Curso · Nivel 3, Oficio · Lección 3.4.1

Sesgo de confirmación

Leída

No es un fallo de gente crédula: es cómo funciona la memoria en todo el mundo, escépticos incluidos. Una lectura que sale fluida y sin una sola fricción casi siempre es una lectura que has escrito tú.

Al terminar esta lección habrás aprendido a

  • ·Distinguir las tres caras del sesgo de confirmación, que se parecen desde fuera y se corrigen de forma distinta.
  • ·Reconocer en la propia lectura la señal de que la carta se ha elegido para encajar.
  • ·Escribir una lectura de manera que pueda comprobarse semanas después, con fecha y sin retoques.

No es un fallo de gente crédula

El sesgo de confirmación es la tendencia a registrar mejor lo que encaja con lo que ya pensabas y a dejar pasar lo que no. No es una debilidad de carácter ni un defecto de quien cree en cosas raras: es cómo funciona la memoria en todo el mundo, y es así porque guardar historias coherentes sale más barato que guardar listas completas.

Conviene decirlo con nombres, porque es donde el argumento se tuerce. El escéptico tiene exactamente el mismo sesgo. Recuerda con detalle las tres veces que dijo «eso es sugestión» y tenía razón, y no cuenta las veces que descartó algo por adelantado y se equivocó. La muestra que guarda está elegida igual que la del creyente, solo que por otra hipótesis.

Así que no se corrige teniendo mejor criterio ni sabiendo que existe. Saberlo no lo desactiva. Se corrige cambiando dónde se guarda el dato, que es lo último de esta lección.

Tres caras, y conviene separarlas

Se parecen desde fuera, pero ocurren en tres sitios distintos y ninguna se arregla con lo que arregla las otras. Esto es lo que hace cada una y por dónde se coge:

Dónde ocurre Qué hace Por dónde se corrige
En quien consulta Guarda los aciertos y pierde los fallos, así que el recuerdo siempre dice que funciona Contando las dos cosas, no solo una
En quien lee Confirma con las cartas la respuesta que ya tenía antes de repartir Escribiendo esa respuesta antes de tocar el mazo
En la lectura misma Se para en la primera interpretación que encaja Obligándose a una segunda antes de elegir

En quien consulta: la muestra ya viene elegida

Una lectura que acierta se cuenta durante años. Una que no lleva a ninguna parte no se archiva como fallo: se disuelve, o se guarda como «aquel día yo no estaba receptivo», que es otra forma de no contarla.

El resultado es que la proporción real nunca se mide. Haría falta el denominador, o sea todas las lecturas, las que cuadraron y las que no. Nadie lo tiene, porque no hay ningún momento en el que una lectura se declare fallida: se deja de hablar de ella y ya.

Esto no es propio del tarot: pasa igual con las corazonadas y con los sistemas para la lotería. Lo propio del oficio es tenerlo delante. Alguien vuelve a los seis meses a contar el acierto, y de sus otras cuatro consultas no vuelve a hablar nadie.

En quien lee: la respuesta ya estaba antes de repartir

Esta es la que importa aquí, porque es la tuya.

Alguien te cuenta su situación durante cinco minutos. Al tercero ya te has hecho una idea de lo que pasa. Entonces se reparte, y las cartas dicen eso.

Y no ha habido trampa. No has descartado ninguna carta. Lo que pasa es que cada carta admite varias lecturas verdaderas a la vez, y has cogido la que encajaba sin registrar que estabas eligiendo. La Luna es el caso extremo, porque admite casi cualquier cosa que le pongas encima: engaño, miedo, intuición, una etapa confusa. La Torre en una pregunta de pareja puede ser la ruptura o puede ser la mentira que se viene abajo, y las dos están en la ficha.

Ojo con la confusión fácil: esto no es que las cartas no digan nada y valgan para todo. Eso es el efecto Barnum y es otro capítulo. Aquí el problema es el contrario: dicen varias cosas concretas, y la elección entre ellas se toma en medio segundo y no se recuerda como decisión.

La señal en ti es la fluidez. Una lectura en la que todo encaja a la primera, sin una sola carta que se resista, casi nunca es una tirada clara: es una tirada leída desde una conclusión. Cuando de verdad lees lo que ha salido hay al menos un momento incómodo, una carta que no cuadra con tu versión y obliga a moverla.

En la lectura misma: se deja de buscar al encontrar

La tercera cara es más pequeña y ocurre carta por carta. Se busca dónde encaja, y en cuanto encaja se para.

Un ejemplo con el Dos de Espadas en el presente de una tirada de tres cartas, en una pregunta sobre un trabajo. Primera lectura: hay una decisión pendiente y quien pregunta no la toma. Encaja, es verdad, y ahí se cierra la carta.

Lo que ya no se ha mirado: que la venda se la ha puesto ella misma, que la tregua se sostiene porque a alguien le conviene, y que las espadas están cruzadas, o sea que no hay una duda difusa sino dos cosas del mismo peso enfrentadas y que se pueden nombrar. Tres lecturas más, ninguna consultada.

La regla práctica es corta: la primera interpretación que encaja no es la lectura, es la primera. Antes de darla por buena, una pregunta más, «¿qué más podría estar diciendo aquí?», y entonces se elige. El Siete de Copas lo recuerda: siete ofrecimientos en el aire, y el trabajo no es coger uno rápido, es mirarlos.

Lo que no lo arregla

  • La buena fe. No es un problema de honestidad: quien lee de buena fe tiene el sesgo entero.
  • Ser desconfiado. Cambia la conclusión que se busca y deja el mecanismo intacto.
  • Avisar de que existe. Nombrarlo al principio de la sesión no impide cometerlo veinte minutos después.
  • Leerse a uno mismo con más cuidado. A solas es peor: eres a la vez la parte interesada y quien interpreta.

Lo único que lo convierte en dato: escribirlo antes

Escribir la lectura antes de saber cómo acabó. Eso es todo, y no hay sustituto.

Funciona porque saca la versión del alcance de la memoria, que es donde se hace la edición. Una lectura escrita y fechada ya no puede recordarse mejor formulada de lo que estaba, ni ajustarse a lo que pasó después. Deja de ser una impresión y pasa a ser un dato.

Dos condiciones, si no, no sirve:

Se fecha y no se retoca. Ni para aclarar ni para completar: lo que se escribió es lo que hay.

Tiene que poder fallar. «Vas a atravesar un cambio» no se puede comprobar, porque no hay resultado que la desmienta. «Creo que ese contrato no se firma este mes» sí. Una lectura que no puede salir mal tampoco puede salir bien.

Y para la segunda cara, la del lector, el mismo movimiento un paso antes: escribir lo que crees antes de repartir. De eso va el ejercicio, y el resultado se lee solo: si lo de después se parece mucho a lo de antes, la tirada no ha aportado gran cosa.

Aquí el registro deja de ser un consejo

En Llevar registro el hueco en blanco al final de cada tirada podía parecer disciplina de estudiante aplicado. Esta lección dice para qué era: es el único sitio del método donde la proporción real se mide, porque obliga a volver semanas después y escribir qué pasó, incluidas las veces en que no pasó nada.

Sin ese hueco, quien contesta a «¿me funciona esto?» es la memoria, y la memoria ya tenía la respuesta antes de que se le preguntara.

La diferencia con el Nivel 2 es que ahora se lee para otras personas: lo que se acumula ya no es tu opinión sobre ti mismo, es lo que le dices a quien ha venido a escucharte. Es lo que hace El Juicio con su trompeta, y con veinte lecturas escritas antes de saber deja de ser humildad para ser información.

Lo que hay que llevarse

  • El sesgo de confirmación no distingue entre creyentes y escépticos: es cómo funciona la memoria, y saber que existe no lo desactiva.
  • Son tres caras distintas: la muestra elegida de quien consulta, la respuesta que el lector ya traía y la lectura que se detiene en la primera interpretación que encaja.
  • La señal en uno mismo es la fluidez. Si ninguna carta se ha resistido, probablemente no has leído la tirada.
  • Lo único que convierte una impresión en dato es escribir la lectura antes de saber cómo acabó, fechada, sin retoques y formulada de manera que pueda fallar.

Ejercicio · con tu mazo

Antes de tu próxima lectura, escribe en un papel qué crees que van a decir las cartas. Repártelas después. Al terminar compara las dos cosas: lo que escribiste antes y lo que leíste después. Cuanto más se parezcan, menos ha leído la tirada y más has leído tú.

Tiradas que se nombran