Escuelas de lectura · E.2.2

Enfoque junguiano

De aquí sale casi todo el tarot llamado psicológico. Cambia la pregunta, que pasa de «qué va a pasar» a «qué parte de esto soy yo», y eso es una mejora. Lo que no cambia es el sitio: un arquetipo en una lectura es una manera de nombrar algo, no un diagnóstico.

Un vocabulario prestado

Casi todo el tarot que hoy se llama psicológico habla en junguiano. Cuando alguien dice que una carta es un arquetipo, que una tirada saca la sombra o que los veintidós mayores son un camino de individuación, está usando el vocabulario de Carl Gustav Jung, psiquiatra suizo y fundador de la psicología analítica, la escuela que salió de su ruptura con Freud.

Conviene empezar por una precisión, porque de ahí salen casi todos los líos. Jung no escribió un tratado sobre el tarot. El puente lo construyeron autores posteriores, y el caso más claro es Sallie Nichols, que dedicó un libro entero, Jung and Tarot: An Archetypal Journey, a leer los arcanos mayores como etapas de un proceso. Circulan bastantes frases de Jung sobre las cartas, casi siempre sin fuente: lo prudente es no apoyar nada en ninguna.

Lo que sí está documentado es su interés por los métodos de consulta: escribió el prólogo de la edición inglesa del I Ching traducido por Richard Wilhelm, y ahí su idea de sincronicidad se aplica a una consulta resuelta al azar. Casi todo lo que hoy se dice sobre por qué un reparto diría algo viene de ahí, de segunda o tercera mano.

Los cuatro conceptos que se toman prestados

Arquetipo

Un arquetipo es un patrón que se repite y que organiza la experiencia: la madre, el padre, el umbral, el que se va. Jung separaba el arquetipo, que es la forma y no se ve, de la imagen arquetípica, que es el traje concreto que le pone cada cultura.

Esa distinción es la más útil de las cuatro y la que más se pierde. La Emperatriz no es el arquetipo de la madre: es una de sus imágenes. Y decir «aquí está el arquetipo de la madre» no termina una lectura, la empieza: qué madre, la de quién y para qué.

Inconsciente colectivo

Frente al inconsciente personal, que es lo que a uno le ha pasado, Jung propuso una capa compartida, común a la especie. Aplicado al tarot, sería la explicación de por qué setenta y ocho imágenes le dicen algo a gente muy distinta.

Aquí toca ser exacto: es una hipótesis de una escuela, no un hecho establecido, y hay una explicación más sobria que hace el mismo trabajo. Las láminas se dibujaron dentro de una tradición iconográfica europea muy densa y se leen bien porque quien mira comparte esa tradición. Para leer no hace falta elegir.

Sombra

La sombra es lo que uno no reconoce como propio. El error común es tomarla por «lo malo»: ahí cae también lo que uno no se permite, la ambición, la rabia útil o la ternura, según a quién le hayan enseñado que estaba mal.

El Diablo se lleva casi siempre este papel, y con razón: las cadenas de los cuellos están flojas, así que la carta describe una atadura que se sostiene sola. Sobre esa idea está construida la tirada de la sombra.

Individuación

Es el proceso de llegar a ser lo que uno es, integrando lo que se había quedado fuera. Aquí encaja la lectura de los mayores como recorrido, del Loco, que sale sin saber, al Mundo, que cierra.

Con una cautela: esa lectura del mazo como viaje es moderna, no viene con las cartas. Los primeros mayores eran una secuencia de triunfos para un juego, y leerlos como etapas de una vida es una capa puesta encima siglos después. Funciona bien y no por eso es antigua.

Esto es lo que cada concepto es en la teoría y en qué se convierte encima de la mesa:

Concepto En la teoría En una lectura
Arquetipo Forma que se repite, no una imagen concreta Una manera de nombrar lo que la carta pone delante
Inconsciente colectivo Capa compartida bajo el inconsciente personal Por qué las láminas le hablan a casi cualquiera
Sombra Lo que uno no reconoce como propio La parte del asunto que el consultante no se atribuye
Individuación Llegar a ser lo que uno es El mazo leído como recorrido y no como pronóstico

Qué cambia en la pregunta

Este es el efecto de verdad, y es grande: la pregunta pasa de «qué va a pasar» a «qué parte de esto soy yo».

Cambia el sujeto: una lectura junguiana no contesta si la otra persona va a llamar, porque no le interesa esa persona sino qué hace con la espera quien pregunta. Cambia la posición de futuro, que deja de ser un pronóstico y pasa a decir hacia dónde tiende esto si nadie mueve nada. Y cambia lo que se hace con una carta dura: La Luna deja de ser un aviso de engaño y pasa a preguntar de quién es la niebla.

Ese giro le sienta bien al oficio, y no por delicadeza: las preguntas que un mazo contesta peor, hechos futuros, terceros y fechas, son justo las que este enfoque no hace.

La sincronicidad explica menos de lo que parece

La sincronicidad, en Jung, es la coincidencia significativa sin relación de causa. Se usa continuamente para explicar por qué sale la carta que sale.

Y no explica: nombra. Decir que ha habido sincronicidad es decir que ha pasado algo que llama la atención, con una palabra más cara. Para leer no hace falta: el azar reparte las cartas para que la selección no la hagas tú, y ese mecanismo se sostiene solo.

Además, colgar una lectura de la sincronicidad la deja incomprobable, que es el problema descrito en los sesgos del lector: lo que no puede fallar no informa.

El vocabulario prestado no es la disciplina

Aquí está la parte que casi nadie escribe y es la que sostiene todo lo anterior. Usar el vocabulario de una teoría psicológica no convierte una lectura en psicología. Por tres razones distintas.

La primera es de estatuto: un arquetipo en una tirada es una manera de nombrar algo, no un diagnóstico. Decir que en una carta aparece la sombra describe una escena, y no dice nada sobre esa persona en sentido clínico.

La segunda es que el préstamo se cobra en las dos direcciones. La psicología analítica es una escuela dentro de la psicología profunda, y sus conceptos no son moneda corriente de la psicología académica de hoy. Usar a Jung como aval de cientificidad es usarlo mal, y el aval no vale delante de quien sabe del tema.

La tercera es la práctica: un analista tiene formación larga, supervisión, encuadre y responsabilidad profesional. Compartir tres palabras con él no transfiere nada de eso.

Y de ahí sale el límite duro, que en esta escuela hay que decir más alto que en ninguna otra: el tarot no es una herramienta clínica. El riesgo es específico: el vocabulario psicológico invita a entrar donde no toca, porque suena a que se está haciendo terapia. Alguien que está mal de verdad se sienta a que le hagan «trabajo de sombra» y sale con material removido y sin nadie que lo sostenga. Para eso están los límites y cuándo derivar.

Lo que sí gana quien lee así

Dicho todo eso, es de las escuelas más sanas que hay, por un motivo concreto: da una gramática para hablar de lo único que una lectura puede tratar, que es la parte del asunto que le toca a quien pregunta.

Quien lee en junguiano no adivina fechas, no lee la mente de terceros y no promete desenlaces, porque su vocabulario no tiene palabras para eso. Es buen sitio donde estar, mientras no se confunda con la consulta de al lado.

Lo que hay que llevarse

  • El tarot llamado psicológico habla en junguiano, pero el puente lo hicieron autores posteriores, no Jung, y las frases suyas sobre las cartas que circulan sin fuente no se usan.
  • Los cuatro préstamos son arquetipo, inconsciente colectivo, sombra e individuación, y el más útil es la distinción entre el arquetipo y su imagen: una carta es una imagen, no el patrón.
  • Lo que de verdad cambia es la pregunta: de «qué va a pasar» a «qué parte de esto soy yo», y eso mejora la lectura.
  • La sincronicidad nombra, no explica, y colgar de ella una lectura la deja incomprobable.
  • El vocabulario prestado no es la disciplina. Un arquetipo es una manera de nombrar, no un diagnóstico, y el tarot no es una herramienta clínica.

Las cartas de este capítulo