Historia del tarot · H.4

Lévi y el ocultismo francés

Alphonse Louis Constant, que firmaba Éliphas Lévi, emparejó los 22 arcanos con las 22 letras del alfabeto hebreo. Lo único que sostiene el emparejamiento es que los dos números coinciden. Que el sistema funcione al leer es otra pregunta, y tiene otra respuesta.

Alphonse Louis Constant

Éliphas Lévi es un nombre de pluma. Detrás está Alphonse Louis Constant (1810-1875), parisino, hijo de zapatero, formado para el sacerdocio en el seminario de Saint-Sulpice. Llegó a ordenarse diácono y no pasó de ahí: dejó la carrera eclesiástica y se buscó la vida escribiendo.

Lo que escribió durante los años cuarenta no tiene nada de esotérico. Era socialismo cristiano de tono encendido, y le salió caro: La Bible de la liberté, de 1841, acabó con él en la cárcel. Solo después, ya en los cincuenta, dio el giro que lo hizo célebre y adoptó el nombre por el que se le conoce, su propio nombre trasladado al hebreo.

Conviene retener el retrato, porque explica el libro. Lévi no era anticuario ni filólogo: era un escritor con oficio, con formación teológica y con muy buena mano para las frases que se quedan.

Lo que hizo hacia 1855

Su obra central es Dogme et rituel de la haute magie, publicada en dos volúmenes: el Dogme en 1854 y el Rituel en 1856. De ahí que se la sitúe a mediados de la década.

La forma del libro ya declara su tesis. Cada uno de los dos volúmenes está dividido en veintidós capítulos, y cada capítulo va marcado con una letra del alfabeto hebreo. El índice es la correspondencia.

Y la correspondencia es esta: los 22 arcanos mayores del tarot van con las 22 letras del alfabeto hebreo, en orden. Con eso, Lévi hace dos cosas de golpe. Encaja el tarot dentro de la cábala, que es un cuerpo doctrinal con siglos detrás. Y le da al mazo una estructura, porque las letras hebreas no son una lista suelta: un texto judío antiguo, el Sefer Yetzirah, las reparte en tres madres, siete dobles y doce simples, y esos tres números son los tres elementos, los siete planetas clásicos y los doce signos del zodiaco. Sumados, veintidós.

Ahí está el motor de lo que vino después: en cuanto los arcanos ocupan esas casillas, cada carta hereda un planeta o un signo, y la rejilla completa de correspondencias es cuestión de tiempo. Lévi hizo lo propio con los cuatro palos y las cuatro letras del Tetragrámaton, el nombre divino.

Un detalle de colocación con consecuencias: Lévi puso El Loco casi al final, entre El Juicio y El Mundo, de modo que la serie la abre El Mago con alef. La Golden Dawn lo pondría al principio y saldría otra tabla. Las dos versiones y lo que cambia entre ellas están en la lección de las letras hebreas, y no se repiten aquí.

El argumento honesto: el veintidós es todo lo que hay

Aquí está la parte que casi nunca se dice, y se dice sin acaloramiento.

Los mazos italianos del siglo XV no tienen nada hebreo dentro. Ni en los nombres, ni en las imágenes, ni en el orden. Son un Papa, una Papisa, unas virtudes cardinales, una Muerte, un Juicio final: iconografía cristiana europea, encargada por cortes italianas a artesanos italianos para un juego de bazas. Nadie ha encontrado en cuatro siglos de documentos un solo indicio de intención cabalística, y no por falta de mirar.

Lo único que une las dos series es que los dos números son veintidós.

Y ese veintidós es más frágil de lo que parece, porque no es una constante del tarot italiano. Basta comparar tres barajas que convivieron en Italia:

Baraja Cartas Triunfos
Tarot estándar (Marsella y descendientes) 78 21 numerados más el Loco
Tarocchino de Bolonia 62 21 numerados más el Loco
Minchiate de Florencia 97 40 numerados más el Loco

La minchiate florentina es el caso que zanja la discusión. Es un tarot de pleno derecho, jugado durante siglos, y tiene cuarenta triunfos en vez de veintiuno porque a la serie le añadieron las virtudes que faltaban, los cuatro elementos y los doce signos del zodiaco. Si el veintidós tuviera razones cabalísticas, la minchiate no existiría; existiendo, lo que dice es que en un momento dado, en una región, a alguien le pareció bien esa cuenta.

Y el orden tampoco era uno. Los triunfos se ordenaban distinto según la ciudad, en tres familias documentadas, y la secuencia que Lévi alineó con el alfabeto es la milanesa, la que fijó la imprenta francesa con el Marsella siglos después de inventarse el juego. Alinear un alfabeto con un orden que fue uno de varios es una decisión, no un hallazgo.

Nada de esto afirma que Lévi mintiera: creía lo que escribía, y venía de leer a Court de Gébelin y a quienes lo repitieron durante setenta años. Lo que afirma es que el emparejamiento se apoya entero en una coincidencia numérica, y una coincidencia numérica no prueba nada.

Que funcione y que sea verdad son dos preguntas distintas

Esta es la parte que suele perderse, y es la importante.

Que el tarot no naciera cabalístico no dice nada sobre si el sistema de Lévi sirve al leer. Son dos preguntas separadas: la primera es histórica y la contesta un archivo, la segunda es práctica y la contesta el uso.

Y por el uso, el sistema resultó ser bueno. Obliga a que las 78 cartas encajen entre sí en vez de ser 78 significados sueltos, explica parecidos que no están en el dibujo y da a cada arcano un objeto concreto donde antes había un concepto. Eso está desarrollado en correspondencias esotéricas y en letras hebreas, y no depende de que el origen sea el que Lévi decía. Un andamio sostiene igual aunque la historia de quién lo montó esté equivocada.

Dicho al revés, que es como conviene recordarlo: Lévi no descubrió una clave, construyó una. Lo primero sería un dato y sería falso. Lo segundo es un trabajo, y ese sí se le puede acreditar entero.

Lo que sale de Lévi

Casi todo. El tarot esotérico posterior es, en buena medida, gente desarrollando lo que él dejó apuntado.

En Francia, Paul Christian (Jean-Baptiste Pitois, 1811-1877) publicó en 1870 una Histoire de la magie donde los veintidós arcanos son cuadros de una galería subterránea egipcia por la que pasaba el aspirante a iniciado: literatura que se leyó como historia durante décadas. Papus (Gérard Encausse, 1865-1916) publicó en 1889 Le Tarot des bohémiens, que ordenó la doctrina y la puso en circulación. Ese mismo año, Oswald Wirth (1860-1943) dibujó, bajo la dirección de Stanislas de Guaita, un mazo de solo veintidós triunfos con el simbolismo ocultista incorporado a las láminas: el primer mazo abiertamente esotérico moderno.

Y luego cruzó el Canal. La Golden Dawn, fundada en Londres en 1888, montó sobre el esquema de Lévi el sistema completo de correspondencias, y de ahí sale el mazo que usa este sitio. El puente tiene nombre y fecha: Arthur Edward Waite tradujo el Dogme et rituel al inglés y lo publicó en 1896 como Transcendental Magic: Its Doctrine and Ritual. Trece años después, en 1909, Waite y Pamela Colman Smith publicaron el Rider-Waite-Smith.

El rastro se ve en las propias láminas. El Diablo del Rider-Waite-Smith, con su cabeza de macho cabrío, sus alas y el gesto de la mano alzada, se parece mucho más al Baphomet que Lévi dibujó para su libro que al diablo de cualquier mazo de Marsella. Una carta que se reparte hoy lleva dentro una ilustración de mediados del XIX.

De la orden londinense se ocupa su propio capítulo.

Lo que hay que llevarse

  • Éliphas Lévi era Alphonse Louis Constant, y su obra central es Dogme et rituel de la haute magie, en dos volúmenes de 1854 y 1856.
  • Ató los 22 arcanos a las 22 letras hebreas y metió el tarot dentro de la cábala, con el Tetragrámaton para los cuatro palos.
  • Lo único que sostiene el emparejamiento es que los dos números coinciden. Los mazos italianos del XV no tienen nada hebreo, el veintidós no era una constante (la minchiate tiene cuarenta triunfos) y el orden variaba según la ciudad.
  • Que funcione y que sea verdad son preguntas distintas. El sistema es buena herramienta de lectura sin necesidad de que el origen sea el que él contaba.
  • De aquí sale casi todo lo posterior: Papus, Wirth, la Golden Dawn de 1888 y, por la traducción de Waite de 1896, el Rider-Waite-Smith.

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