Historia del tarot · H.1

Los tarocchi italianos

Las cartas de triunfos aparecen en las cortes del norte de Italia hacia 1440, y aparecen para jugar. El juego sigue existiendo hoy. Pasan casi trescientos años hasta que a alguien se le ocurre usarlas para adivinar.

Antes de los triunfos ya había baraja

Las cartas llegan a Europa en la década de 1370, y de 1377 es la descripción que hace un fraile dominico de una baraja de cuatro palos con sus figuras. De dónde salieron lo sabemos, y no es de ningún templo: en el palacio de Topkapı, en Estambul, se conserva una baraja mameluca casi completa, y copas, oros, espadas y bastos vienen de ahí, del Mediterráneo islámico.

Eso cambia el orden de las cosas: los cincuenta y seis menores son más antiguos que los veintidós mayores, y llegan ya completos. El tarot no se inventa desde cero, se inventa añadiéndole algo a una baraja que ya circulaba por toda Europa.

Las cartas de triunfos, hacia 1440

Lo que se añade es una quinta serie, la que hoy llamamos arcanos mayores: figuras que ganan a cualquier palo. En un juego de bazas eso tiene un nombre técnico, triunfo, y así se llamaron: carte da trionfi.

El documento más antiguo que se conoce es del 16 de septiembre de 1440, en Florencia: Giusto Giusti, notario de Anghiari, anota en su diario que ha mandado hacer un mazo de naibi a trionfi con el escudo de Sigismondo Malatesta para regalárselo. Lo localizó Thierry Depaulis en 2012 y desplazó al que hasta entonces era el más antiguo, un asiento contable de la corte de los Este en Ferrara, de 1442.

Que las dos fuentes sean apuntes de gasto importa más que la fecha. Nadie explica en ellas qué es un mazo de triunfos, igual que un albarán no explica qué es una silla: se dan por sabidas, así que el juego es anterior a los apuntes y no sabemos cuánto. Y sabemos qué recogen: encargos y regalos de un objeto caro, de corte y para jugar.

Los mazos pintados a mano

De aquellos años se conservan alrededor de quince mazos pintados a mano, casi todos milaneses y casi todos incompletos.

El más completo se llama Visconti-Sforza, se le fecha hacia 1451 y se atribuye a Bonifacio Bembo, aunque hay quien lo da a Francesco Zavattari. De las 78 cartas quedan 74, repartidas entre la Morgan Library de Nueva York, la Accademia Carrara de Bérgamo y la colección de la familia Colleoni. Los dos triunfos que faltan son El Diablo y La Torre, y no se sabe si se perdieron o si nunca se pintaron. Sobre esos dos agujeros se ha escrito mucho.

El otro a conocer es el Cary-Yale, en la Beinecke Library de Yale, fechado hacia 1441 y encargado por Filippo Maria Visconti. Tiene cosas que ningún tarot posterior tiene: junto a las virtudes cardinales aparecen las tres teologales, fe, esperanza y caridad, y la corte lleva seis rangos en vez de cuatro. A esas alturas el mazo todavía no estaba cerrado: no eran 78 cartas por ley natural, era lo que cada taller decidiera pintar.

Y todos son pintura sobre pan de oro, por encargo y para media docena de familias. Aquí no hay ningún oráculo popular: el tarot se hace accesible cuando se imprime, mucho después.

La trampa del mazo de Carlos VI

En la Biblioteca Nacional de Francia hay diecisiete cartas que durante siglos se llamaron tarot de Carlos VI o de Gringonneur, por un asiento contable de 1392: se le pagan a Jacquemin Gringonneur tres barajas doradas para entretener al rey.

Las dos cosas son ciertas por separado y la unión es falsa. Las barajas de 1392 no se conservan y muy probablemente no eran de triunfos; las diecisiete cartas de París son italianas de finales del siglo XV. Casi todos los errores de la historia del tarot tienen esta forma: un documento real, un objeto real, y entre los dos un enlace que puso alguien.

Cada ciudad ordenaba a su manera

Los triunfos pintados no llevaban número. El orden se aprendía en la mesa, y cambiaba de una ciudad a otra.

Michael Dummett reunió la veintena de ordenaciones documentadas y demostró que se reducen a tres familias, a las que puso nombre de ciudad. Esto es lo que separa a las tres:

Familia Ciudad de referencia Zona Qué carta manda
A Bolonia el sur El Juicio, por encima de El Mundo
B Ferrara el este ordenación propia, con las virtudes en otro sitio
C Milán el oeste, y de ahí el resto de Europa El Mundo, como hoy

Lo que más baila entre las tres son las tres virtudes: La Justicia, La Fuerza y La Templanza no ocupan las mismas posiciones. Y en Bolonia los cuatro papi, o sea la Papisa, la Emperatriz, el Emperador y el Papa, valen lo mismo entre sí: la baza se la lleva el último que se juegue. Eso no es una jerarquía de significados, es una regla de juego.

La lista completa más antigua de los veintidós está en un sermón anónimo contra el juego, los Sermones de ludo cum aliis, publicado por Robert Steele en 1900 y fechado en la segunda mitad del siglo XV.

La consecuencia es concreta: la numeración que damos por evidente es una de las tres, la milanesa, la que fijó la imprenta francesa con el Marsella. No hay una versión original de la que las demás se hayan desviado, y por eso el cruce de La Fuerza y La Justicia se puede discutir siquiera. Eso se trabaja en la lección sobre los mayores como secuencia.

Una palabra que llega tarde

Durante más de sesenta años el juego se llamó trionfi. La palabra tarocchi no aparece hasta 1505, y aparece dos veces ese mismo año: en unas cuentas de Ferrara, en junio, y como taraux en un documento notarial de Aviñón, en diciembre.

Nadie sabe qué significa. La hipótesis de Dummett es prosaica: los juegos de baraja corriente empezaron a usar triunfo para sus propios triunfos, el nombre dejó de distinguir nada y hubo que buscar otro.

De aquí sale un filtro que ahorra tiempo. Cualquier explicación que empiece descomponiendo la palabra (que si Torah, que si rota, que si Ta-Rosh) está explicando un término de 1505 como si fuera el origen de un juego que ya se jugaba en 1440.

El juego no se ha muerto

Se sigue jugando, y no como curiosidad de museo. El tarot francés tiene federación desde 1973 y es el segundo juego de cartas del país. En Bolonia se juega al tarocchini, en el Piamonte al tarocco piemontese, en Austria y Hungría al tarock en variantes como el Königrufen, y en los Grisones suizos al troccas.

Ahí sobrevive además una regla que explica una rareza del mazo. El Loco es la excusa: no gana la baza y no obliga a servir el palo. Por eso no lleva número y queda fuera de la serie. La lectura del siglo XX heredó esa posición y le encontró un sentido, pero la posición venía del juego.

Trescientos años

De la década de 1440 a la de 1780. Court de Gébelin publica su ensayo egipcio en 1781 y Etteilla sus manuales de tarot entre 1783 y 1785. En medio hay tres siglos y medio de gente barajando estas cartas sin preguntarles nada.

Eso cambia de qué hablamos cuando decimos que una imagen «significa»: las figuras salen del repertorio que el siglo XV tenía a mano, los triunfos de Petrarca, las virtudes, la rueda de la fortuna, el juicio final. Quien las pintó no estaba cifrando nada.

Y no cambia lo que se construyó encima. Seis siglos de gente mirando las mismas imágenes han dejado un vocabulario denso y utilizable, y eso no se vuelve falso porque el punto de partida fuera una partida de cartas. Esa distinción está en la primera lección del curso.

Lo que hay que llevarse

  • El documento más antiguo conocido sobre cartas de triunfos es de 1440, en Florencia, y son un juego de bazas.
  • Los mazos pintados son objetos de corte, sin numerar, y no todos traen las mismas cartas.
  • No hubo un orden único: tres familias, Bolonia, Ferrara y Milán, y la nuestra es la milanesa.
  • La palabra tarocchi está documentada desde 1505, sesenta y cinco años después del juego, y su significado se desconoce.
  • Entre la baraja y la primera lectura adivinatoria pasan casi trescientos años.