Árbol de la Vida para una fe que no sabe si lo es

La pregunta

¿Lo que me queda es fe o solo costumbre?

Hombre, 44 años, profesor de latín en un instituto de Salamanca. Cuatro años de seminario que dejó a los 26. Nunca perdió la fe del todo ni la recuperó. Corrige exámenes con un lápiz mordido y sigue entrando a las iglesias a mirar los techos.

Árbol de la Vida (sefirot) · 10 cartas ·

Lo que salió

La Sacerdotisa La Sacerdotisa

Kether (Corona)

El Loco El Loco

Chokmah (Sabiduría)

Cuatro de Espadas Cuatro de Espadas

Binah (Entendimiento)

Tres de Oros Tres de Oros

Chesed (Misericordia)

La Justicia La Justicia

Geburah (Rigor)

La Templanza La Templanza

Tiphareth (Belleza)

Seis de Copas Seis de Copas

Netzach (Victoria)

El Hierofante El Hierofante

Hod (Esplendor)

La Luna La Luna

Yesod (Fundamento)

Ocho de Oros Ocho de Oros

Malkuth (Reino)

El contexto

Es profesor de latín en un instituto de Salamanca. A los 22 entró en un seminario y a los 26 salió, sin portazo. Desde entonces lleva dieciocho años en un lugar sin nombre. No se dice creyente ni ateo. Va a misa en Navidad y a veces un martes cualquiera. Entra en las iglesias, se queda un rato y no sabe si ha rezado o ha descansado.

Su pregunta es si lo que le queda es fe o solo costumbre.

Una advertencia. El Árbol de la Vida nace en la cábala, una tradición religiosa viva y no un decorado. Aquí se usa como lo usa el tarot desde la Golden Dawn: un mapa para ordenar la lectura, con sus tres pilares y sus diez esferas. Y esta lectura no opina sobre si Dios existe ni empuja a creer o a dejar de creer.

Las cartas

1. Kether (Corona) · La Sacerdotisa

Una mujer entre dos columnas, con un rollo en el regazo donde se lee TORA y que el manto deja ver a medias.

En la cima, el porqué último, aparece una carta que tiene el texto en la mano y no lo abre. Detrás del velo hay un mar que se insinúa y no se describe. Lo que mueve esta pregunta no es una duda doctrinal sino el deseo de acercarse a algo que se sabe velado.

2. Chokmah (Sabiduría) · El Loco

Un joven al borde del precipicio, mirando al cielo, con un hatillo pequeño colgado de una vara.

El impulso que abrió camino fue el de un hombre de 26 años con poco equipaje. El hatillo es pequeño porque carga pocas creencias, dice la lámina, y se parece a su salida: se fue ligero, sin cerrar nada con llave. El impulso original no fue de huida.

3. Binah (Entendimiento) · Cuatro de Espadas

Un caballero yace sobre una tumba dentro de una capilla, con las manos cruzadas, y tras él una vidriera con la palabra PAX.

La forma que tomó aquel impulso es un reposo, y el escenario importa: una iglesia, una vidriera, un hombre tendido con las manos en oración. Descansa. Sus dieciocho años pueden leerse como abandono o como una pausa larga en el mismo edificio.

4. Chesed (Misericordia) · Tres de Oros

Un artesano sobre un banco bajo, cincel en mano, en una catedral en construcción, hablando con un monje que lleva los planos y con un noble.

Los recursos son un oficio y una conversación. Nadie exige credo al cantero para tallar la piedra, y el monje colabora con él en la obra. Él enseña latín, la lengua en que se pensó buena parte de esa catedral. Cada mañana tiene en las manos el material de la tradición de la que duda.

5. Geburah (Rigor) · La Justicia

Una figura entre dos columnas, con espada vertical y balanza equilibrada, sin venda en los ojos.

El Rider-Waite le quitó la venda: esta Justicia ve, y pide honestidad con el contexto, no un veredicto rápido. La espada apunta a una pereza concreta, la de usar «territorio sin nombre» como lugar donde no hay que pesar nada. Pero la balanza está equilibrada, y eso es un dato. No le exige elegir ya, sino dejar de llamar vaguedad a lo que quizá sea una respuesta con matices.

6. Tiphareth (Belleza) · La Templanza

Un ángel con un pie en la tierra y otro en el agua, vertiendo agua de una copa a otra.

El corazón del Árbol no resuelve opuestos, los hace circular. El agua pasa de copa a copa sin derramarse, un pie en lo firme y otro en lo que se mueve. Es el retrato más cercano de su estado: ni dentro ni fuera, con un camino al fondo que sube. Estar en medio puede ser una postura con oficio propio.

7. Netzach (Victoria) · Seis de Copas

Dos niños en un patio amurallado, una copa de flores blancas que se ofrece y un adulto que se aleja de espaldas.

Lo que persiste en él, el deseo sostenido, es una nostalgia, y la carta no se disculpa por ello. Es afecto por el patio: la infancia, un ritual aprendido cuando nadie vigilaba. Es la pista más honesta sobre el lado de la costumbre, y aquí no sale mal parada: es la forma que tiene el cariño de seguir viniendo.

8. Hod (Esplendor) · El Hierofante

Un sumo sacerdote con tiara triple, dos llaves cruzadas a sus pies y dos discípulos arrodillados.

El lenguaje de su situación es el de una institución. Le dieron un vocabulario de creo o no creo y su experiencia no cabe en él. Ahí está el atasco. Sus llaves abren o cierran, y la pregunta es si necesita esa llave para lo que busca o solo para sentir que tiene derecho a buscar.

9. Yesod (Fundamento) · La Luna

Una luna llena sobre dos torres, un camino que serpentea, un lobo y un perro aullando, un cangrejo saliendo del estanque.

Lo subterráneo es una noche en que lo familiar y lo amenazante se confunden. La Luna no cambia el mundo, cambia cómo aparece. Bajo la duda hay una zona donde no distingue lo que es fe de lo que es miedo a perderla. El lobo y el perro aúllan igual, y no sabe cuál le habla.

10. Malkuth (Reino) · Ocho de Oros

Un artesano ante su banco, cincelando un pentáculo, con otros ya terminados y una ciudad lejana al fondo.

Todo aterriza en la repetición: corregir exámenes, preparar la declinación del lunes, volver a entrar en la iglesia. Esa disciplina es lo que la palabra «costumbre» describe. La carta no dice que sea fe. Dice que la costumbre practicada con esta atención es un oficio, y que un oficio también es una manera de decir algo.

La síntesis

El Árbol tiene tres pilares. A la derecha, el de la misericordia: El Loco, el Tres de Oros y el Seis de Copas, impulso, oficio y afecto. A la izquierda, el de la severidad: el Cuatro de Espadas, La Justicia y El Hierofante, reposo, corte y doctrina. En el centro, La Sacerdotisa, La Templanza, La Luna y el Ocho de Oros, de lo velado a lo cotidiano.

El pilar afectivo está lleno de cosas vivas. El de la severidad es más ambiguo, y es donde vive el lenguaje que lo atasca.

La tirada no lee una fe que se apaga ni una fe oculta. Lee una pregunta mal formulada. «Fe o costumbre» le llega en el idioma del Hierofante, que solo admite dos casillas, y las cartas que más pesan en su Árbol no caben en ninguna: el reposo en la capilla, el cariño por el patio, el oficio entre los arcos. Ninguna carta apunta a una respuesta.

Lo que la tirada no dice

No dice si Dios existe. El tarot no es fuente de teología y esta lectura tampoco quiere serlo.

No dice si lo que siente al entrar en una iglesia es fe. Las cartas describen una situación, no certifican una vivencia interior.

No dice que deba volver a la práctica religiosa ni que deba dejarla del todo. Ninguna posición empuja en un sentido.

Tampoco explica por qué dejó el seminario. Chokmah habla del tipo de impulso, no de sus razones. Esas las conoce él, y quizá no del todo.

La pregunta bajo la pregunta

Bajo «¿fe o costumbre?» hay otra: ¿tiene derecho a quedarse a medias? En el vocabulario con que lo formaron, medio creyente suena a falta de decisión. La Justicia responde con una balanza equilibrada: un empate puede ser un resultado honesto del pesaje.

Y otra más callada, la de La Luna: si teme que mirar de cerca lo que hay le quite lo poco que hay.

La acción sugerida

Primero, cambiar la formulación: escribir qué hace exactamente cuando entra en una iglesia y qué nota. Descripción, sin diagnóstico. El Ocho de Oros trabaja con lo concreto, y lo concreto se puede describir.

Segundo, hablar con alguien sin interés en el resultado: un antiguo compañero de seminario que haya hecho otro camino, por ejemplo.

Y si la duda llegara a pesar en el día a día, el médico de cabecera o un psicólogo son una puerta razonable, y no tiene nada que ver con creer o no creer.

Coda

El latín tiene una palabra, religio, cuya etimología discutían ya los romanos: unos la hacían venir de religare, atar, y otros de relegere, volver a leer con atención. Esta lectura no zanja la discusión.

Pero dieciocho años de volver a las iglesias, de enseñar la lengua de la catedral y de cincelar el mismo pentáculo cada mañana se parecen más a un volver a leer que a una cuerda. Si eso es fe, costumbre o las dos cosas con otro vocabulario, lo decide él. El Árbol le da solo un mapa con diez esferas habitadas. Ninguna está vacía.

Esta era la pregunta de otro

Las mismas cartas dicen otra cosa en otra tirada y con otra pregunta delante. Esa es la parte que no se puede leer de segunda mano.