Mazos · M.1.6

Visconti-Sforza

Es lo más parecido que hay a tener el principio del tarot en las manos, y viene con letra pequeña: faltan cuatro cartas, seis son de otra mano del siglo XV y las que faltan las pinta alguien del XX. Conviene saber qué estás tocando.

Lo más antiguo que se puede tener en la mesa

De cuándo es, quién lo pintó y qué lugar ocupa en el nacimiento del juego está contado en el capítulo de los tarocchi italianos, y no hace falta repetirlo. Aquí interesa otra cosa: cómo es este mazo cuando lo tienes delante, reproducido, en una mesa de hoy.

Y lo primero es afinar la frase que se repite en todas partes. El Visconti-Sforza no es el mazo pintado más antiguo que se conserva: el Cary-Yale es anterior. Lo que es, y por eso importa aquí, es el más antiguo que se sostiene como mazo. El Cary-Yale tiene otra estructura, con seis rangos en la corte y virtudes que ningún tarot posterior lleva, así que con él no se puede repartir. Con este sí: le faltan cuatro cartas de setenta y ocho y las demás encajan con la estructura del mazo que seguimos usando.

Un mazo repartido entre tres colecciones

De las 78 cartas quedan 74, y no están juntas en ningún sitio. Cada una de las tres colecciones que las guarda tiene su parte:

Dónde Cuántas
Morgan Library & Museum, Nueva York 35
Accademia Carrara, Bérgamo 26
Colección de la familia Colleoni, Bérgamo 13

Las de Nueva York las compró J. Pierpont Morgan en 1911, y de ahí viene el nombre con el que se cita el conjunto en la literatura: Pierpont Morgan-Bergamo. Buscándolo por ese nombre encuentras antes la bibliografía seria.

Las cuatro que faltan son dos triunfos y dos menores: El Diablo, La Torre, el tres de espadas y el caballero de oros. De los dos triunfos no se sabe si se perdieron o si nunca se pintaron; de las dos menores, casi con seguridad se perdieron, porque nadie deja fuera un caballero suelto de un palo.

Lo que compras es un mazo reconstruido, y hay que saberlo

Un mazo al que le faltan cuatro cartas no se puede usar, así que las reproducciones modernas las reconstruyen: alguien del siglo XX o del XXI pinta un Diablo y una Torre imitando el estilo de las otras setenta y cuatro. No hay original al que parecerse, porque justo esas no se conservan. Son invención informada, hecha con criterio y con oficio, pero invención.

Y hay una segunda capa, menos conocida y bastante más interesante. Seis de las 74 cartas históricas tampoco son del pintor original. Están hechas en un estilo visiblemente distinto y por una mano posterior, dentro todavía del siglo XV, para sustituir cartas perdidas o estropeadas. Las que se identifican como tales son La Fuerza, La Templanza, La Estrella, La Luna, El Sol y El Mundo. A quién se deben es cosa discutida: circuló mucho tiempo el nombre de Antonio Cicognara, hoy bastante desacreditado, y hay otras propuestas. Lo que no se discute es que son de otra mano y de después.

Sumando las dos capas, un Visconti-Sforza reproducido es esto:

Capa Cuántas cartas De cuándo
Pintor original 68 mediados del siglo XV
Segunda mano histórica 6 siglo XV, algo después
Reconstrucción moderna 4 siglo XX o XXI

No es un defecto de la edición ni nada que se oculte: las reproducciones honestas lo dicen. Pero conviene saberlo, porque cambia lo que estás mirando. Cuando saques El Diablo de este mazo, no estás mirando cómo veía el Diablo el siglo XV. Estás mirando cómo se lo imaginó alguien mucho más tarde, y esa es precisamente la carta sobre la que más se ha especulado. Merece la pena mirar qué hace con esas cuatro cada edición concreta antes de quedarte con una.

Ni números ni nombres

Los triunfos de este mazo no llevan número ni título impreso. Están las figuras y nada más: ni un romano en la esquina, ni una cartela abajo con el nombre.

No es una decisión de diseño ni un misterio: es que no hacía falta. Quien jugaba se sabía el orden de memoria, y además cambiaba de una ciudad a otra, así que imprimirlo habría sido tomar partido. La numeración llegó con la imprenta y con mazos hechos para gente que no venía de esa mesa.

Para leer hoy, esto es lo que más incomoda. Si vienes de un mazo moderno tienes automatizado un gesto que aquí no funciona: mirar la esquina, leer el número, ubicar la carta en la serie. Aquí toca reconocer la figura, y hay varias que se parecen bastante entre sí a primera vista, sobre todo entre las virtudes. Se aprende, pero se aprende sobre este mazo, no antes, y ese trabajo no te sirve para ningún otro.

Las numeradas no tienen escena

Las cuarenta cartas del as al diez son signos de palo repetidos y adornos, sin ninguna situación dibujada. El tres de copas son tres copas. Esto funciona exactamente igual que en un Marsella y por el mismo motivo: la carta ilustrada es una novedad muy posterior, no algo que aquí falte.

Consecuencia práctica: con este mazo los menores se leen por número y por palo, no por lo que pasa en el dibujo. Si esa manera de trabajar no la tienes ya montada, aquí no la vas a construir, porque encima le sumas el problema de los triunfos sin nombre.

Oro de verdad, y de ahí el resto

Esto no era una baraja de imprenta. Es pintura por encargo para una corte: temple de huevo sobre cartón laminado, con los fondos en pan de oro bruñido y trabajados a punzón para que la luz se rompa en la superficie. La reproducción de eso, por buena que sea, es un impreso con dorado, y la diferencia se nota.

También se nota el tamaño: en torno a 173 por 87 milímetros, bastante más que una carta moderna. Las reproducciones suelen respetarlo, y una mano normal no las abarca en abanico. No eran para barajar rápido, sino para pasarlas de una en una en una mesa con sitio.

Dónde verlo sin comprar nada

Las 35 cartas de la Morgan Library están publicadas en su web, fotografiadas y fichadas una a una, así que se puede recorrer el mazo entero desde casa. La Accademia Carrara de Bérgamo guarda las otras 26 y expone piezas del fondo.

Es el camino que recomiendo antes que ninguna compra: media hora ahí te dice si este mazo te interesa mejor que cualquier reseña, y de paso ves las cartas de verdad, sin capa reconstruida en medio.

La recomendación honesta

No es un mazo para aprender. Sin números ni nombres en los triunfos y sin escena en las numeradas, todo lo que un mazo puede hacer por quien empieza, aquí no lo hace.

Tampoco es un mazo para leer a diario. Cuatro de sus cartas son invención moderna, la lectura se apoya en un reconocimiento de figuras que no se transfiere a ningún otro mazo, y el formato grande estorba en cualquier tirada de más de tres cartas.

Y aun así vale mucho la pena tenerlo, por lo que es y no por lo que hace. Es lo más cerca que se puede estar del objeto con el que empezó todo esto: no un mazo inspirado en el origen, sino las mismas imágenes en el mismo orden y casi al mismo tamaño. Puesto encima de la mesa al lado de un mazo actual, explica en un minuto cuánto de lo que damos por evidente es cosa de la imprenta y no del tarot.

Ese es su sitio: el mazo que se saca para mirar, no el que se usa para trabajar.

Lo que hay que llevarse

  • No es el mazo pintado más antiguo que se conserva, es el más antiguo que funciona como mazo.
  • De las 78 quedan 74, repartidas entre la Morgan Library, la Accademia Carrara y la colección Colleoni.
  • Faltan El Diablo, La Torre, el tres de espadas y el caballero de oros: en tu ejemplar esas cuatro son modernas.
  • Seis cartas más son de una segunda mano del siglo XV, y la atribución se discute.
  • Los triunfos no llevan número ni nombre y las numeradas no tienen escena.
  • Para aprender y para leer a diario, no. Para tener delante el principio, es magnífico.