Mazos · M.4

Cuidado y uso

Un mazo es cartón impreso y se estropea por donde se estropea el cartón. Guardarlo en seda no conserva mejor una carta, pero un rito que marca el paso a la lectura cumple su función siendo un rito. Lo que no vale es vender una cosa como si fuera la otra.

Cartón impreso, y eso no es poco

Un mazo son setenta y ocho cartas de cartón con una capa de barniz, cortadas a máquina y metidas en una caja. Eso es todo lo que es físicamente, y decirlo no lo rebaja: es justo lo que permite hablar de cuidarlo con criterio, porque el cartón se comporta de una manera conocida y se estropea siempre por los mismos sitios.

De ahí sale la única distinción que hace falta en esta parte. Hay cosas que le pasan al mazo, que se pueden ver, medir y prevenir. Y hay cosas que le pasan a quien lee, que son igual de reales pero ocurren en otro sitio. Las dos existen. Lo que produce esos consejos que se repiten sin que nadie los haya comprobado nunca es mezclarlas.

Lo que un mazo necesita para durar

Son cuatro cosas y ninguna es un objeto que haya que ir a buscar.

Un sitio seco y sin sol directo. La humedad ondula el cartón y la luz se lleva el color. Son los dos daños que no tienen arreglo.

Manos limpias y secas. El sudor y la grasa entran por el canto y se quedan. Alargan más la vida de un mazo que cualquier funda.

Un sitio de guardar del que las cartas salgan sin forzarlas. Lo importante no es qué tela sea, es que no haya que apretar para meterlas ni tirar para sacarlas.

Usarlo. Este sorprende, y sin embargo es el que más se nota: un mazo nuevo resbala, se pega y se cae, y con el uso se asienta. Las cartas que se caen barajando salen sobre todo de los mazos recién abiertos y de los muy viejos, como se cuenta en cortes y cartas caídas.

Con esas cuatro, un mazo aguanta años de lecturas. El detalle está en conservación, donde se explica por qué la caja original suele ser el peor sitio para el día a día y qué formas de barajar desgastan menos.

Lo que es costumbre

Alrededor del mazo hay un repertorio de prácticas que se transmiten como si fueran mantenimiento: guardarlo envuelto en seda, no dejar que lo toque nadie más, sacarlo a la luna llena para cargarlo, dormir con él debajo de la almohada, esperar a que te regalen el primero.

Conviene mirarlas dos veces: una para ver qué le hacen al cartón y otra para ver qué le hacen a quien lo usa. Casi siempre las dos respuestas son distintas.

Estas son las cinco más extendidas, con las dos columnas puestas al lado:

Costumbre Qué le hace al mazo Qué le hace a quien lee
Guardarlo en seda Nada que no haga cualquier tela limpia y seca Le da al mazo un sitio y un momento, que es lo que separa la lectura del resto del día
Que no lo toque nadie más Lo conserva, por el motivo prosaico: menos manos son menos desgaste Sostiene que es una herramienta de trabajo y no un juego de mesa
Sacarlo a la luna llena Nada, y si se deja al sereno coge humedad, que sí le hace Marca una revisión periódica y una fecha para mirarlo entero
Dormir con él bajo la almohada Lo curva y le abre los cantos Poco que no se consiga mirando las láminas despierto
Esperar a que te regalen el primero Nada Deja a mucha gente esperando para empezar algo que podía haber empezado ya

Dos de esas filas tienen escrito «nada» en la columna del medio, una tiene escrito un daño real y las otras dos aciertan por un motivo que no es el que se cuenta. Eso no es un motivo para tirarlas.

Un rito no necesita ser mecánica para valer

Un procedimiento repetido siempre igual marca el paso de una cosa a otra, y una sesión sin ese borde se deshilacha por el principio. Es exactamente lo que se dice del corte: como fuente de azar no añade casi nada, y aun así se sigue haciendo porque fija el momento de dejar de barajar y porque, cuando hay alguien delante, le pasa un gesto a esa persona. Un rito hace lo que hacen los ritos, y con eso ya cumple.

Desenvolver un mazo de su tela antes de repartir hace ese trabajo. Que la tela sea de seda o de algodón no cambia nada del cartón, pero el gesto de desenvolver sí cambia algo de la cabeza de quien lo hace: dice que empieza otra cosa. El Mago tiene sus cuatro herramientas colocadas sobre la mesa antes de tocar ninguna, y ese cuadro no va de conservación.

La Sacerdotisa guarda un velo a su espalda, y una lectura empieza mejor si hay un límite claro entre lo que había antes y lo que hay ahora. Nada de eso conserva una carta: todo eso ordena una sesión, y eso es media sesión, como se ve en conducir una sesión.

Lo que no vale es cambiarle el nombre

La postura de este sitio en esto es corta. Una costumbre que ordena la lectura vale por lo que es, y no hace falta disfrazarla de física.

Lo que no se sostiene es decir que la seda conserva mejor que el algodón, que la luna limpia el mazo de algo o que el mazo se estropea si lo toca otra persona. Ninguna de esas frases describe el cartón, y la que más se acerca lo hace por el desgaste de las manos, que es un motivo perfectamente bueno y no necesita ningún otro.

Cuando una costumbre se defiende con vocabulario de conservación pasan dos cosas malas. Quien la oye acaba con una idea equivocada de cómo se estropea un objeto. Y, peor, en cuanto comprueba que la seda no conserva nada tira también el rito, que era la parte que sí servía.

Es la misma línea que se traza en qué es y qué no es el tarot. Y también aquí conviene ser exacto con las palabras: el plenilunio no le hace nada al cartón, igual que no le hace nada a un libro dejado en la misma ventana, y esto no lo dice la carta. La Luna habla de lo que se ve a medias, no de mantenimiento.

Los dos capítulos de esta parte

Lo que queda por decir sobre el objeto se reparte en dos, y son dos preguntas distintas.

Conservación responde a qué estropea un mazo y qué lo conserva, con criterio material: la humedad y el sol como los dos enemigos reales, las manos como el desgaste principal, la caja original como el peor sitio para el día a día y el barajado como lo que más desgasta de todo, con formas más suaves y formas menos. Y con el aviso que ahorra disgustos: un mazo de trabajo no es una pieza de colección, así que si lo quieres impecable, no lo uses.

Comprobar que están las 78 responde a si el mazo que tienes delante está entero. Suena a trámite y no lo es: una carta que no está no puede salir nunca, y eso sesga todas las tiradas de ese mazo para siempre y sin hacer ruido. Ahí van los casos en los que hay que contar, el método manual y la forma rápida de hacerlo con el contador de arcanos, que sirve para esto además de para analizar tiradas.

Lo que hay que llevarse

  • Un mazo es cartón impreso y se estropea por donde se estropea el cartón: humedad, sol, manos y barajado.
  • Lo que de verdad lo conserva no cuelga de ninguna tela concreta: sitio seco, manos secas y un sitio de guardar que no obligue a forzar las cartas.
  • Hay costumbres que no le hacen nada al mazo y sí le hacen algo a quien lee. Las dos cosas son reales y ocurren en sitios distintos.
  • Un rito que marca el paso a la lectura cumple su función siendo un rito, y no necesita apoyarse en la conservación para justificarse.
  • Lo único que no vale es vender una cosa como si fuera la otra, porque el día que se cae la explicación se cae también lo que sí servía.

Las cartas de este capítulo