de quien nos da la espalda. En las dos últimas, la espalda hace lo contrario: saca de la escena a quien la lleva.
El Cinco de Espadas es el ejemplo limpio. El vencedor está en primer plano, grande, y sonríe con expresión despectiva mientras recoge espadas del suelo. Los que han perdido son pequeños y están al fondo, de espaldas, alejándose. La composición es visualmente desigual a propósito, y esa desigualdad es la lectura entera de la carta: quien tiene cara ha ganado.
En el Seis de Copas el adulto que se va con la lanza es un detalle que muchos comentaristas pasan por alto, y hace falta para entender la escena: se marcha para que la infancia ocurra sin vigilancia. Si se quedara mirando, esa carta no sería la misma.
La pareja que se parece y no dice lo mismo
El Ocho de Copas y el Tres de Bastos tienen la misma composición: una figura de espaldas, en primer plano, mirando algo lejano. Y son cartas distintas por una sola cosa, que no es la espalda.
El del Tres de Bastos no se mueve. Está de pie en lo alto de un acantilado, con un basto clavado en el suelo bien agarrado y otros dos clavados alrededor, mirando barcos que navegan por un mar dorado. Su ficha explica el giro sin rodeos: nos da la espalda porque su foco está en el horizonte, no en nosotros.
El del Ocho de Copas camina. Cruza un paisaje rocoso hacia montañas oscuras, con capucha y bastón, y entre él y nosotros hay un río, así que irse de ahí no es dar un paso sino cruzar agua.
De ahí sale el error más fácil de esta rama: dar por hecho que una figura de espaldas se está marchando. La espalda no dice si alguien se va. Eso lo dicen las piernas, el paisaje y lo que hay entre medias.
Cuando no hay cara, lo que queda es la dirección
Esta es la consecuencia práctica, y vale para las cinco. En esas cartas no se puede leer la expresión, así que cualquier respuesta a «cómo está esa persona» la está poniendo quien lee, no la lámina.
Lo que sí está dibujado es hacia dónde va, qué lleva y qué deja atrás. En el Seis de Espadas las seis espadas viajan clavadas en la barca misma: van con ellos, pero ya no se empuñan. El agua del lado del que vienen está más agitada y la del lado al que van, más calmada. Eso es leíble; el humor de los pasajeros, no.
Y la propia ficha del Seis de Espadas hace bien lo que hay que hacer: de la mujer envuelta en una capa oscura que le cubre el rostro dice que puede ser duelo, protección o sencillamente cansancio de viaje, y no elige. Cuando una lámina no da el dato, lo honesto es dejar las tres puertas abiertas y preguntar, no cerrarlas por el lector.
Otras cuatro maneras de quitar la cara
De espaldas no es la única forma, y conviene no confundirlas porque no funcionan igual. En estas cuatro la figura está de frente o de lado y aun así no hay rostro que leer.
La capucha aparece en el Ocho de Copas, donde la ficha dice que oculta la expresión, y también en el Cinco de Copas. Aquí hay que afinar: la figura del Cinco de Copas no está de espaldas. Está encapuchada, encorvada y con los ojos fijos en el suelo, y lo que sí queda a su espalda son las dos copas que siguen en pie. En esa carta la espalda es un sitio de la composición, no un punto de vista.
Las manos tapan la cara en el Nueve de Espadas, sentada en la cama en plena noche, y en una de las dos figuras vencidas del Cinco de Espadas.
La sombra lo hace en el Siete de Copas: quien contempla las siete copas flotando es una silueta oscura, sin rasgos definidos. No sabemos quién es, y esa es exactamente la carta.
Y queda el caso extremo, el Diez de Espadas: la figura yace boca abajo con las diez espadas clavadas en la espalda. Ahí la espalda no es el punto de vista ni un lugar de la escena, es la superficie sobre la que ha pasado todo.
Ninguna de las cinco es un arcano mayor
Es una regularidad que se comprueba mirando: en los veintidós mayores no hay una sola figura de espaldas. Las cinco son menores, y hay una explicación de fecha.
Los mayores vienen de una tradición anterior y son emblemas frontales: alguien sentado en un trono, alguien de pie sosteniendo lo suyo, pensados para reconocerse de un vistazo. Las escenas de los cincuenta y seis menores, en cambio, las compuso Pamela Colman Smith en 1909, y ahí es donde entran los recursos de ilustradora: figuras de fondo, encuadres, gente vista por detrás. En un mazo de Marsella los menores no llevan escena, así que este recurso ni siquiera tiene dónde existir.
Qué no significa
No es rechazo hacia quien mira la carta. El Tres de Bastos lo desmiente él solo: su ficha dice que el hombre nos da la espalda porque está mirando el horizonte, y esa es toda la explicación.
No es secreto. Ninguna de las cinco láminas describe nada escondido, y leer la espalda como ocultación es añadir un dato que no está.
Y no es tristeza. En el Cinco de Espadas los de espaldas han perdido, pero en el Tres de Bastos el de espaldas es el que está arriba mirando llegar sus barcos. La misma postura sostiene las dos cosas, que es justo lo que la hace útil.
Lo que hay que llevarse
- Son cinco cartas, y ninguna es un arcano mayor: el recurso llega con las escenas de los menores de 1909.
- En tres el de espaldas es el protagonista; en dos es un figurante, y ahí la espalda lo saca de la escena.
- La espalda no dice que alguien se vaya: el Ocho de Copas camina y el Tres de Bastos está quieto en el mismo encuadre.
- Sin cara no hay expresión que leer. Lo que queda es la dirección, la carga y lo que se deja atrás.
- Hay otras cuatro maneras de quitar el rostro (capucha, capa, manos y sombra) y no son lo mismo que estar de espaldas.
Las cartas de este capítulo