Curso · Nivel 4, Técnica avanzada · Lección 4.4
Cortes y cartas caídas
LeídaEl corte no añade azar: marca el paso de barajar a leer. Y con lo que se cae hay dos escuelas que se sostienen igual de bien, así que lo que importa no es cuál eliges, sino haberla elegido antes de que se caiga nada.
Al terminar esta lección habrás aprendido a
- ·Cortar el mazo con un procedimiento fijo y distinguir qué parte de él es técnica y qué parte es costumbre.
- ·Leer la carta del fondo sin convertirla en una tirada previa a la tirada.
- ·Decidir por adelantado qué se hace con una carta caída, con dos pegadas y con una descolocada.
- ·Reconocer por qué una regla improvisada se improvisa siempre a favor de lo que ya querías leer.
Entre barajar y repartir
Lo que ocurre entre que dejas de barajar y das la vuelta a la primera carta es procedimiento, y casi nadie lo tiene escrito: se corta como se vio hacer en su día, se recoge lo que se cae según el ánimo y las dos cartas pegadas se resuelven sobre la marcha.
De eso va esta lección: el corte, los accidentes del reparto y, sobre todo, cuándo hay que decidir qué se hace con ellos.
Un aviso para que no chirríe: aquí las tiradas las reparte el programa, así que no hay mesa, ni corte, ni nada que se pueda caer, igual que tampoco salen cartas invertidas. Lo que viene es técnica para tu mazo.
El corte
El gesto y sus variantes
El corte de siempre son tres movimientos: el mazo boca abajo sobre la mesa, se levanta una parte y se deja al lado, y se recompone poniendo debajo lo que estaba encima.
La variante más extendida son tres montones: se corta dos veces y quien corta decide en qué orden se vuelven a apilar. Hay quien lee además una carta de cada montón, que en la práctica es meter una tirada de tres cartas delante de la tirada de verdad.
Sobre con qué mano casi todos los manuales dicen la izquierda: la que no manda en un diestro, el lado del corazón, según quién lo cuente. Y la costumbre es que corte quien consulta.
Qué se lee del corte
Estas son las tres cartas que la costumbre saca del corte, con lo que se le pide a cada una y lo que conviene vigilar:
| Carta | Qué se le pide | Qué vigilar |
|---|---|---|
| La del fondo del mazo | el clima de la lectura, lo que sostiene el asunto por debajo | no la trae el corte: está ahí desde que dejaste de barajar |
| La cara del montón levantado | con qué llega la persona al sentarse | es una carta más y compite con la primera posición |
| Una por montón, si son tres | un resumen del asunto antes de empezar | es una tirada entera delante de la tirada, y ya has leído antes de leer |
La del fondo es la más usada y la que mejor aguanta, porque no ocupa sitio: se mira aparte, al abrir o al cerrar, y se lee como el suelo sobre el que pasa todo lo demás. La Sacerdotisa ahí abajo dice algo concreto, que hay material sin poner sobre la mesa.
Lo que no conviene es acumular las tres. Entre la del fondo, la del corte y una por montón te has leído cinco cartas antes de la primera posición, y para cuando llega la tirada ya tienes una historia a la que encajarle lo que salga.
Lo que el corte hace de verdad
Un mazo bien barajado ya está desordenado, y cortarlo una vez no lo desordena más: mueve un bloque de sitio y deja intacto el orden de dentro. Como fuente de azar no añade casi nada, porque La Rueda de la Fortuna ya había girado antes.
Lo que sí hace son dos cosas, y no son menores.
Fija el momento de parar. Barajar hasta que se sienta bien es elegir cuándo se acaba el azar, y ahí sí entra la mano del lector. Con un corte pautado, barajas, cortas y repartes, y el final del mezclado deja de ser una decisión estética.
Traslada un gesto a quien consulta. Que corte ella es la manera más rápida de que vea que las cartas no las eliges tú, y eso sostiene media sesión: el reparto se hace delante.
Y la parte que conviene decir sin rodeos: la mano con la que se corta y el número de montones son costumbre, no técnica. No hay ahí nada que medir. Lo cual no es motivo para quitarlos: un procedimiento repetido siempre igual marca el paso de barajar a leer, y una sesión sin ese borde se deshilacha por el principio. Lo único que no vale es defenderlo como si fuera mecánica. Es un rito, hace lo que hacen los ritos, y con eso ya cumple.
Las cartas caídas
Los tres accidentes
Barajando, una carta salta y acaba en el suelo. Repartiendo, salen dos pegadas y descubres la de abajo al colocarlas. O una queda descolocada: cruzada sobre otra, medio fuera de su sitio, boca arriba antes de tiempo.
Pasa más con los mazos nuevos, porque el barniz resbala, y con los muy usados, porque los cantos se abren. O sea que la frecuencia depende del cartón y de la mesa, y eso conviene tenerlo presente antes de cargarlo de significado.
Y si la que cae queda girada no hay nada que decidir: sin inversiones en el sistema, una carta girada es la misma carta.
Las dos escuelas
Lo caído habla. La carta que salta se lee, normalmente fuera de las posiciones: como aviso o como una carta que comenta la tirada entera. El argumento es coherente: si aceptas que el azar reparte, no hay motivo para distinguir entre la carta que sale por tu mano y la que sale por su cuenta.
Vuelve al mazo. Es un accidente mecánico y se corrige: se devuelve, se rebaraja y no ha pasado nada. También es coherente: contar lo que se cae es leer tu destreza barajando, y en una cruz celta, con diez cartas y poca mesa, se cae algo cada dos por tres.
Ninguna es demostrablemente mejor, y quien te diga lo contrario está defendiendo su costumbre.
La regla que sí importa
Lo que decide no es cuál eliges. Es haberlo decidido antes.
Porque si lo decides en el momento, lo decides mirando la carta. Salta El Sol y resulta que el mazo estaba hablando; salta La Torre y resulta que ha sido la mesa, que cojea. Nadie lo hace a propósito, y por eso funciona tan bien: es sesgo de confirmación puro, la norma escogida después del resultado y con toda la sensación de estar siendo prudente.
Es la misma regla que con las invertidas: se decide antes de repartir y vale para la tirada entera, no carta a carta. Un sistema que se ajusta sobre la marcha no es un sistema, es una manera elegante de decir lo que ya querías decir.
Y tiene que ser inequívoca, porque las excepciones se cuelan por la rendija. Los tres casos a cerrar:
- Se cae al barajar. Se lee o se devuelve, pero siempre lo mismo.
- Cae boca abajo y no se ha visto. Va escrito aparte, porque una carta que no has visto es la más fácil de devolver sin pensarlo, y ahí ya has hecho una excepción.
- Salen dos pegadas. O se reparte la de arriba y la otra vuelve, o las dos ocupan esa posición y se leen juntas.
Y escríbela de verdad, no en la cabeza: en el cuaderno donde llevas el registro, que es donde podrás mirarla el día en que te convenga no acordarte.
Si no tienes preferencia, la barata es devolverla al mazo: quita una fuente de ruido y no añade nada que interpretar. Pero la otra vale igual, mientras sea siempre.
Cuando hay alguien delante
Un accidente en mitad de una sesión incomoda más a quien consulta que a ti: se ha caído una carta y esa persona espera que le digas si eso es malo. Ahí se nota si tienes regla. «En mi mesa las caídas no cuentan, así que vuelve al mazo», dicho como norma de la casa, se acepta y se sigue. Lo mismo improvisado, con medio segundo de duda por delante, suena a excusa, y esa persona se queda pendiente de la carta caída.
Lo que hay que llevarse
- El corte no añade azar: fija el momento de dejar de barajar y, si hay alguien delante, le pasa el gesto. Con eso justifica su sitio.
- La mano y el número de montones son costumbre, no técnica, y un rito que ordena la sesión cumple su función siendo exactamente eso.
- Con lo que se cae hay dos escuelas y las dos se sostienen. Lo que no se sostiene es elegir en el momento, porque entonces eliges mirando la carta.
- La regla va escrita, decidida antes y cubriendo los tres accidentes: la que se cae, la que no llegaste a ver y las dos pegadas.
Ejercicio · con tu mazo
Decide ahora, por escrito, qué vas a hacer cuando se te caiga una carta barajando: leerla o devolverla. Y no lo cambies durante un mes entero de tiradas. Lo que aprendes no es cuál de las dos es mejor, es cuántas veces te habrías saltado tu propia regla si no la tuvieras escrita.
Las cartas de esta lección
Tiradas que se nombran