Historia del tarot · H.7

El tarot en el siglo XX

En el siglo XX no se descubrió nada del tarot: ni un manuscrito, ni una clave perdida. Lo que cambió fue quién lo usaba y para qué. Ahí está la respuesta a por qué un manual de 1890 y otro de 1985 parecen hablar de cosas distintas con las mismas cartas.

Un siglo en el que no se descubrió nada

El tarot de 1900 y el de 2000 son las mismas 78 cartas: no apareció ningún manuscrito ni ninguna clave perdida.

Lo que cambió fue quién lo usaba y para qué. Al empezar el siglo, leer tarot con doctrina detrás era cosa de quien había prestado un juramento; al acabarlo, el tarot estaba en las papelerías, en las películas y en el cajón de mucha gente que no pertenecía a nada.

El punto de partida: material jurado

Hacia 1900, en el mundo anglosajón eso vivía dentro de órdenes iniciáticas que enseñaban su material bajo juramento. Ahí se fijaron las correspondencias que hoy se dan por evidentes y de ahí salió, en 1909, el mazo más extendido del mundo.

La primera grieta es de los años treinta: Israel Regardie publicó los rituales y las enseñanzas de la Golden Dawn en cuatro volúmenes, entre 1937 y 1940, en Aries Press de Chicago. Lo que se transmitía por grados pasó a comprarse en una librería.

El Thoth: pintado en la guerra, publicado con los dos autores muertos

Aleister Crowley (1875-1947) y Lady Frieda Harris (1877-1962) trabajaron en el mazo Thoth entre 1938 y 1943. Estaba planteado como un encargo de seis meses y se comió cinco años.

En 1944 se publicó The Book of Thoth, el libro que lo explica, en una tirada limitada de 200 ejemplares numerados. Las cartas no se imprimieron. Crowley murió en 1947 y Harris en 1962, y el mazo no se publicó hasta 1969: ninguno de los dos llegó a verlo repartido.

O sea: el mazo más ambicioso de la primera mitad del siglo circuló veinticinco años como un libro para doscientas personas.

Los sesenta y los setenta: el tarot llega al quiosco

Los manuales dejan de ser para iniciados. Eden Gray (1901-1999), nombre profesional de la actriz Priscilla Pardridge, autoeditó The Tarot Revealed en 1960 y publicó A Complete Guide to the Tarot en 1970, ya en editorial comercial y de bolsillo: libros para quien acaba de comprar su primer mazo. De ahí sale el viaje del Loco, título del epílogo de ese segundo libro, y por eso El Loco recorre hoy los otros veintiuno. Está contado en los mayores como secuencia.

Los mazos dejan de ser difíciles de conseguir. En 1968, Stuart Kaplan encontró en la feria del juguete de Núremberg un tarot suizo, el 1JJ, y se lo llevó a Nueva York para venderlo en librerías. Como no había librito que lo acompañara, escribió uno, y con eso fundó U.S. Games Systems, que a principios de los setenta puso el mazo de 1909 en el mercado estadounidense.

El remate lo pone la cultura de masas: en 1973, la película de James Bond Vive y deja morir saca a un personaje leyendo el tarot con el Tarot of the Witches de Fergus Hall, pintado para el rodaje, donde La Sacerdotisa lleva la cara de la actriz.

Lo que cambió no fue la doctrina, sino el camino de entrada. Esto hacía falta para llegar al tarot en cada momento:

Hacia 1900 Hacia 1975
Conseguir el mazo encargo, importación o edición de orden estantería de una librería
Conseguir el texto juramento y grados dentro de una orden libro de bolsillo
Que te dieran por preparado lo decidía la orden no lo decidía nadie

Ninguna de las tres filas habla de significados, y aun así entre las dos columnas cabe la mitad del capítulo.

La psicología entra en el vocabulario

Carl Gustav Jung (1875-1961) apenas escribió sobre el tarot: unas pocas menciones sueltas. De él se tomó un marco, no lecturas de cartas: arquetipos, inconsciente colectivo, proyección y sincronicidad, sobre la que publicó su ensayo en 1952. Con ese marco, una imagen deja de ser un presagio y pasa a ser una figura que uno reconoce en sí mismo.

Los libros que llevan eso al tarot son de alrededor de 1980. Sallie Nichols, Jung and Tarot: An Archetypal Journey (1980). Rachel Pollack, Seventy-Eight Degrees of Wisdom, en dos volúmenes, mayores en 1980 y menores en 1983. Mary K. Greer, Tarot for Your Self (1984), ya un cuaderno para leerse uno a sí mismo y no para leer a clientes.

El Diablo deja de advertir del mal que viene y pasa a ser la atadura que uno mismo sostiene. La Torre deja de anunciar una desgracia y pasa a describir una estructura que se aguantaba con esfuerzo propio. La pregunta se mueve de «qué va a pasar» a «qué estoy repitiendo».

Ese vocabulario trajo su propio riesgo: hablar de arquetipos permite decir frases que valen para cualquiera y suenan a acierto. Está medido desde 1948 y se trabaja en el efecto Barnum.

Restaurar en vez de añadir: Camoin y Jodorowsky

Casi todo el siglo consistió en añadir capas. Al final aparece el movimiento contrario.

Philippe Camoin y Alejandro Jodorowsky publicaron en 1997 su Tarot de Marsella restaurado. Camoin es heredero de la casa marsellesa de naipes que continuó el taller de Nicolas Conver, fundado en 1760 y cuyo mazo es la referencia del Marsella; los Camoin entraron en esa sucesión en 1861. El trabajo fue volver a dibujar las 78 cartas comparando estampaciones antiguas, para recuperar trazos que los regrabados habían ido perdiendo. Jodorowsky y Marianne Costa publicaron después La vía del tarot (2004).

No es un facsímil: es una reconstrucción con criterio, y algunas de sus decisiones se discuten. Lo que importa aquí es la dirección del gesto, que va hacia atrás mientras el resto del siglo iba hacia delante.

De un puñado de barajas a miles

La Encyclopedia of Tarot de Stuart Kaplan empezó en 1978 y llegó a cuatro volúmenes con más de mil mazos descritos. Hoy la cuenta es incontable, porque una tirada corta ya no exige una fábrica.

Con la cantidad llega el mazo como obra de autor, que no transmite una tradición sino que discute con ella. El Motherpeace de Vicki Noble y Karen Vogel, de 1981, con cartas redondas e imaginería del movimiento de la Diosa. O el de Salvador Dalí, encargado en 1973 para aquella película de Bond y caído por el precio, que él acabó por su cuenta y publicó en 1984 con la imprenta española Naipes Comas, poniéndose a sí mismo de El Mago y a Gala de La Emperatriz.

Consecuencia práctica: dos mazos con los mismos 78 nombres pueden no decir lo mismo, porque las imágenes cambiaron. Saber con cuál se lee dejó de ser un detalle.

Por qué los manuales viejos y los nuevos parecen otro oficio

Un manual de finales del XIX contesta a quien pregunta por sucesos, por terceros y por fechas, y por eso está lleno de cartas, viajes, herencias y noticias. Uno de 1985 contesta a alguien que se lee a sí mismo en la cocina de su casa, y por eso habla de patrones y de lo que uno repite. Las cartas son las mismas y las preguntas no.

De ahí sale una regla para leer fuentes: antes de comparar dos significados, mira de qué año es cada uno. Buena parte de las contradicciones entre libros no son desacuerdos sobre la carta: son dos épocas contestando a preguntas distintas. Cuáles tienen respuesta y cuáles no está en qué es y qué no es el tarot.

Dónde estamos ahora

El siglo XXI sigue por el lado natural, que es la distribución: los mazos se dibujan en el ordenador y se imprimen bajo demanda, hay aplicaciones que reparten, y se puede leer sin haber tocado nunca un mazo físico. Este sitio es uno de ellos y no tiene sentido fingir lo contrario.

Se gana acceso, que es lo que ganó el siglo XX en cada paso. Lo que se pierde es el trato con el objeto: barajar, cortar, ver la tirada ocupando sitio en la mesa. El mecanismo de fondo no ha cambiado: se reparte sin elegir y se lee lo que ha salido.

Lo que hay que llevarse

  • En el siglo XX no se descubrió nada del tarot: cambió quién lo usaba y para qué.
  • El Thoth se pintó entre 1938 y 1943 y no se publicó hasta 1969, con Crowley y Harris ya muertos.
  • La psicología junguiana movió la pregunta de «qué va a pasar» a «qué estoy repitiendo».
  • Por eso un manual antiguo y uno moderno parecen otro oficio: mira la fecha antes de comparar significados.