Símbolos del tarot · S.1.1

El perro

El perro que acompaña no es el perro que aúlla. En El Loco y en el Diez de Oros va contigo; en La Luna está a un lado del camino junto a un lobo, y de noche no se distingue de él. La misma especie ocupando dos puestos opuestos.

El animal que va con la persona

De todas las bestias del mazo, el perro es la que ya tenía puesto antes de que la baraja lo usara: es el animal que vive con nosotros. En la pintura y en la escultura funeraria europeas lleva siglos apareciendo a los pies del retratado, y ahí no significa perro, significa fidelidad. El tarot recoge esa costumbre y luego, en una carta, la rompe.

En el Rider-Waite-Smith el perro sale en tres láminas. En dos va con alguien. En la tercera no va con nadie, y esa es toda la historia de este capítulo.

El Loco: el perro que salta en el borde

En El Loco hay un joven asomado a un precipicio mirando al cielo, y a sus pies un perro blanco que salta. Su ficha describe lo que hace con una duda deliberada: ladra, quizá advierte, quizá celebra.

Esa duda merece respetarse. Si el perro fuera solo un aviso, la carta estaría diciendo que el salto es un error, y no lo dice: en esa misma ficha el precipicio no es peligro, es umbral. Si fuera solo entusiasmo, sobraría. El perro es las dos cosas a la vez, y por eso funciona: es el instinto del que salta, que igual le tira del pantalón que salta con él.

Hay una prueba de que la figura carga peso real. Al describir El Loco invertido, la ficha lo dibuja como «el borde del precipicio, pero sin el sol, sin el perro, sin la rosa»: se define por lo que falta, y el perro está en la lista.

Lo que hacía antes

Este perro no siempre estuvo a los pies. En el Loco del Marsella, que era una figura itinerante y mendicante sin número, el animal aparece a veces mordiéndole la pantorrilla.

El cambio es pequeño de dibujar y grande de leer. Un perro que muerde es el mundo hostigando al vagabundo, y encaja con el Loco como tonto del pueblo. Uno que salta al lado va con él. Waite reubicó al Loco como el cero y le dio dignidad de buscador, y el animal cambió de papel con él.

El Diez de Oros: los perros que tocan

El Diez de Oros es una de las cartas con más figuras del mazo: un anciano sentado en primer plano, una pareja adulta conversando, un niño agarrado a la falda de la mujer, un arco con emblemas familiares y una ciudad amurallada al fondo. Dos perros blancos saltan junto al anciano, acariciándolo.

Aquí el perro hace tres cosas que no hace en ninguna otra carta.

Toca a una persona. Es el único contacto físico entre un animal y un humano en las tres cartas de este capítulo, y va dirigido al patriarca, la figura de más edad de la escena.

Es el objeto de atención de otro. El niño no mira a los adultos que conversan: mira a los perros. El miembro más joven del clan mirando a los animales del más viejo ata las generaciones sin escribirlo.

Dice de qué clase es la casa. La ficha lo señala expresamente: los perros blancos y los emblemas del arco son detalles de prosperidad aristocrática, símbolos asociados tradicionalmente a familias nobles, aunque hoy la lectura se aplique a cualquier clan próspero. El perro de compañía es un lujo, y ahí está para decirlo.

La Luna: el perro que ya no acompaña

La Luna es la única de las tres donde no hay ninguna persona. Un camino serpenteante entre dos torres grises, un estanque del que emerge un cangrejo, quince gotas doradas cayendo, y a los lados del camino un lobo y un perro, ambos aullando a la luna.

La ficha resume lo que pasa ahí mejor de lo que se puede parafrasear: uno representa lo salvaje y el otro lo domesticado, pero en la noche ambos aúllan igual.

Ese es el eje entero de la rama. El perro es, por definición, el lobo que se quedó con nosotros. En El Loco y en el Diez de Oros esa domesticación es lo que se lee: el animal está de nuestro lado. En La Luna la carta pone al perro al lado del lobo, a la misma altura, haciendo lo mismo, y la diferencia deja de verse. No es que el perro se vuelva peligroso: es que en penumbra no se puede distinguir qué parte de ti está domesticada y qué parte no.

Y no lo inventó Waite. En el Marsella, La Lune ya llevaba el perro y el lobo, o dos perros, con las mismas dos torres: hay versiones donde ni siquiera se sabe cuál es cuál.

Las tres cartas, en una tabla

Puestos uno al lado de otro, se ve que lo que cambia no es el animal sino el sitio que ocupa y de quién está cerca.

Carta Dónde está Qué hace Qué se lee
El Loco a los pies, en el borde del precipicio salta y ladra el instinto que va contigo, avisando o celebrando
Diez de Oros junto al patriarca, en el centro del clan acarician, y el niño los mira la casa próspera, y lo que se hereda dentro de ella
La Luna a un lado del camino, con el lobo aúlla lo domesticado y lo salvaje dejando de distinguirse

Un detalle de color confirma el reparto: en las dos cartas donde acompaña es blanco, el del Loco y los dos del Diez de Oros. El de La Luna no se describe por su color, sino por lo que hace, que es lo mismo que hace el lobo.

El perro que no está: el Seis de Copas

El Seis de Copas es la carta de la infancia y de la nostalgia buena, y es facilísimo colocarle un perro dentro. No lo hay.

Lo que hay en esa lámina es un patio amurallado, un niño que ofrece a una niña una copa dorada llena de flores blancas de cinco pétalos, cinco copas más iguales por el suelo y sobre un pedestal, casas al fondo y una figura adulta que se aleja de espaldas con una lanza. Niños, copas, flores y un adulto que se va. Ningún animal.

La confusión tiene una explicación y conviene conocerla: el perro del Seis de Copas es del texto, no de la lámina. Al describir esa nostalgia se cae solo en el inventario de la infancia, los veranos en casa de los abuelos, la primera amistad, el perro de la familia. Es un ejemplo de lo que la carta evoca, no un elemento de lo que la carta enseña.

Vale la pena señalarlo porque es el error que arruina una lectura de símbolos: recordar un objeto en una carta donde no está y construir encima. La comprobación es la de siempre, y está en la lección de simbolismo visual: describir la lámina antes de nombrar nada.

Qué no significa

No es un aviso fijo. «Sale el perro, cuidado» es una lectura que ya ha decidido que el Loco se equivoca. La carta no lo dice, y la ficha deja abiertas las dos opciones a propósito.

No es «el amigo fiel» en todas partes. En La Luna el perro es justo el que se confunde con el lobo. Aplicar ahí la lectura de compañía es leer la carta al revés.

No es un animal de guarda. Ninguna de las tres láminas lo pone delante de nadie: en dos está a la altura de los pies y en la tercera a un lado del camino, sin bloquearlo.

Lo que hay que llevarse

El perro sale en tres cartas del Rider-Waite-Smith y en las tres es el mismo animal haciendo trabajos distintos.

Cuando acompaña, mira a quién. Al Loco le salta a los pies antes del salto; al patriarca del Diez de Oros lo acaricia dentro de una casa hecha. Uno va de partir y el otro de quedarse.

Cuando aúlla, mira con quién. El de La Luna está emparejado con un lobo, y esa pareja es la carta. Sin el lobo al lado no significaría nada de lo que significa.

Y si no lo ves en la lámina, no está. El Seis de Copas es el recordatorio: la memoria rellena huecos, y una tirada construida sobre un símbolo que no salió no se sostiene por muy bien que suene.

Las cartas de este capítulo