Mazos · M.4.1

Conservación

Los dos enemigos reales son la humedad y el sol, y el desgaste principal son las manos. Barajar es lo que más gasta, y hay formas más suaves que otras. El desgaste, además, no es un fallo: un mazo rodado se baraja mejor que uno recién abierto.

Cuatro sitios, y por este orden

Un mazo se estropea por cuatro sitios, y conviene saberlos por orden de gravedad porque la atención suele repartirse al revés: se busca la funda perfecta y se deja el mazo en la ventana.

Los dos primeros, la humedad y el sol, hacen daño irreversible y pueden hacerlo con el mazo guardado, sin que nadie lo toque. Los dos siguientes, las manos y el barajado, hacen daño gradual y son el precio de usarlo, así que no se evitan: se administran.

La humedad

Es el peor, y el único que puede acabar con un mazo en una temporada. El cartón absorbe agua del aire y se hincha por una cara antes que por la otra, así que las cartas se ondulan: dejan de apilarse planas y a partir de ahí no vuelven. Una carta ondulada se distingue al tacto con el mazo boca abajo, que es la manera más tonta de arruinar un reparto.

Los sitios malos son los conocidos: un baño, un sótano, una estantería contra un muro exterior, el ambiente marino. Los mazos muy usados aguantan peor, porque el barniz está gastado y el canto abierto, que es por donde entra.

Y el desastre que se lleva un mazo por delante no tiene la forma de La Torre: tiene la forma de un vaso de agua en la mesa. Un mazo mojado no se seca bien nunca.

El sol

La luz directa decolora, y no despacio: un mazo en una repisa junto a una ventana al sur pierde color en un verano. Y las tintas no se van a la vez, así que lo primero que se nota no es que las cartas estén más claras, sino desequilibradas: los amarillos y los rojos se van antes que los azules y los negros.

Eso importa porque en un mazo ilustrado el color hace trabajo de lectura: el amarillo de El Sol es la mitad de lo que esa carta afirma, y una lámina descolorida dice menos que la entera.

Se evita con una regla: el mazo no vive a la vista. En un cajón, en una caja o dentro de una tela opaca, este problema no existe.

Las manos

Aquí está el desgaste principal del día a día, y casi nunca se cuenta. El sudor y la grasa pasan al canto y de ahí al barniz: se oscurece, la superficie se vuelve pegajosa y las cartas dejan de resbalar unas sobre otras. Un mazo que se pega baraja mal y se cae más.

Lo que lo frena no cuelga de ningún accesorio: manos limpias y secas alargan la vida de un mazo más que ninguna bolsa. Lavarse y secarse antes de una sesión hace más que cualquier tela, y comer mientras se lee queda descartado por lo mismo.

Y si corta quien consulta, ese mazo lo tocan otras manos. Es un coste asumible, pero quien prefiera que no lo toque nadie tiene aquí un motivo material bueno que no necesita ningún otro.

El barajado

Es lo que más desgasta, porque es lo que más veces se hace. Y aquí sí se puede elegir: no todas las formas cuestan lo mismo. Lo que dobla la carta la estropea y lo que la desliza plana casi no, así que barajar en la mesa desgasta menos que barajar en la mano.

Estas son las formas más usadas, con lo que le cuesta cada una al cartón:

Forma Qué le hace al cartón Cuándo conviene
Revolver en la mesa, boca abajo y en círculo Casi nada: las cartas se deslizan planas Siempre que haya mesa, y además mezcla muy bien
Por paquetes, en la mano Poco, aunque roza el canto Cuando no hay mesa, repitiéndolo mucho porque mezcla mal
Entrelazado apoyado en la mesa Medio, sobre todo en las esquinas Como refuerzo del anterior, no como forma principal
Entrelazado en el aire, con arco final El que más: curva la carta entera y le abre los cantos Nunca con un mazo que quieras conservar

El arco final, el del ruido de abanico, dobla las setenta y ocho cartas hasta el límite en cada pasada. Se ve muy bien y se paga muy caro.

Y una cosa que viene de cortes y cartas caídas: que se caiga una carta barajando depende del cartón y de la mesa, no del mazo queriendo decir nada. Pasa más con los recién abiertos y con los muy viejos.

Dónde se guarda

La caja original suele ser el peor sitio

Va contra la intuición, porque viene con el mazo y parece hecha para eso. Lo está, pero para otra cosa: para un viaje y una estantería, no para abrirse y cerrarse todos los días.

Falla por dos sitios. Se rompe pronto, porque es cartulina fina y la tapa cede por la bisagra en unos meses de uso diario. Y va justa de medidas: para sacar las cartas hay que apretarlas contra la pared con el dedo o volcarla y golpear, y las dos cosas doblan la carta de arriba y el canto de las demás. Acaba estropeando el mazo por la vía de forzarlo dos veces al día.

Guárdala, que para un mazo parado meses es buen sitio y protege de la luz. Para el día a día, no.

Lo que sí sirve

El criterio es corto: opaco, seco, holgado y sin apretar. La tela da igual, y la de algodón hace lo mismo que la de seda.

Una bolsa con cordón cumple entero, y una caja algo más grande que el mazo protege además de los golpes, siempre que cierre sin presionar. Lo que no sirve: una goma elástica alrededor, que lo marca entero en semanas, y llevarlo suelto en un bolso.

Y la tela puede ser a la vez sitio de guardar y rito: envolver el mazo marca el final de la sesión igual que desenvolverlo marca el principio. Lo que no hace es conservar mejor que otra tela.

El desgaste no es un fallo

Un mazo nuevo va mal. El barniz de fábrica resbala demasiado, las cartas se deslizan en bloque, se escapan de la mano y se caen. Con el uso la superficie se asienta, ganan agarre entre ellas y el mazo empieza a comportarse: un mazo rodado se baraja mejor que uno recién abierto.

O sea que buena parte de lo que parece deterioro es rodaje, y hay un punto, entre el mes y el año, en que el mazo está en su mejor momento. Lo de después ya sí es desgaste, y aun así no impide leer: un canto gastado no cambia lo que dice una carta.

Hay un solo límite y es material: cuando una carta se distingue del resto por detrás, ese mazo dejó de servir para repartir. Una esquina doblada, una mancha, un canto más oscuro. Basta con que la mano la note al cortar. Si es solo una, ese mazo pasa a mazo de estudio.

Un mazo de trabajo no es una pieza de colección

El aviso que ahorra disgustos. Si lo quieres impecable, no lo uses. No hay tercera opción, y perseguirla amarga la práctica: se acaba leyendo con miedo a tocar las cartas y evitando la forma de barajar que mejor mezcla.

Un mazo puede ser cualquiera de las dos cosas que dibuja el Diez de Oros, un objeto que se conserva o una herramienta que se gasta trabajando. Lo que no puede es ser las dos a la vez en el mismo ejemplar. Quien le tenga aprecio material tiene la salida evidente, que es tener dos, y anotar en el registro con cuál se ha leído cada tirada.

Lo que hay que llevarse

  • La humedad y el sol son los enemigos reales: daño irreversible, y con el mazo guardado.
  • Las manos son el desgaste principal. Limpias y secas alargan un mazo más que ninguna bolsa.
  • La caja original es mal sitio para el día a día: se rompe pronto y obliga a forzar las cartas.
  • Barajar es lo que más desgasta, y en la mesa desgasta menos que en la mano.
  • El desgaste no es un fallo: un mazo rodado se baraja mejor que uno nuevo. El límite es que ninguna carta se distinga por detrás.
  • Un mazo de trabajo no es una pieza de colección. Si lo quieres impecable, no lo uses.

Las cartas de este capítulo