Escuelas de lectura · E.1.4
Escuela Camoin-Jodorowsky
Philippe Camoin y Alejandro Jodorowsky rehicieron el Marsella a finales del siglo XX tratándolo como quien restaura un cuadro. El trabajo es serio y el resultado es hermoso, y conviene saber una cosa: restaurar obliga a decidir, así que lo que salió es una lectura del Marsella, no el Marsella.
De qué se partía
Para entender qué se restauró hay que aceptar antes una cosa incómoda: el tarot de Marsella no es un mazo, es un patrón. Decenas de talleres franceses, suizos y del norte de Italia imprimieron durante siglos el mismo repertorio de veintidós figuras y cuatro palos, cada uno con su trazo y sus colores. Hay Marsellas de muchas manos y de muchas épocas, y no todos dicen lo mismo.
El más citado de todos es el de Nicolas Conver, maestro cartero de Marsella, fechado en 1760. Es el que se toma como referencia cuando alguien dice «el Marsella» sin más, y es el punto de partida de casi todas las reconstrucciones modernas.
El problema es lo que le pasa a un impreso de madera con el tiempo. Las planchas se gastan, se vuelven a grabar copiando la copia, el trazo engorda, un detalle fino se convierte en un borrón. El color se aplicaba con plantillas recortadas, y una plantilla mal colocada deja el rojo fuera de su sitio. Cada reedición se aleja un poco de la anterior, y el desvío se acumula.
Al llegar el final del siglo XX, buena parte de los Marsella que se vendían eran copias de copias: líneas gordas, colores planos y detalles perdidos que nadie sabía ya que habían existido.
Quiénes lo hicieron y qué se propusieron
Philippe Camoin es descendiente de la familia que tuvo imprenta de barajas en Marsella hasta los años setenta del siglo XX, una casa con siglos de oficio a la espalda. Alejandro Jodorowsky, nacido en Chile en 1929, cineasta y escritor, llevaba décadas leyendo y enseñando Marsella.
Se juntaron a finales del siglo pasado y publicaron su mazo en 1997.
El planteamiento es el que da nombre a este capítulo, y la comparación es suya: tratar el mazo como quien restaura un cuadro, no como quien lo repinta. Es decir, comparar ediciones antiguas, buscar debajo del trazo engordado el trazo original, recuperar los colores que las reimpresiones habían aplanado y devolver los detalles que se habían ido perdiendo por el camino.
El resultado se ve. La paleta es más corta y más viva, el dibujo tiene detalles que en las ediciones tardías eran manchas, y las figuras recuperan gestos que se habían perdido. Es un trabajo serio, hecho durante años y con materiales en la mano.
La parte honesta: restaurar es decidir
Y aquí está lo que hace falta decir, porque casi nunca se dice y es lo que sitúa el mazo en su sitio.
Restaurar obliga a decidir en cada centímetro. Delante de una mancha en un impreso del siglo XVIII hay que resolver si eso era un detalle del grabado o tinta corrida. Delante de una línea que se dobla, si el grabador quiso doblarla o la plancha estaba gastada. Delante de dos ediciones antiguas que discrepan, hay que elegir cuál está más cerca del original.
Y el original no existe. No hay un Marsella verdadero del que las demás ediciones sean copias degradadas: hay una familia de impresos emparentados, todos posteriores a lo que fuera que hubiera antes. Reconstruir «el original» es proponer una hipótesis sobre algo que no se conserva.
De ahí sale la conclusión, que no es un reproche: el Camoin-Jodorowsky es una lectura del Marsella, no el Marsella. Es una hipótesis bien argumentada y trabajada sobre cómo debió de ser, y como toda hipótesis lleva dentro los criterios de quien la hizo.
Eso no lo invalida. Lo sitúa, que es distinto. Un facsímil fiel de un Conver del XVIII es otra cosa igual de legítima, y sirve para otro uso: uno enseña un documento y el otro propone un mazo para leer hoy.
Y conviene saber que hubo polémica. Parte del mundo del Marsella sostuvo que algunas de esas decisiones no eran recuperaciones sino añadidos, y los autores defendieron que estaban devolviendo lo que había. Aquí no se resuelve esa discusión y no hace falta tomar partido en ella: quien quiera bajar al detalle tiene que poner las ediciones al lado y compararlas. Lo único que hay que llevarse es que la palabra «restaurado» no es neutral, ni en un mazo ni en un cuadro.
La manera de leer
El mazo vino con un método, y el método pesa tanto como las láminas. Tiene tres rasgos que lo separan de cómo se lee un Rider-Waite-Smith.
La mirada de las figuras
En el Marsella las figuras están casi siempre de perfil o de tres cuartos, y por tanto miran a algún sitio. En una tirada, ese sitio es otra carta, o es fuera del tapete.
Eso convierte la orientación en información. Dos figuras que se miran no dicen lo mismo que dos que se dan la espalda, y una que mira hacia atrás en una línea de tres cartas está mirando al pasado de la lectura. Es una capa que el Rider-Waite-Smith también tiene y usa menos, porque allí cada escena se explica sola y no necesita a la vecina.
Lo que pasa entre dos cartas
De ahí sale lo segundo: el sentido no está solo en las cartas, está también entre ellas. Un objeto de una apunta a la otra, un color se continúa de lámina a lámina, un gesto encuentra respuesta o no la encuentra.
No es una idea exclusiva de esta escuela, y por eso el curso la trabaja aparte en el diálogo entre cartas y en interpretar en conjunto. Lo que sí es propio de aquí es cuánto peso se le da: en esta manera de leer, el hueco entre dos cartas es tan importante como las dos.
El mazo como un cuerpo
Lo tercero es lo más de fondo. Las 78 cartas no son 78 significados: son un solo cuerpo con anatomía. Los veintidós mayores se disponen en dos filas de once y se leen por dónde cae cada uno; los menores forman una serie del as al diez repetida cuatro veces, con la corte encima. Una carta significa, en buena medida, por el lugar que ocupa en esa estructura.
De ese planteamiento salen dos consecuencias muy concretas. La primera es que no hay cartas malas: Jodorowsky es explícito en rechazar que una carta sea negativa, y no lee cartas invertidas, cosa que aquí se trata en su propia lección sobre las cartas invertidas. La segunda es que su tarot no predice, y él lo dice por escrito: es una herramienta para mirarse, no un oráculo de hechos futuros. En eso coincide punto por punto con lo que se sostiene en este sitio desde la primera lección.
Todo esto está desarrollado en La vía del tarot, el libro que escribió con Marianne Costa y que se publicó en 2004.
Los menores no llevan escena
Un aviso práctico para quien venga del Rider-Waite-Smith, porque es la primera sorpresa.
En el Marsella, y por tanto también aquí, los menores no están ilustrados. El Cinco de Espadas del RWS es una escena con personajes y un significado que casi se lee solo; el cinco de espadas de un Marsella son cinco espadas dispuestas en un dibujo ornamental, sin nadie dentro.
Eso obliga a leer por número, por palo y por vecindario, que es más difícil al principio y más limpio después: no hay una escena que arrastre la interpretación hacia donde quiso llevarla el ilustrador. Y hay dos diferencias más que se ven enseguida: El Loco va sin número, y La Torre se llama allí la Casa de Dios. La numeración de la VIII y la XI tampoco coincide con la del RWS.
Todo esto es del Marsella entero y no de este mazo en particular, así que está contado en su sitio, en el capítulo del Marsella.
Lo que hay que llevarse
- El Marsella es un patrón impreso por muchos talleres, no un mazo único. La referencia habitual es el Conver de 1760.
- Camoin y Jodorowsky lo rehicieron como quien restaura un cuadro y lo publicaron en 1997.
- Restaurar es decidir, y el original no se conserva: lo que hay es una hipótesis bien trabajada, no el Marsella definitivo. Hubo polémica y conviene saberlo.
- Su método pesa tanto como las láminas: mirada de las figuras, lo que pasa entre dos cartas y el mazo como un cuerpo.
- Sin escena en los menores. Se lee por número, palo y vecindario.
Las cartas de este capítulo